16/06/2017 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Ganas de celebrar

Coincido en que esto de las celebraciones se nos está yendo de las manos, parece incluso algo competitivo, la obligación de llegar a un listón en fiestas, que puede resultar inalcanzable y en algunos casos, hasta ridículo. Comparto también esa sensación de que las comuniones se están convirtiendo en bodas, los cumpleaños en increíbles fiestas temáticas, que difícilmente pueden prepararse y costearse año tras año, o que celebrar una fiesta de graduación al finalizar cada curso carece de sentido.

Partiendo de estas premisas iniciales: festejar para celebrar y no para impresionar o competir, sin dejarse un riñón en el intento y que la fiesta en sí sea coherente a lo que se celebra y no algo desorbitado o desmesurado; he de confesar que a mí me parecen sanas y estupendas las ganas de celebrar.

Celebro mi cumpleaños desde antes de ser siquiera consciente de ello, porque la vida es un regalo y celebrarlo cada año es importante para mí. Así se lo transmito a mis hijos y a mis alumnos (los cumples en el cole también son importantes eventos que, por supuesto, tienen su hueco en mi programación de aula), y celebro tanto el mío como el de mis seres queridos. Es cierto que no siempre tengo tiempo ni presupuesto para hacer la super fiesta del siglo, con todo detalle, pero basta con esas ganas de celebrar para pasar un rato inolvidable. Así que si me preguntan qué pienso de las fiestas de cumpleaños, estoy a favor de ellas. Eso sí, confieso que los parques de bolas, la “obligación social” de invitar a toda la clase, aparte de llevar el almuerzo y otros aspectos sobre esto, dan para al menos, otra entrada en el blog.

En cuanto a los bautizos, comuniones, bodas, etc. No recuerdo mi bautizo, sí mi comunión y cómo participé en algunos preparativos. La boda la tengo grabada en mi memoria y mi corazón, no sólo por el día en sí sino por todos los preparativos que con tanta ilusión llevamos a cabo. Y aún hubiera hecho más cosas si el tiempo y el presupuesto lo hubieran permitido. No sufro por todo lo que hice ni por todo lo que no pude hacer. Lo que quiero decir, de nuevo, es que las ganas de celebrar, de compartir esos momentos de tu vida tan importantes con la gente que tú amas, es el motor real de todo el evento. ¿Qué hay de malo en ello? Al contrario, yo veo que es sano. Mis hijos no han hecho aún la Comunión pero he visto a madres ilusionadas tratando de hacer una tarta de chuches con forma de campo de fútbol, a primos, tíos, recortando corazones de cartulina para decorar un “photo call”. Sí, es cierto que en nuestras comuniones no había de todo eso y aún así pasamos un día estupendo, mágico e inolvidable. Sin duda, todos esos detalles y preparativos no son la esencia ni lo importante, para nada, pero no veo por qué han de ser tan criticados. Si sabemos qué lugar ocupan en la celebración y qué importancia han de tener, aplaudo esas ganas de celebrar.

No tuve graduación en Infantil, tampoco en EGB, a pesar de ser el último curso en mi cole que cursaría 8º, ni tampoco en ESO, aun acabando así la educación obligatoria. Sí tuve mi graduación en Bachillerato, la cual fue muy especial, y en la Universidad, que también recuerdo con muchísimo cariño y tras la cual llegamos a la conclusión de que si hubiéramos organizado algo así a mitad de la carrera, nos hubiéramos conocido mejor unos a otros, y no sólo a nuestro grupo de amigos. ¿Estoy traumatizada? No. ¿Tengo peor recuerdo por ello de mis años en el cole y el instituto? Tampoco. Pero qué hay de malo si quiero celebrar con mis alumnos que terminan Infantil, si dedico tiempo a que se aprendan un baile, una poesía, una canción, si paso mis tardes preparando diplomas, birretes, lo que se nos ocurra, para celebrar junto a ellos que terminan una etapa, y que el curso que viene comienzan otra; probablemente en el mismo cole, en el mismo edificio y con los mismos compañeros, pero ahí estarán estrenando etapa apoyados en todo lo aprendido en su etapa anterior, que con nuestra mejor intención hemos querido reflejar en una sencilla fiesta de graduación. Ahí están de nuevo las ganas de celebrar, tan respetables, por supuesto, como las ganas de no hacerlo.

Hace unos días leí un artículo en el que se criticaban todas estas cosas, y aunque con alguna de esas críticas puedo llegar a estar de acuerdo, quería compartir con vosotros mis matices. Además, me sentí algo confundida por la cantidad de comentarios mostrando su grado de acuerdo, cuando luego lo que veo a mi alrededor es lo contrario, ¿quién no prepara detalles con mimo para la comunión de su sobrino? ¿quién no ha disfrutado preparando detalles y sorpresas para los invitados en el día de su boda? ¿a quién no le hace ilusión que su hijo se gradúe? A mí desde luego, sabiendo dar a todos estos aspectos su valor correspondiente, sin confundirlo con lo esencial y siendo coherentes con lo que festejamos, las ganas de celebrar me hacen la vida más feliz, la colorean. 

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