02/04/2018 Boulevard literario conquense
Juan Clemente Gómez
Juan Clemente Gómez
Boulevard literario conquense: 'La muerte tendrá mis ojos'

La muerte tendrá mis ojos.-Pilar Narbón.-Colección El Hocino del Huécar.-nº 13.-Edición Raúl Torres

*Juan Clemente Gómez

Llama la atención  de  esta novela su título tan sugerente, inspirado en los versos de Cesare Pavese: una muerte con ojos o los ojos de la muerte que ronda a través de  un   complejo escenario  por el tratamiento del ritmo y del tiempo en su concepción narrativa.

En la primavera de 1936 Kichizo Ishida y su amante Sada Abe,  protagonizaron un maratón orgásmico y pasional–seis días en la cama– que desembocó en la asfixia erótica y consentida de Kichizo y con sus genitales cercenados.  Sada Abe  fue  arrestada mientras vagaba por las calles con los genitales de su amante guardados en  un  bolso, disimulado y envuelto entre os pliegues de su kimono.  La historia   trascendió con míticos matices y   de ahí nació la legendaria película “El imperio de los sentidos”  que adaptó la historia real de la antigua prostituta Sada Abe, arrestada.

Los ojos, aparecen como una obsesión reiterativa,  ojos que subyugan, que escrutan, que atenazan: originando bellas metáforas de gran impacto poético:
–“Los ojos rasgados como almendras, pupilas desafiantes, que despedían chispas como pavesas”.
–“Ojos como imanes  que traspasaban los suyos con dardos al rojo vivo”.
–“La rodeó con sus brazos y se ahogó en el verde lago de sus ojos traspasándolos con el fuego de sus pupilas incendiarias”. 
–“Los ojos tenían la forma y el color de las almendras amargas”.  
–“Ojos dilatados y elocuentes  cuyos iris esmeraldas  chispeaban como el carbón herido  bajo el sol rutilante”. 
–“Sus ojos  parecían bosques emboscados en tenebrosos secretos”. 
–“Sus ojos evasivos parecían haberse asomado  a ese abismo solo accesible a los espíritus selectos”. 
–“Verde lago cernido de tormentas”. 
–“Refrendan tus ojos  un hálito de misterio capaz de detener el aire”.  
–“La mirada de Diana era un bosque en llamas, un vasto incendio en el que  Julio se quemaba “.

Son precisamente las metáforas  la figura de lenguaje que más abunda en la obra no  en vano por  las venas de  Pilar Narbón  corre un tumultuoso torrente de poesía  en estado puro:

–“Cuerpo ondulante, como un campo de mies”.
–“Las fragantes esencias de las flores se enredan en el susurro del céfiro salobre de la costa”. 
–“Entre las ondulaciones que agitan la sobrehaz del mar, revientan blancos remolinos de espuma”.
–“Bajo el ufano platear de la brisa, su piel refulgía bruñida. Reverberaba esquirlas nacaradas”. 
–“En la voz de Alejandro  se había apagado el rescoldo de la ira. Era una voz calcinada a cenizas”.
–“A Paula le sorprendió la hermosura de aquellos ojos envueltos en una telaraña de agua”.
–“Tenía el aire sutil de un océano de flores, la ingravidez   de un mar de nubes y una mirada felina que centelleaba fuego”.
–“Su piel dorada emanaba briznas  nacaradas de nardo y de jazmín”. 
–“El aire incendiaba las bruñidas hojas de los álamos chopos y sauces. Inmisericorde, la brisa rizaba el agua de fosforescentes burbujas”. 
–“Atrás quedaban  los sauces que mecían su quejumbre con sonido de alas rotas”.
–“Sus labios ardían como una  fogata  de hojas secas”.   
–“Bajo la luz nacarada del flexo los logaritmos bailaban un inescrutable aquelarre”. 
–“La alcoba se llenó de reverberos de polvo estelar  y todo el rocío de la mañana estalló en un amanecer  de perlas”. 
Tal cantidad de carga poética solo tiene explicación si es enmarcada en

Goelia, ciudad nacida para coronar el  éxtasis y sumergirse en una espiritualidad alada. Decir Goelia es decir Cuenca, concierto universal, espadaña nítida, ciudad alada:

