16/05/2014 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Educando personas resilientes

Como madre y educadora, leo prácticamente cada artículo que cae en mis manos, o más bien, aparece de alguna manera en la pantalla de mi tablet. Las redes sociales, google, internet, en general hacen posible que conozcamos opiniones, noticias, información… Es cierto que muchas veces esa información carece de un rigor científico, pero al fin y al cabo refleja de un modo u otro una realidad que puede ser útil e interesante. Es en este marco, en el que me he encontrado con una afirmación que se repte una y otra vez: parece ser que uno de los principales errores que cometemos los padres de hoy es proteger en exceso a nuestros hijos del fracaso, las malas noticias, la frustración… Queremos , al igual que supongo que han querido los padres de todos los tiempos, que la vida de nuestros hijos sea maravillosa, una vida en la que siempre salen las cosas bien, en la que siempre serán los ganadores, conseguirán siempre lo que se propongan y nunca habrá contratiempos que oscurezcan su trayectoria de vida.

Esto es una opinión, como otra cualquiera, que de primeras negaría en rotundo con un “eso no es verdad, ni lo queremos ni lo pretendemos”. Pero mi experiencia me lleva de algún modo a corroborar en parte esa opinión. Como monitora en cumpleaños o comuniones me he encontrado en más de una ocasión con padres que te dicen que procures que su hijo gane en los juegos, que es un día importante para ellos… ¿Acaso perder en un juego puede enturbiar la  auténtica felicidad de un niño? Pueden sentirse decepcionados, enfadados por un rato pero no debería pasar de ahí, ¿no os parece? Como profesora, he de reconocer que a veces me siento forzada a maquillar una mala calificación, o corrección, a evitar cierto tipo de actividades en las que sé que puede haber ciertos fracasos. Podríamos pensar que esto está justificado por la búsqueda de motivación en los alumnos, por la firme creencia en el refuerzo positivo (que en mi opinión es, sin duda, el que mejor funciona). Pero, ¿por qué un fracaso tiene que ser sinónimo de desmotivación? ¿No se ha dicho siempre de que de ellos se aprende incluso más que de los éxitos? ¿Está reñido el refuerzo positivo de nuestros hijos y alumnos con el reconocimiento de sus fallos, limitaciones y errores? La verdad es que no. Sin embargo, confieso que hay cierto miedo como madre y profesora de que así pueda ser, y no niego que por eso a veces evite ciertas actividades, maquille ciertos errores,… No estoy orgullosa de ello.

Por otro lado, esta realidad que puede apreciarse en diversos contextos educativos choca frontalmente con otro concepto que está muy de moda: la resiliencia. La resiliencia podría definirse como la capacidad que tiene el ser humano de afrontar situaciones traumáticas, dolorosas, problemáticas o adversas, e incluso, de salir fortalecido de ellas. Se ha demostrado que esa capacidad puede tener repercusiones positivas a la hora incluso de superar ciertas enfermedades. Por tanto, se convierte en un objetivo educativo, una meta nada desdeñable; dotar a los niños de esta capacidad puede ayudarles a superar los obstáculos que vayan encontrándose a lo largo de su vida, que como lamentablemente sabemos, pueden ser muchos.

Sin caer en un pesimismo fácil, es cierto que la situación de crisis económica que vivimos actualmente, el desarrollo de determinadas enfermedades que parecen afectar cada vez a más personas a nuestro alrededor y diversas situaciones a las que día a día nos enfrentamos, unido a la relevancia de ser una persona más o menos resiliente es lo que ha despertado esta reflexión: ¿cómo podemos ser de un lado conscientes de la importancia de desarrollar esa capacidad en los niños y a la vez tratar de evitarles,  saltar por ellos obstáculos y dificultades, negarles o esconderles la existencia de problemas o adversidades? A ver, no nos vayamos al caso extremo: los niños son niños, no se trata de cargarles con situaciones que les superen o de cosas que no les tienen que preocupar a ellos, sino a los adultos. Me refiero a no hacer nuestros sus obstáculos, acompañarles para que los superen, pero no quitárselos de en medio, escondérselos o maquillarlos. Son parte de su educación, de su formación como personas. Como educadores, debemos enfocar sus problemas o dificultades como trampolines para su crecimiento. No les hacemos ningún favor pintándoles de rosa una vida que a veces no muestra sus tonos más pastel; y no pasa nada, habrá caídas, baches, no siempre nos saldrán las cosas como esperamos, pero lo importante es levantarse y seguir con la mejor versión de nosotros mismos.
Eduquemos, pues, para la resiliencia, para un optimismo realista pero esperanzador. Aunque para ello, debemos serlo nosotros primero, ¿cómo afronto yo mis problemas? ¿Me pierdo en las quejas o encamino mis esfuerzos en averiguar la forma de reponerme y seguir avanzando?

 

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