02/04/2018 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
¡A Jugar!

Terminé el segundo trimestre coordinando un coloquio organizado por el CRA Elena Fortún y dirigido a las familias de sus alumnos sobre la importancia del juego en el desarrollo de los niños. No pudo ser mejor el momento para este tema, puesto que suele ser al final del trimestre cuando soy más consciente de todo el trabajo con el que cargan sobre los hombros nuestros hijos o alumnos, acumulado día tras día, coincidiendo padres y docentes en lo cansados que les vemos.

Después de darle muchas vueltas, me planteé como objetivo principal despertar la reflexión sobre el tema, mientras que otros contenidos, como los beneficios del juego o la gran diversidad de tipos de juegos que podemos encontrar, iban desarrollándose. Así,  con vosotros también voy a centrarme en compartir dicha reflexión, puesto que si abrimos los ojos y volvemos a situar al juego en el lugar que merece ocupar en nuestro día a día de aula o casa, todo lo demás lo iremos descubriendo con nuestra propia experiencia.

La primera cuestión que lancé venía a preguntarnos cuál era realmente el gran obstáculo para no jugar con nuestros hijos o que puedan hacerlo ellos solos o con iguales a diario. La respuesta más compartida fue la falta de tiempo. Pero ahondando un poco más y siendo algo más nobles llegamos a reconocer que el juego no es una prioridad a nuestro día a día. Lo consideramos importante, pero no tanto como para reservarle un tiempo propio en nuestra organización, queda relegado al “tiempo libre” que desgraciadamente muchos días es escaso o incluso casi inexistente. Priorizamos los deberes y las actividades extraescolares, que, sin ser aspectos negativos, ni mucho menos, dominan el horario de tardes de casi todas las familias; o en el caso de los docentes, la presión de cumplir con una programación en un tiempo apretado, deja poco espacio para usar el juego como recurso didáctico y exprimir todo el potencial que nos ofrece.

Además, estuvimos también comentando el empeño que ponemos en organizarles la vida a nuestros hijos y alumnos, invadiendo así su espacio y tiempo de juego: ludotecas, monitores para una escapada con amigos en una casa rural y en comuniones, cumpleaños en los que cada minuto está organizado, algunas iniciativas educativas para guiar el juego durante los recreos, etc. Nos solemos quejar los adultos de que “los niños de ahora no saben jugar”. Nos equivocamos, lo que pasa es que no les damos la oportunidad. No les dejamos que se aburran un segundo, pudiendo ser ése el punto de partida de juegos que ellos mismos inventen, gestionen y adapten a sus necesidades e intereses. Pero para ello necesitan tiempo, una pizca de aburrimiento y la posibilidad de crear, de compartir entre iguales, o también de sentir de forma individual, la necesidad de jugar.

Salió también el tema de la cantidad de juegos y juguetes de los que disponen los niños de hoy en día; es una oferta tan amplia que es complicado hasta elegir y seleccionar entre tanto estímulo. Reconozco que a veces esto es difícilmente controlable por parte de padres y educadores, pero sí que podemos mediar y ayudarles a gestionar tanto juguete, por ejemplo, cambiándoselos por temporadas, o marcando límites de tiempo para que no se centren sólo en un tipo de juego como pueden ser las tablets o los videojuegos. Aunque éste último tipo de juego arrancó un buen debate que bien merece otro artículo. Por ahora, quedémonos con la idea de que el uso de la tecnología puede ofrecernos muchos beneficios, no es en sí misma buena o mala, sino que depende del uso que hagamos de ella. Si nos domina, nos vicia, nos esclaviza y monopoliza de algún modo, es sin duda, algo que debemos controlar, tanto los adultos como los niños.

Para terminar, otro de los aspectos clave para mí del coloquio, fue que salieron a relucir muchas carencias que vemos en nuestros hijos o alumnos, a nivel social, afectivo o emocional, como también cognitivo (memoria y atención, entre otros), y que nos empeñamos en “machacar” en forma de clases particulares, más deberes; o castigos y regañinas cuando no saben perder, no esperan su turno, discuten o no gestionan bien cierto tipo de emociones, que bien podrían desarrollarse a través del juego de una forma más natural, respetuosa y coherente al desarrollo de cada niño.

Tras estos días de descanso, y con todas estas ideas rondándome la cabeza, enfrento el tercer y último trimestre con el firme propósito de no dejar el juego para algo que ya harán cuando llegue el esperado verano, sino que tanto mis hijos, como mis alumnos, y yo misma (que para los adultos el juego también nos viene bien), comencemos a beneficiarnos desde ya.

 

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