–“Ciudad somnolienta abandonada a su suerte”. 
–“Ciudad sumida en un soporífero letargo”.
–“Sostenida en un costoso equilibrio sobre una coraza de piedra”.
–“Bella sirena herida de sol sobre una roca”.  
La acción transcurre por  lugares entrañables  conquenses, poetizando calles y rincones:
El Escardillo-Puente de la Trinidad - Cueva de la zarza - Cerro de la majestad - Parque de santa Ana -Río Júcar -Piedra del Caballo-Calle Pilares  Plaza Mayor - Hoz del Júcar - Los Paúles -Recreo Peral –etc…
Convirtiendo  a Goelia en una ciudad esotérica revestida de  misterio:
“El viento silbaba letanías de muerte pausadamente en los cristales y la niebla, que envolvía a Goelia, se convertía en aliento de duendes”.   
El tratamiento lingüístico está salpicado de palabras cuya sonoridad trasciende nuestros oídos:

Inextricable  -  sobrehaz -   reloj de leontina  -  iracundia- camándulas - ojeras lívidas y abohetadas - trémolo de emoción - respiración de sátrapa   aguadillas - temperamento salaz  - arúspice  -pegollo de piedras

Como perla escondida entre los hoyos de las rocas encontramos la palabra sartal olvidada en el vocabulario popular, pero  plena de fuerza semántica, capaz de llenar ella sola una  alacena de poesía esplendorosa:

sartal de preguntas - sartal de desconfianzas - de amargura -  sartal de adversidades  -sartal de recursos básicos para sobrevivir  -  sartal de logros   - de confidencias   - de carencias afectivas

Son precisamente estas carencias afectivas las que van a pulular, como marea envolvente  y obsesiva entre los personajes de la obra, cuyo principal exponente se concentra en  Paula, la dulce Paula: “Dulce  muchacha de lánguida mirada , de curvas suaves y un cuerpo ondulante, como un campo de mies”, ingenua, y melancólica que lentamente se va transformando en Diana, contrayendo un doble papel, un  morboso   desdoblamiento de personalidad : DIANA La cazadora , la ninfómana, la sacerdotisa de la sensualidad, que :  “Se convierte en vengativa y quería vengarse de sí misma pero sobre todo   de los hombres, del dolor que le habían infringido los dos hombres más importantes de su vida”.

Una de las causas principales de este desdoblamiento es el padre de Paula:    impenitente don Juan que iba desperdigando un reguero de bastardos; basten estas líneas para confirmar a Pilar Narbón como pluma magistral  en la descripción de personajes:

“Su  padre era un hombre impulsivo propenso a la exhibición de la ira. Cuando se enojaba sus ojos se inyectaban en sangre. Como un demonio poseído por la rabia secretaba una espumosa saliva que se posaba amenazante en la comisura de sus labios. Proclive a los exabruptos,  vociferaba insultos sin desdeñar un vocabulario prolijo en la blasfemia. Enfadado tenía el aspecto fiero de un orangután, aunque su lengua era ofidia y sinuosa como una víbora. Envilecido por la ira, el sudor le corría por la piel  como gotas de un ácido corrosivo…”

Un padre que en lugar de generar amor, produce a su alrededor   no solo    aborrecimiento sino asco, un asco sublimemente escalonado en progresión geométrica:

Asco de aquel tacto…   asco de aquel rostro…  asco de aquellos ojos…   asco de su cinismo…   

La segunda persona que marca a Paula con dramática impronta es    Alejandro, su primer amor, que rompe en mil pedazos   la esencia   de  un amor puro y sincero.
El fatal comportamiento de estos dos hombres origina un cambio atroz en la protagonista: 
Paula abandonó definitivamente la adolescencia y nació Diana 

En   El laberinto de la soledad, Octavio Paz afirmó que: “Creación y destrucción se funden en el acto amoroso; y durante una fracción de segundo el hombre entrevé un estado más perfecto.”
Nada más cierto, a partir del nacimiento de Diana la novela se   balancea   en  una  sinfonía de amor y muerte y una  abrasiva anarquía de los sentidos.

