El debate sobre el modo en el que nace un torero es tan profuso como el que se produce en otras artes. Si existe un factor genético que favorezca que un joven sienta pasión por el capote es una incógnita que permanece sin resolverse, lo que si se mantiene indudable es que la pasión y el talento natural solo pueden florecer con esfuerzo y práctica.
El ruedo de Cuenca acoge cada año a grandes nombres del mundo del toro. En la ‘Champions’ de Maxitoro, empresa gestora del albero conquense, ha podido verse desfilar a Talavante, Roca Rey, Diego Ventura, Lea Vicens, Cayetano Rivera o Morante de la Puebla vestidos de traje de luces. Sus faenas han sido en esta tierra han resultado dignas epopeyas épicas que han despertado admiración y han hecho cantera entre los más jóvenes.
Uno de los primeros en abrir paso en la historia reciente fue Aitor Darío «El Gallo», hoy retirado, el diestro conquense protagonizó uno de los debuts más destacados de los últimos años y marcó el inicio de la generación de aspirantes a torero. En 2010, dio un paso decisivo al ingresar en la recién creada Escuela Taurina de Cuenca. Aquella iniciativa suponía entonces una oportunidad inédita para los jóvenes conquenses que aspiraban a abrirse camino en el mundo del toro.
Durante dos años, El Gallo compaginó su formación entre Cuenca y la Escuela Taurina de Valencia, decisión motivada por la falta de continuidad del proyecto conquense. «La escuela empezó a no contar con ayudas públicas y tuvimos que buscar otras oportunidades para ampliar conocimientos y poder torear en plazas más importantes», explica. La desaparición progresiva de la Escuela Taurina de Cuenca marcó, a su juicio, un antes y un después para las jóvenes promesas locales. «Fue un declive total, se quedó en abandono absoluto por parte de las instituciones», explica destacando que aquella situación obligó a muchos jóvenes a buscar formación fuera de la provincia.
Una circunstancia que, según el diestro conquense, ha condicionado el desarrollo del talento local. «Un joven torero de aquí puede llegar a torear un 15 o un 20 por ciento de lo que lo hace un alumno de otras escuelas, la diferencia en oportunidades es abismal», señala al comparar la situación de Cuenca con comunidades como Andalucía o la Comunidad Valenciana, donde las escuelas taurinas cuentan con «mayor respaldo institucional» a su juicio. A pesar de las dificultades, la trayectoria de Aitor Darío logró hitos importantes. En 2014 debutó con picadores en Valencia y, posteriormente, llegó a presentarse como novillero con caballos en plazas de primer nivel como Madrid o Sevilla, participando en algunas de las ferias más importantes del panorama nacional. Sin embargo, distintos factores marcaron el final de su carrera: el parón tras tomar la alternativa, la pandemia, la falta de oportunidades y el fallecimiento de su abuelo, una figura clave en su trayectoria personal y profesional.
Hoy, ya retirado, Aitor Darío observa con atención el surgimiento de nuevas promesas conquenses y lanza un mensaje claro a quienes empiezan. «Que tengan fe, que trabajen muy duro y que no se desanimen. En el toreo influyen muchos factores, también la suerte, pero hay que poner todos los medios para que llegue la oportunidad», afirma. Además, el diestro reivindica apoyo institucional al futuro de la tauromaquia conquense. «Cuenca tiene una feria importante y muchos festejos, pero falta respaldo a los toreros locales. Apoyar a los jóvenes es apoyar el futuro de la afición», concluye.
Tras el camino abierto por Aitor Darío, una nueva generación comienza a dar sus primeros pasos con la misma ilusión. Nombres como Izan Alonso, Daniel Moset, Alejandro Peñaranda o Marta Reíllo representan ese relevo que, pese a las dificultades, continúa alimentando la esperanza de que Cuenca vuelva a ver surgir una figura del toreo nacida en su propio albero.

