20/11/2014 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Consecuencias educativas

Retomando el tema del último post, hoy quería profundizar un poco más sobre este tema. Además, ¿no os pasa a vosotros que cuando empiezas a darle vueltas a un asunto de repente y como por arte de magia se presentan ante ti muchas cosas relacionadas? Por ejemplo: si vas a comprarte un coche y dudas entre dos modelos, de repente no dejas de verlos en todas partes. Dicen que más que casualidad es cuestión de atención, nos fijamos más en aquello en lo que estamos interesados (esto también me resulta muy interesante, seguramente escriba sobre ello el día menos pensado). No hay duda de que este último argumento resulta más razonable. Sea como sea, el caso es que al haber escrito el último día sobre modificación de conducta, premios, castigos, he tenido varias conversaciones sobre esto, diversas situaciones en las que ponerlo en práctica de manera urgente o incluso, un par de artículos hablando sobre lo mismo, desde la misma u otra perspectiva. De todos esos artículos el más interesante en mi opinión ha sido uno que pone de manifiesto que el halago fácil y gratuito no estaba convirtiendo a los niños en seres más seguros y competentes, sino todo lo contrario ya que los niños acostumbrados sólo a oír lo bien que hacen las cosas, evitaban aquellas tareas que pusiesen en peligro recibir ese etiquetado, es decir, que les supongan un reto con cierta probabilidad de equivocarse.

Tras leerlo, llevo varios días dándole vueltas a la cabeza principalmente por dos razones: una es que la equivocación, el error es algo intrínseco al aprendizaje, sin él no hay aprendizaje. Forma parte del proceso y por ello no sólo es bueno sino deseable que ocurra, y si ya desde pequeños le cogemos miedo y empezamos a evitarlo no iremos en buena dirección. Esto sólo creo que también da para escribir pronto otro artículo. Y el otro motivo es el que está más relacionado con el post anterior: el elogio, el halago tiene que ser también consecuencia de una conducta o actitud, si lo damos continuamente sin ton ni son acabará perdiendo su potencial educativo. Eso sí, esto no quiere decir que sólo elogiemos los resultados, más bien al contrario, estemos pendientes de reforzar lo que más valor tiene: el proceso. Así, si un niño ha hecho algo mal pero ha puesto todo su empeño, es nuestro deber elogiar su esfuerzo y trabajo, pero no decirle que el resultado es bueno cuando no lo es. No son tontos, son capaces de verlo. Sin embargo, tenemos que ser capaces de transmitirle que lo que realmente importa es todo lo que ha aprendido por el camino, y que el resultado tarde o temprano, aprendiendo todo lo que está aprendiendo llegará. Aunque claro, esto no es fácil, todos nos desanimamos cuando las cosas no nos salen todo lo bien que esperábamos y lo primero es creernos nosotros mismos de verdad que la esencia es el camino, y no tanto el destino.
No era mi intención incluir esta reflexión sobre el auténtico proceso de aprendizaje pero está todo tan relacionado que ha sido inevitable. Reconduciendo con el tema que nos ocupa: ¿y qué tiene que ver esto con la modificación de conducta? Pues porque toda conducta tiene su consecuencia. Verdad verdadera, real como la vida misma, tarde o temprano “el tiempo pone las cosas en su sitio”, ¿no?

Como educadores, debemos tratar que esas consecuencias sean lo más educativas posibles. Es lo que en el marco de la pedagogía moderna se conoce como “consecuencias educativas”. Como veis, igual que rescato términos tradicionales que han caído en desuso, hay muchas cosas de las nuevas corrientes que sí me convencen, y mucho. Y ésta es una de ellas. Prefiero este término al de “premios y castigos” porque aunque en apariencia puede parecer lo mismo, en esencia a mí no me lo parece. Cuando hablamos de premios y castigos el protagonismo se lo damos a la persona- juez que premia o castiga según crea conveniente. Mientras que con las consecuencias educativas, el auténtico protagonista es quien comete la acción, puesto que según sea ésta así serán las consecuencias. Incluso acabarán surgiendo de manera natural y será el propio niño el que las identifique por sí sólo. Para ello, estas consecuencias han de ser coherentes, útiles y factibles para el sujeto.

Esto que parece sencillo no siempre lo es, porque muchas veces tomamos decisiones en caliente, especialmente cuando las conductas no son positivas y lo que nos sale de dentro es “un castigo y verás como no lo vuelve a hacer”. Plantearlo así suele generar más rechazo, es echar más leña al fuego. Es más útil y sano esperar e identificar qué consecuencias reales tiene la conducta en cuestión. Termino con un ejemplo para que nos ayude a reconocer estas consecuencias educativas en situaciones cotidianas: tirar los papeles al suelo, no recoger la habitación, etc., tendrán como consecuencias recogerlo, echar una mano en la limpieza de la casa o el aula… No es que les castiguemos sin recreo, sin salir o sin ver la tele; podrán hacerlo cuando reparen lo que han hecho o no han hecho. ¿Se os ocurren más? Tanto si son positivas no negativas, es muy conveniente tenerlas pensadas de antemano, o incluso dejarlas fijadas con nuestros hijos o alumnos.

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