De forma sutil, se hace extensiva la presencia letal del padre ante el resto de la familia, sus hermanos  “gemían ateridos contra la escarcha de los cristales: vi la consternación y el estupor, pintados en los ojos de mis cuatro hermanos”.

En La muerte tendrá mis ojos  preside  el fatalismo como  tema central   la imposibilidad de escapar del propio destino se cumple fatalmente no solo en Paula, sino en todo lo que con ella se relaciona:

–Javier se ahorca  colgándose de la viga del techo de su habitación.
–Pablo,   su primera víctima planeada  se agitaba con movimientos espasmódicos, como pez fuera del agua. Antes de partir, sus ojos atinaron a mirarla asombrados por el pavor.
–Julio Medina de los Monteros muere en un siniestro accidente.
–Fabián, el hijo de la posadera, muere en accidente de tráfico.
–Germán: Deseó con vehemencia seguir viviendo pero le faltaba el oxígeno. No podía respirar…entregó su alma sin saber que estaba purgando culpas no cometidas, infamias que a otros incumbían…
–Félix: El estertor final del hombre fue apenas un líquido y exhausto gemido. Cuando cesaron las convulsiones de sus miembros, Diana dejó de apretar la garganta con el vistoso foulard…”
–Alejandro: Al acuchillarlo con saña me estaba cobrando, uno por uno, cada infortunio, cada ultraje y cada vileza; los que me habían infligido y los que había perpetrado…
Alejandro y todas las víctimas anteriores  mueren  porque están destinados  a morir, y ese destino es irrevocable.  
El Fatalismo aparece registrado en numerosos párrafos:
–Nadie puede ahuyentar la condena que le ha sido asignada por el destino, la de Alejandro estaba marcada por el fatalismo de  una maldición.
–Estás atrapado en el mismo maleficio  y en él habremos de sucumbir. 
–Consciente del fatalismo que planeaba sobre su existencia  como un buitre carroñero  derivó sus pensamientos…
–Renegaba de su estirpe marcada por el malditismo, no sabía que la fatalidad iba a enseñorearse con ella, no sabía que al otorgar su odio estaba desencadenando el cataclismo que había de condenarla para siempre.
–Me zahería la insensata certidumbre de que había sido maldecida desde el mismo principio de mi alumbramiento una oscura maldición marcaba mi herencia genética.
–Por mi sangre corrían la iracundia, la promiscuidad y la locura.
–Los signos del oráculo oscuro confabulaban para condenar a Paula de nuevo a la postración.
–Antes de nacer supe que el infortunio me estaba reservado. Aguardaba agazapado en el sortilegio impronunciable de un tatarabuelo chamán maldijo a mi padre con el auguro de un castigo que vendría de su propia sangre.  
–Llevaba en las venas el delirio de un desorden psicótivo grave y severo  siguió el dictado de unos genes homicidas.

El rencor atávico y el desprecio a la vida, el amor convertido en odio y el odio convertido en amor, fatal quiasmo, alumbran un ser  innombrable, atroz y trágico el tándem Paula&Diana, ángel y a la vez demonio exterminador, que destrona al propio Dios para erigirse ella en la máxima autoridad divina, hasta decidir quién debe o no vivir, ejerciendo un sacerdocio vocacional de mantis cruelmente religiosa.

Fatalismo literario, sutil herencia de García Márquez, dosificado poéticamente por Pilar  Narbón, en esta novela de gran fuerza narrativa, en la que  el lector se ve embrujado por una implacable  reiteración sintáctica que bien pudiera desgranarse en versos sonoros, convirtiendo a La muerte tendrá mis ojos en una fructífera narración poética o en una interminable poesía narrativa:

–Una sorda zozobra se enredaba en el aire tibio y enlutado de aquel anochecer infausto (pg 231)

Podría convertirse en:

–Sorda zozobra enredada en aire tibio,
–Aire enlutado en anochecer infausto….
En el delirio abrumador de la hirsuta floresta, Paula encontró motivos para seguir respirando libre (Pg 194)

¿Por qué no?:
–Delirio abrumador de la hirsuta floresta
-Donde Paula respira…
Y Pilar habita entre sábanas de ojos, donde la muerte  queda enmudecida.

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