Izan Alonso, un joven de 15 años conquistado por «El Juli»
Izan Alonso quiso torear antes de saber andar. Su historia comenzó entre los tendidos del albero conquense, cuando apenas tenía dos o tres años. Hoy sigue persiguiendo un sueño, que ya no es un juego de infancia, sino una meta que requiere disciplina, sacrificio y constancia. «Mi ilusión por ser torero empieza en la Plaza de Toros de Cuenca», explica. Allí acudía cada año con su familia, absorbiendo el ambiente y fijándose en quienes pisaban el ruedo. Entre todos ellos, hubo un referente claro: Julián López ‘El Juli’. «Siempre me reflejaba en él, porque también empezó desde chiquitito y su manera de torear me encanta», señala.
Lo que comenzó como un juego con amigos en la ya desaparecida Escuela Taurina de Cuenca, simulando faenas con una muleta improvisada, fue transformándose poco a poco en una decisión firme. «Yo tenía en la cabeza que quería ser torero desde pequeño», recuerda. El paso decisivo llegó a los 12 años, cuando ingresó en la Escuela Taurina de Guadalajara. «Ahí dejó de ser un juego y pasó a ser algo más serio», afirma. Pero incluso antes de esa formación reglada, el joven ya había sentido la emoción de ponerse delante de su primera becerra con ocho años, un momento que define como «determinante».
El trabajo diario, insiste Izan, es duro y constante y «lo que no se ve es lo más difícil» porque «desde que te levantas hasta que te acuestas estás pensando en el toro, en entrenar, en mejorar». Su jornada combina estudios en el instituto con entrenamientos físicos y técnicos. «Hacemos muchísimo físico: cardio, correr, respiración… porque si no, llegas a la cara del toro sin fuerzas». A ello se suma la práctica de capote, muleta, banderillas y la entrada a matar. Un entrenamiento completo que, según él, también exige fortaleza mental. «Si no estás bien mentalmente, da igual todo lo demás, hay que estar confiado, motivado», explica.
Para un joven torero de Cuenca, las oportunidades no siempre son fáciles. «Aquí la verdad es que no se ayuda mucho», reconoce. Por eso, el crecimiento llega toreando en plazas pequeñas, recorriendo pueblos y participando en festejos modestos. «Antes de llegar a Las Ventas hay que pasar por pueblos que no tienen ni burladeros, esa esencia del toreo es muy bonita», afirma. Actuamente, Izan es becerrista y todavía vivir del toreo aún queda lejos, aunque su objetivo está claro. «Soy muy joven, pero si sigo como estoy ahora…», deja entrever con optimismo la posibilidad de conquistar el albero donde nació su sueño.

Daniel Moset, vocación heredada y el sueño de debutar en la feria taurina de San Julián
Daniel Moset no veía los dibujos de pequeño, confiesa que le aburrían y que lo único que conseguía captar su atención «eran las corridas de toros». El mundo del toro no fue una casualidad en su vida, sino una herencia familiar que empezó prácticamente desde la cuna. Su padre fue novillero sin picadores y su abuelo materno trabajó como acomodador en la Plaza de Toros de Cuenca. Un entorno que marcó, desde muy pronto, el camino del joven aspirante a torero.
Entre sus referentes, Daniel lo tiene claro: el maestro Morante de la Puebla. «Es el torero que más me ha marcado, tanto aquí en Cuenca como en otras ferias. Es una inspiración para todos los chicos que queremos ser toreros», afirma.
El primer contacto serio con el toreo llegó pronto. Con apenas ocho años, el día de su Primera Comunión, Daniel toreó su primera becerra en la ganadería que actualmente dirige Pedro Miota. Aquella experiencia fue decisiva. «Ahí ya empecé a verlo más serio, y sobre los trece años, cuando entré en la escuela de El Juli, fue cuando realmente empecé a tomármelo de verdad», explica.
