20/04/2015 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Ayudar no es hacer (segunda parte)

Tal y cómo prometí en el artículo anterior, comparto con vosotros no sólo el resto de la conversación sobre los deberes, sino también todo lo debatido y leído hasta hoy sobre el tema, pues desde ese día han llegado a mis manos artículos muy interesantes sobre el tema y a mis oídos conversaciones y debates que me han aportado mucho. Aprovecho para agradecéroslo desde aquí porque de verdad ha sido realmente enriquecedor.

Quizá también por eso, por la multitud de ideas, opiniones, experiencias y enfoques, me resulta complejo encauzar todo lo que quiero llevar a la mesa. Os adelanto que quizá hoy no encontréis tanto una opinión consolidada sobre el tema, como una actitud inquieta de búsqueda, de querer hacer las cosas de otra manera pero a la que no le convencen ni los más amantes defensores de los deberes ni los profundos detractores que ven en los deberes raíces de desigualdad e injusticia.

Podría comenzar con una confesión: como docente me he visto forzada en alguna ocasión a mandar deberes sin yo querer hacerlo por presiones de padres y superiores. Esto, se mire por donde se mire, está mal, muy mal porque considero que aunque las cosas se pueden proponer y debatir, es el profesor quién debería tomar sus propias decisiones. Además, cediendo ante estas presiones alimentamos, a mi parecer, una concepción bastante equivocada sobre lo que es aprender, que va más allá de los cuadernos y sus interminables listas de ejercicios, copias, etc. No me quiero desviar del tema, pero apunto este aspecto como asunto pendiente para otro momento.

Muchos padres me preguntan, e incluso lo demandan como uno de los temas estrella en escuelas de padres, cómo pueden ayudar a sus hijos con los deberes, a que mejoren su rendimiento. Parto de la base de que, sin duda, esta preocupación es buena. Sin embargo, creo que está mal enfocada: considero que la clave no está tanto en ayudar a los niños con los deberes, sino en implicarnos con su aprendizaje en todas sus dimensiones. No es tanto qué ejercicios tienen para mañana, sino qué están dando en clase y cómo podemos ver reflejado todo eso en el mundo real, cómo pueden aplicarlo en su cotidianidad. Os aseguro que eso ayudará mucho a vuestros hijos porque lo aprendido así tiene sentido, es significativo para ellos. Preocuparnos porque lleven una vida equilibrada con tiempo para cultivar aficiones, jugar, aprender otras cosas que lamentablemente no se imparten en las aulas escolares y leer, que como ya comenté en una de las primeras entradas de este blog, es un tesoro que les servirá para muchas cosas a lo largo de su vida, entre ellas a mejorar su rendimiento. Además, debemos mostrar interés por todo lo que se vive en el cole, no sólo por los exámenes y las notas.

No obstante, los deberes, los exámenes y las notas siguen por desgracia ahí y nosotros queremos echarles una mano para que saquen todo adelante y “vayan bien en el cole o el instituto, que es lo importante”.  Y aquí sigo manteniendo la idea que ha dado título a estos dos artículos: ayudar no es hacer. No les hacemos ningún favor haciéndoles trabajos, ejercicios, resúmenes de libros o las tareas de plástica. Tanto si es porque no saben hacerlo como por  falta de tiempo, es un problema que no sólo no solucionaremos por hacérselo nosotros, sino que además les ofrecemos un modelo inadecuado de conducta en el que el engaño tiene cabida. Eso sí, como padres debemos replantearnos por qué se ha llegado a esa situación y adoptar las acciones necesarias que estén en nuestra mano para solucionarlo: reunirnos con el tutor, trabajar con nuestros hijos la planificación y gestión del tiempo, o incluso replantearnos la cantidad de actividades extraescolares a las que van nuestros hijos, que aun siendo buenas pueden resultar en algunos casos excesivas.

Ahora bien, dando un paso más sobre este tema, cabe preguntarse por la raíz de todo este asunto: ¿son los deberes necesarios? ¿Mejoran el aprendizaje de los alumnos? Y aquí el abanico de opiniones se abre generosamente: hay quienes ven en las tareas que se mandan a casa la llave de la asimilación de los contenidos que se trabajan en las aulas, imprescindibles para afianzar los conocimientos. Mientras otros educadores los califican de “equivocación pedagógica” que no sólo no son necesarios sino que empeora a la larga el rendimiento de los alumnos. Ambos argumentos aportan experiencias, estudios y comparaciones entre países, lo que hace más complicado, al menos desde mi punto de vista, descartar por completo una de las dos perspectivas y me mantiene en una posición intermedia que aún anda dándole vueltas al asunto en busca de la mejor opción para mis hijos y alumnos. Ahí va: en primer lugar, considero que es responsabilidad del docente lograr que todos y cada uno de sus alumnos aprendan y que, por tanto, no deberían ser necesarias las clases particulares de apoyo y refuerzo que no todos se pueden permitir (soy consciente de que las ratios actuales dificultan esta labor). También encuentro parte de verdad en que confiar para casa la asimilación de los contenidos puede ser una fuente más de desigualdad añadida a la realidad de niños y adolescentes y que también deberíamos prever tiempo en las aulas para hacer todo aquello que sea necesario para aprender algo. Sin embargo, reconozco que ciertos aprendizajes en distintos niveles y materias requieren un trabajo individual extra, más allá de lo vivido y compartido en el aula: leer, practicar, complementar con información adicional, etc. Por tanto, mi propuesta personal es replantearnos qué entendemos por deberes, tanto en cantidad como en calidad, priorizando y revisando las tareas que realmente son enriquecedoras, motivadoras y útiles, no dejando lo necesario para casa sino aquello que puede portar valor y que en el aula por razones de tiempo y recursos quizá no puede llevarse a cabo.

Termino con un aspecto fundamental, válido para todas las edades: el trabajo no acaba nunca, siempre se podría hacer más, pero hay que saber ponerle punto final a la jornada  diaria y dedicarle tiempo a otras cosas tanto o más necesarias e importantes,  como jugar, leer, cultivar una afición, caminar, hacer deporte, conversar… Por lo que cuando queráis continuamos hablando sobre el tema tomando algo o dando un paseo, ¿quién se anima?

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