15/01/2015 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Es de bien nacido ser agradecido

No puedo dejar de darle vueltas a este refrán tras los aún recientes momentos vividos en Navidad, especialmente a raíz de la visita de S.S.M.M. Los Reyes Magos de Oriente. Y es que creo que tanto a mayores como a pequeños se nos olvida a veces añadir ese toque final que cierre de manera adecuada un momento agradable, como puede ser recibir un regalo, que te ayuden o hagan un favor, o algo tan sencillo como que te cedan el paso o te pregunten cómo estás.

Sé que ya hablé en un artículo de los buenos modales, y dar las gracias es uno de ellos, no hay duda, pero hoy quería enfocarlo desde una perspectiva un tanto más profunda. No se trata de dar las gracias como autómatas que repiten un buen hábito siempre que tienen ocasión, me refiero a sentir la necesidad real de agradecer. Y eso, en mi opinión, es algo que también se puede educar.

En más ocasiones de las que me gustaría, he tenido la sensación al hablar con ciertos niños, adolescentes y adultos hechos y derechos, de que en esta vida todo se les debe, como si todo lo bueno  que les pasara es algo que el destino, el cosmos, o como queráis llamarlo, les devuelve justamente porque sin más se lo merecen. Todo son derechos. Derecho a recibir exactamente todos los regalos que pido para mi cumpleaños, derecho a que me cedan el lugar en la cola del supermercado porque soy mayor, derecho a recibir palabras amables aunque yo no lo sea,… Por supuesto que todos tenemos derecho fundamental a que nos traten con respeto y dignidad, nada más alejado que ponerlo en duda, pero sin perder de vista dos cosas: la primera es lo que a mí me gusta llamar el “valor añadido” de las cosas. Hay gente que a todo le pone ese valor añadido: te saluda sí, como mucha gente a la que te encuentras, pero lo hace con una sonrisa, se esfuerza en conseguir un regalo especial para ti, te hace un favor antes de que se lo pidas, etc., pero no sólo por quedar bien, sino porque se preocupa realmente por ti. Y eso es algo que agradecer profundamente.

El segundo aspecto que no deberíamos perder de vista es que nadie está obligado a hacer nada por nosotros. Es cierto que hay determinadas responsabilidades a las que tenemos la obligación moral de responder, como pueden ser las que adquirimos padres y educadores con nuestros hijos y alumnos, o incluso hacia nuestros amigos y hermanos. Pero me gustaría pensar que cuidamos a nuestros seres queridos más allá de lo que nos exige esa obligación moral, que hay un amor, una vocación, una ilusión que sobrepasa esos límites más formales, ¿no?

Y son precisamente estas dos ideas las que creo que hemos de saber transmitir a nuestros hijos y alumnos, saber estar agradecido con los detalles que recibimos a lo largo del día, con la vida que podemos disfrutar, y, por supuesto, ser capaces de demostrarlo: Gracias. Quizá sólo la palabra baste, o quizá queramos acompañarlo de un abrazo, un beso, una caricia, una nota, un detalle… Como sea, pero gracias. Y nada de “no hay de qué” porque “sí hay de qué”…
Me entristece en el fondo escuchar, tras estos días de Navidad, las quejas de tantas comidas y cenas, de quejarnos porque el regalo no es justo lo que queríamos… Yo la primera que lo hago. Y sé que en realidad sólo es cansancio, saturación tal vez, que no es lo que realmente pensamos pero me preocupa pasar por alto esta actitud quejicosa y poco agradecida y que acabe anidando en mi forma de ver la vida o la de mis hijos. Quisiera saber transmitir el valor de las cosas, de los detalles, de los buenos gestos y personas que nos rodean. Que tras un regalo hay una persona que ha pensado en nosotros, se ha ilusionado buscando qué podría gustarnos; tras ese favor hay quien se ha preocupado por nosotros y ha dejado de hacer sus cosas para ayudarnos.

No creo que haya niño que no haya escrito su carta pidiéndole cosas a Los Reyes Magos, incluso muchos de nosotros lo hayamos hecho también. Se me ocurre, que junto a la leche con galletas que les dejamos preparada esa noche añadamos una nota dándoles las gracias, o por qué no, puede que una carta dándoles las gracias tampoco sea una mala idea. Esto es sólo anecdótico, lo sé, pero las grandes personas se cuecen a fuego lento, con pequeñas cotidianidades que están en nuestra mano a diario.

Voy a aplicarme el cuento: muchas gracias por vuestro tiempo, por compartir conmigo esta reflexión.

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