27/02/2015 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Rabietas, broncas y otras malas maneras

La semana pasada tuve el placer de ser invitada de nuevo a colaborar con el Centro de Atención a la Infancia de Aldeas Infantiles en Cuenca. En esta ocasión nos centramos en el tema de la conducta en niños de 0 a 3 años, siendo las rabietas un tema recurrente al que los padres me llevaban una y otra vez. Y es que esa escena en la que ese niño, nuestro hijo o nuestro alumno que normalmente es un ser adorable y gracioso al que te comerías a besos, se pone a patalear, gritar y llorar sin control, es lamentablemente un episodio frecuente para quienes tratamos con niños de esa edad.

Pero no respiréis aliviados padres y educadores que trabajen con niños más mayores, puesto que tal y como están las cosas, he visto niños de 8 años sumergidos en rabietas de manual o también, qué me decís de los adolescentes enfrascados en eternas discusiones en las que las malas contestaciones y portazos son el pan de cada día. Por eso, he considerado que éste podría ser también un tema a tratar en este blog y que a raíz de él pudiéramos compartir experiencias y trucos para afrontar con éxito y sin perder la calma estas  situaciones en las que los niños juegan con nuestra paciencia y nos llevan al límite.

En primer lugar, debemos reconocer que las rabietas, por poco que nos gusten, son normales, son parte de su desarrollo, tanto en la etapa de la primera infancia como en la adolescencia. Son momentos de autoafirmación, de descubrimiento y formación de su propio yo, tratan de diferenciarse del adulto y lo hacen poniendo todo su empeño. De ahí ese afán por llevarnos la contraria casi de manera automática. Sin embargo, que esas broncas o pataleos sean normales a cierta edad (en otras edades este tipo de comportamientos se mantienen simplemente porque han aprendido que así acaban consiguiendo lo que quieren) no significa que debamos tolerarlas sin más. Al contrario, debemos saber afrontarlas y conseguir que los niños aprendan a manejar sus emociones. Sirva este conocimiento para darnos un plus de comprensión y paciencia que no nos va a venir nada mal.

En el caso de los niños pequeños, que aún no dominan el lenguaje, el llanto, el grito o el pataleo son una forma de expresar emociones fuertes, como puede ser el enfado, la rabia o la frustración al no conseguir lo que desean en ese momento. Las rabietas son, entonces, intentos desesperados por llamar nuestra atención en primer lugar y, en segundo, obtener lo que quieren. Vayamos por partes, porque ser conscientes de esto nos aporta las claves de por dónde ha de ir nuestra intervención. Además, esto puede sernos útil, como ya dije al principio sea cuál sea la edad del niño que nos ha puesto en esa situación:

- “Intentos desesperados”: los desesperados son ellos, que recurren a ese método porque no saben expresarse o manejar sus emociones de otra manera. Por tanto, nosotros, por muy mal que nos veamos, que sintamos que nuestra paciencia roza su límite de agotamiento, no podemos caer y desesperarnos también; usemos un lenguaje adecuado en su contenido y en su forma, controlemos nuestra emoción. Esto se traduce en controlar qué les decimos sin caer en insultos, juicios desmedidos, amenazas incumplibles y, por supuesto, no nos liemos a dar gritos, porque, además de ofrecer un modelo inadecuado de conducta (que no sé si recordaréis lo tratamos en un artículo anterior), lejos de calmar la situación, la empeorará, se pondrán aún más nerviosos y descontrolados.

- “Por llamar nuestra atención”. Lo hemos leído probablemente mil y una veces y es algo que, al menos yo, no acabo de interiorizar (aunque lo intento): prestamos más atención a los niños cuando hacen algo mal que cuando lo hacen bien. Y con esto también pasa. Los niños han aprendido a que determinados comportamientos negativos llaman de una manera inmediata nuestra atención y, además, identifican incluso en qué situaciones resulta más eficaz: supermercado, centro comercial, cuando hay gente en casa, etc. No soy partidaria de la ignorancia absoluta, incluso aunque el espacio que nos rodea sea seguro. Creo que el niño o adolescente necesita una orientación, un recordatorio de que así no sólo no va a conseguir lo que quiere sino que no se puede ni dialogar. Baste una frase del tipo: “mira, te estás poniendo muy nervioso y así no se puede hablar, cuando te tranquilices tratamos el tema”. Cada uno que lo adapte a su forma de expresarse y a la edad de sus hijos o alumnos. Y en la medida de lo posible, dar al niño espacio, lejos del lugar donde la situación conflictiva ha tenido lugar: un juego, un cuentacuentos, el parque, la habitación donde estemos, etc. Sin darle más bombo al asunto, retirar nuestra atención y seguir con nuestras cosas hasta que se calme y ayudándole cuando veamos que lo está intentando. Pero en plena rabieta no tiene sentido prestarle más atención que ésa.

- “Obtener lo que quieren”. No cedáis nunca, pues aprenderán que aunque cueste, si os llevan al extremo acaban consiguiendo lo que quieren. No os rindáis, que no quiere decir que ciertas cosas no se puedan negociar, pero nunca de esas maneras. No permitáis gritos, insultos, exigencias ni patadas o manotazos, por muy pequeñitos que sean. Es un tipo de comportamiento que es importante cortar de raíz porque, en mi opinión, pueden ser las semillas de futuros comportamientos más violentos y problemáticos.

No podemos ni debemos evitar que los niños se enfaden o frustren, es de hecho necesario para el desarrollo de una personalidad equilibrada, pero como educadores debemos ayudarles a que poco a poco vayan controlando qué hacer con esas emociones, cómo expresarlas y cómo transformarlas en una conducta que nos haga crecer y madurar. 

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