Su formación comenzó alrededor de los diez años en la Escuela de Tauromaquia «Fundación El Juli» de Arganda del Rey, aunque reconoce que ha sido en la Escuela Taurina de Guadalajara donde ha encontrado gran parte del aprendizaje y las oportunidades necesarias para crecer como torero. Un recorrido habitual para los jóvenes conquenses ante la ausencia de una escuela taurina estable en la provincia, tal y como explica Moset.
Abrirse camino desde Cuenca no resulta sencillo. Aunque la provincia cuenta con numerosos festejos populares y una plaza de toros por la que han pasado grandes figuras, Daniel considera que falta una estructura que facilite el crecimiento de los jóvenes en el mundillo. «Los comienzos nunca son fáciles y en Cuenca hace mucho tiempo que no sale una figura del toreo. En sitios como Andalucía o Madrid hay más ambiente y más oportunidades», señala. La desaparición de la Escuela Taurina de Cuenca es, en su opinión, uno de los principales obstáculos. «Para los chicos de aquí sería una fuente de motivación tener algo cerca de casa. Al final, si tienes que desplazarte, la afición se convierte en un coste importante para la familia», explica. Él mismo ha vivido esa situación, desplazándose durante cuatro años a Guadalajara para continuar su formación. «Las familias hacen un esfuerzo muy grande y les debemos mucho», reconoce.
Como ocurre con la mayoría de jóvenes toreros, el camino también ha pasado por plazas pequeñas, escenarios modestos que sirven como primeros pasos. Su primera tarde llegó en Las Majadas. Para Daniel, estos festejos en pueblos son fundamentales para el futuro de la tauromaquia. «Los ayuntamientos deberían apostar por clases prácticas y novilladas sin caballos. Ahí están los nuevos valores, los chicos que algún día mantendrán esto», defiende. Con 19 años, el joven conquense tiene claro su objetivo. El sueño a largo plazo es convertirse en matador de toros, pero marca como meta más cercana debutar como novillero sin caballos en la Feria de San Julián de Cuenca. «Para ello trabajo. Cuando sea, pero que me pille preparado», afirma.

Óscar Pastor ‘El Gallito’, la ilusión del inicio contra la realidad del mundo del toro en Cuenca
Los finales felices no siempre tienen cabida, o al menos no todas las historias que se escriben a capotazos acaban por la puerta grande en ruedos de primera categoría. Óscar Pastor ‘Gallito’ es uno de tantos jóvenes que a pesar de la vocación y el esfuerzo ha tenido que sacrificar su sueño por «las pocas oportunidades que hay». El diestro comenzó su andadura taurina en 2019; con la pandemia y la consiguiente paralización del mundo del toro durante esta época. «Empecé en 2019, pero justo me pilló la pandemia y acabé en 2022. Fueron cuatro años», explica. Aunque su decisión de dedicarse al toreo llegó más tarde de lo habitual —a los 18 años—, su primer contacto con el toro llegó con apenas 14 años, en un tentadero en Tragacete, toreó una becerrita por primera vez.
Su retirada fue la consecuencia de una decisión meditada y marcada por la falta de estructura reglada en Cuenca para los jóvenes que deciden seguir este camino. «La circunstancia en Cuenca no era muy buena, ya lo había vivido con mi hermano -Aitor Darío ‘El Gallo’-. No hay muchas ganaderías y el mundo del toro es muy escaso», señala. Durante su etapa en activo, la Escuela Taurina de Guadalajara se convirtió en su principal apoyo ante la ya desaparecida organización conquense. Allí entrenaba, tentaba y mantenía el contacto con el ambiente taurino, algo que no encontraba en la provincia.
«Ir todas las semanas a Guadalajara, hacer tanta vida en la carretera, al final cansa», explica. A ello se sumaba la percepción de las dificultades reales para abrirse camino. «Uno sabe lo complicado que está el mundo del toro, hasta dónde puede llegar y hasta dónde quiere aguantar», cuenta. Aún así, Óscar decidió cerrar su etapa de la mejor forma posible, con una última tarde en su pueblo, Villar de Olalla. «Quise dejarlo en un momento en el que no me fuera frustrado. Disfruté muchísimo ese día y me fui con buen sabor de boca», recuerda.
