29/05/2014 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Las cosas claras

El pasado sábado, tuvimos la suerte de poder escuchar en vivo y en directo a Emilio Calatayud en Cuenca. Este juez de menores se ha hecho famoso en el terreno educativo gracias a sus conocidas “sentencias ejemplares”, con las que pretende ante todo, dar al menor la oportunidad de reparar el daño causado, de aprender de sus errores asumiendo las consecuencias coherentes de sus actos.

Quería compartir en este espacio mis reflexiones tras haberle escuchado durante dos horas. Sí, sí, dos horas, sin más recurso que sus palabras (no utiliza power point ni otros medios para atraer la atención de los asistentes), sus ideas, sus propuestas y, por supuesto, sus experiencias, que como podréis imaginar, siendo juez de menores, son, en muchas ocasiones, muy amargas. Y sin embargo, una de las cosas que más me gusta a mí de este hombre es su optimismo. Me impresiona ver cómo, a pesar de estar frente a frente a diario con la cara más cruel de nuestros adolescentes, sigue creyendo en ellos como personas capaces de aprender, de mejorar, de reparar y cambiar el rumbo; y apuesta firmemente por la educación como herramienta indispensable para propiciar y hacer posible ese cambio. Pero no os confundáis, cuando habla de educación no habla sólo de los colegios e institutos, ni tampoco se refiere exclusivamente a los padres, habla de la sociedad en su conjunto, aunque eso sí, en este gran reto, padres y profesores jugamos un papel crucial.

Es frecuente escuchar a los profesores lamentarnos de “lo mal” que están los niños de hoy en día, y los adolescentes mejor ni hablamos… Y sin embargo, llega este juez y no sólo no llora, sino que además construye… Cuando utiliza alguno de los casos que lleva entre manos como ejemplo, se deja ver una realidad muy dura, mucho más, de la que cotidianamente vemos nosotros en las aulas, por suerte, claro está. Además, comentaba que en la mayoría de los casos de menores delincuentes suele haber detrás una historia a sus espaldas bastante complicada, y que de llevar él o cualquier adulto esa historia, a saber lo que seríamos capaces de hacer… De todo esto, saqué mi primera conclusión: antes de juzgar o soltar la crítica fácil, conozcamos de fondo a nuestros alumnos. Pueden tener a veces malos comportamientos, pero eso no quiere decir que sean o vayan a ser malas personas. Igual que alguien ha podido cometer un acto delictivo y no por eso, convertirse ya en un delincuente irremediable.

Puede parecer que en este optimismo no hay cabida para las desgracias que, con mayor frecuencia de la que nos gustaría, escuchamos en los medios de comunicación: asesinatos, violaciones, acosos, robos, etc. También nos habló de ello y de las medidas que se toman en estos casos, tratando de desmentir el mito de que “a los menores no les pasa nada”.  Y creedme, fue bastante duro escuchar cómo cuando las luces de los centros de internamiento de menores se apagan, lo que se oyen son llantos, llantos de niños… Sí, hay casos, conocidos por todos, que merecerían el peor de los castigos, en los que el agresor no muestra ni pizca de arrepentimiento, pero nos aseguró que ésos son, gracias a Dios, muy poco frecuentes.

Al hilo de esto, nos llamó la atención como padres diciéndonos que teníamos que educar a nuestros hijos para evitar con todas nuestras fuerzas que fueran las víctimas, pero sin olvidarnos también de que los agresores también son hijos de sus padres, y que por tanto, también debíamos tratar de evitar con el mismo empeño que se convirtieran en los posibles agresores. Lo cual, me dejó muy pensativa sobre todas las implicaciones educativas que tanto una cosa como la otra conlleva y que, sin duda, trataré en otro artículo. De momento, baste nombrar el papel que las redes sociales, las nuevas tecnologías, los medios de comunicación, y la relación entre hijos- padres, profesores y alumnos, juegan en esta tarea.

Es aquí justo donde quiero detenerme porque también me pareció especialmente interesante. Denunció con gran tesón la falta de respeto que hoy en día tienen los menores hacia sus padres y profesores. Y veía que en esto también debíamos mirarnos un poco el ombligo: profesores criticando a las familias de hoy en día, permisivas y faltas de valores y tiempo; padres, a su vez, que cuestionan a la primera de cambio la autoridad del profesor de su hijo… Así, ¿cómo van a aprender a respetar a sus padres y profesores? Los niños no están sordos, oyen todo este tipo de comentarios y les empujamos a considerarse iguales a sus padres, que en palabras de la sociedad no saben educar a sus hijos, e iguales a sus profesores, que son unos vagos y cogen manía a “mi chico”. O paramos esto, o esto pude irse aún más de las manos… Y éste es justo uno de mis temas favoritos: la buena relación familia- escuela o instituto, que no somos rivales, sino compañeros. No somos amigos de nuestros hijos o alumnos, sino sus padres y profesores, y ambos buscamos lo mismo: su educación.

Como veis, dos horas que dieron para mucho, que han reavivado grandes temas de reflexión y diálogo, que inspirarán, o al menos eso espero, interesantes conversaciones con un buen café, y más reflexiones para poder compartir con vosotros. ¿Quién se apunta?

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