03/04/2014 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Semillas

Una vez leí que educar era como sembrar, uno planta las semillas, las cultiva, las riega, las pone en un lugar donde las condiciones de luz y temperatura sean las más adecuadas según las necesidades específicas de cada especie. Sin embargo, a veces, los frutos tardan en hacerse ver o incluso, pueden no llegar a salir… Pero que sembrar, había que sembrar, con ilusión, con empeño, con la esperanza de que esa semilla será algún día un árbol fuerte, una hermosa flor, un rico cereal,…

Hace unas semanas estuve dando una charla a los padres de una escuela infantil. El tema a tratar era las necesidades y retos de desarrollo de los niños de cero a tres años. En primer lugar, he de confesar que el tema me encanta, porque a esa edad, todo está a estrenar: la afectividad, los hábitos, etc. Y sientes que esa metáfora de sembrar es más real que nunca: es el momento de plantar con mucha delicadeza las semillas, que serán las bases de lo que esos bebés, serán en el futuro. No quiero decir con esto que los niños sean libros en blanco que podamos escribir a nuestro antojo, o pequeños moldes de arcilla fácilmente moldeables. Nada de eso, quien tenga hijos de esa edad o trabaje con estos niños, bien sabrán que ya tienen su carácter, sus propios intereses y necesidades, sus gustos, e incluso, sus manías. Pero también, reconocerán que a esa edad son pura apertura al mundo que les rodea, libres, despiertos, sin miedo a aprender, a dejarse enseñar,… Aparte de la plasticidad neuronal que caracteriza esta etapa. Sin duda, es el momento ideal de la siembra.

Tampoco quiero decir con esto, que no se pueda seguir sembrando más adelante años más tarde. No sólo se puede, sino que se debe, por supuesto. Pero no quiero desviarme del tema. Mi reflexión iba a encaminada a compartir la experiencia vivida en ese encuentro concreto con los padres de los niños de esa guardería. He trabajado más veces con padres, pero esta era la primera vez que los participantes eran exclusivamente padres con hijos tan pequeños. Y me quedé tan sorprendida con la participación… No sólo en número de asistentes, que fueron casi todos, ¡hasta hubo que ir añadiendo sillas! Sino también por la atención, la interacción, el interés. Podía ver en sus ojos esas ganas sinceras de querer colaborar con los educadores de sus hijos, de querer saber más, tener en cuenta otras perspectivas, escucharse unos a otros, etc. En definitiva, querían empaparse de lo que allí se estaba hablando para luego, en casa, poder hacerlo mejor con sus hijos.

Sin embargo, cuando hablas con maestros de Primaria, profesores de Institutos, padres de hijos más mayores, cuesta encontrar a alguien que siga manteniendo esa confianza recíproca, ese respeto, esa certeza de que ambos están ahí para educar a hijos y a alumnos, esas ganas de aunar objetivos y metas, de colaborar… ¿En qué parte del camino se ha perdido todo eso que yo vi en educadores y padres de la primera infancia?

Todavía no tengo hijos que sobrepasen esa franja de edad, así que el ejercicio de reflexión y autoevaluación lo hago como profesional, y no tanto como madre. Pero invito a todos, padres y profesores, a mirarnos un poco a nosotros mismos, una vez más, y valorar qué estamos haciendo. Quizá el riego de esas semillas que queremos plantar en hijos y alumnos, el abono que necesitan, la luz y la temperatura, también pasen por cuidar  y cultivar la relación que tenemos con sus familias o maestros, profesores y demás educadores. 

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