La historia de ‘El Gallito’ choca de frente con una provincia con una gran afición y la presencia anual de figuras de primer nivel en la Plaza de Toros de Cuenca, frente a su sentir. «Lo primero es apostar por los jóvenes, que son el futuro. Si en tu casa no apuestan por ti, fuera todavía es más complicado», afirma. Hoy, con la perspectiva del tiempo, Óscar Pastor considera que dedicarse profesionalmente al toreo desde Cuenca es un camino especialmente difícil. «Aquí no tienes apenas ganaderías, no tienes dónde entrenar a diario. Si no puedes dedicarte al máximo, es muy complicado llegar», concluye.

Alejandro Peñaranda, un matador de toros que cree en el impulso de figuras locales al albero conquense
La vocación de Alejandro Peñaranda no nace de una tradición familiar directa. En su casa los toros eran una especie de ‘runrún’ de fondo que ponía su abuelo mientras él improvisaba un capote con un trapo de cocina. Sin embargo la pasión no siempre viene de la sangre y es en estos casos cuando el corazón debe abrirse camino por si solo. A los 13 años dejó el fútbol para apostar por el toreo, se apuntó a la Escuela Taurina de Albacete por cercanía con su Iniesta natal y apenas un año después mató su primer becerro.
Como tantos otros jóvenes han explicado a este medio de comunicación, Peñaranda no se formó en Cuenca. La inexistencia de una escuela taurina ya extinta unida a la cercanía de su pueblo con otra capital provincial le llevó a ingresar en la Escuela Taurina de Albacete, donde se mantuvo hasta su debut. Sin embargo reconoce que en una provincia como Cuenca, con una «gran afición taurina» es «necesaria» una formación de estas características. «Cada vez hay más jóvenes interesados y tener un punto de encuentro en la Plaza de Toros de Cuenca sería clave para no tener que desplazarse», defiende.
Para Peñaranda, la técnica es solo la punta del iceberg de lo que se enseña en estos centros. «No solo te enseñan a torear, también te enseñan a respetar a los mayores, a madurar, a ir con la verdad por delante. Es una escuela de vida», explica. Además, destaca que estas instituciones fomentan también la educación y la responsabilidad. «Te exigen estudiar, sacar buenas notas, cuidarte físicamente… es una formación integral que sirve para cualquier aspecto de la vida».
El diestro lo tiene claro, «en Cuenca existe tradición y afición, pero falta estructura para generar nuevas figuras» por lo que defiende que «entre todos debemos apoyarnos para que Cuenca siga sonando fuerte en el mundo taurino y vayan saliendo toreros, ganaderos y recortadores», afirma. Su deseo es que «dentro de poco salgan más toreros y ojalá alguna figura importante del toreo» con sello conquense, lo que a su juicio se conseguiría con una escuela taurina. «Una escuela avivaría la llama de muchos chavales que quieren ser toreros, también sería importante que los pueblos de la provincia apostaran por toreros conquenses», explica.
Peñaranda debutó el pasado año como matador de toros en Cuenca, una tarde que para el recuerdo aunque de la que reconoce que le quedó «un sabor agridulce al pinchar a mis dos toros», algo que le gustaría quitarse en la feria taurina de este 2026 para volver, conseguir un triunfo importante y dar sentido a eso de «ser profeta en su tierra». Para el diestro, el futuro de la afición taurina conquense depende en gran medida de que surjan figuras locales. «La afición necesita motivos para ir a la plaza, y uno de los más importantes es ver a un paisano triunfar», afirma. En su propia experiencia, recuerda el apoyo recibido durante su actuación en Cuenca: «Es increíble la ilusión mutua, la del torero por torear en casa y la de la afición por ver a uno de los suyos».













