10/10/2014 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
¡Sin gritar!

La verdad es que hay muchos aspectos, detalles o matices de las corrientes pedagógicas modernas que no acaban de convencerme, que me dejan la sensación de un “sí pero no” en la conciencia. Sin embargo, sí hay una idea a la que me uno fielmente: “educar sin gritar”. De hecho, hay un libro con ese título  de Guillermo Ballenato, el cual recomiendo a quién le interese el tema. Creo recordar que está especialmente dirigido a padres, pero también se puede extrapolar a otros contextos educativos como puede ser un aula u otras actividades más propias de la educación no formal e informal.

Aviso de antemano que la propuesta que voy a exponer es más fácil de escribir que de cumplir, que requiere un control emocional que no siempre se logra alcanzar. Por eso, yo me lo planteo a mí misma muchas veces como una meta o reto a alcanzar, algo que tener siempre presente y que trato de ejercitar en todos los ámbitos de mi vida: no alzar la voz, corregir con amabilidad, no perder los papeles, cuidar la forma en la que digo las cosas (con especial cuidado si lo que decimos puede no resultar agradable al receptor).  Esto, como más de uno ya estará pensando, no siempre es fácil ni entre adultos, de ahí que lo intente tener presente en todas mis interacciones. Pero aquellos que tengan hijos o trabajen con niños y/o adolescentes coincidirán conmigo en que el desafío es prácticamente continuo: malas contestaciones, interrupciones continuas en las clases, desobediencias deliberadas cuando comprueban tus límites, etc.

Sobra decir que los niños nos aportan mucho más que eso, que tratar con ellos es todo un regalo. Hoy hablo de estas situaciones difíciles porque es cuando el educador pone a prueba su paciencia, su control emocional y ha de ser capaz de decir las cosas con tono firme y serio cuando sea necesario, pero sin perder por ello la amabilidad, el saber estar. Y ahí los gritos no tienen cabida, no sólo nos hacen perder los papeles sino que además, suelen empeorar la situación. ¿Por qué? Porque los gritos no calman, enfurecen y en algunos casos hasta pueden bloquear, sobre todo a los niños más pequeños, aunque dependiendo del carácter, pueden anularnos a cualquier edad. Sea como sea, no conozco a nadie que le guste que le hablen a gritos o que no lo consideren una falta de respeto; las cosas hay que decirlas bien, sea cual sea la edad del interlocutor.
Además, a base de errores cometidos, he podido comprobar que,  lejos de conseguir apaciguar o calmar una situación, los gritos llaman a más gritos, no tranquilizan, animan los nervios. No sirven para mandar callar, y si consiguen atraer la atención, suele ser momentáneamente, sacrificando el buen clima de aula o familiar que nos esforzamos por crear, y debilitando el modelo que debemos ofrecer a los pequeños. No les podemos enseñar a que controlen su genio, no den malas contestaciones, que no hablen a gritos o faltando al respeto, si  ven que en determinados momentos sí está permitido porque nosotros lo hacemos…. Nunca debería estar justificado que las personas se falten el respeto unas a otras, se hablen de malas maneras. Insisto: hay que corregir, dar toques de atención, velar por un ambiente de trabajo y orden en una clase, etc., pero hay que hacerlo bien, y gritar no es la opción adecuada, nos aleja de nuestro objetivo como educadores.

¿Cómo se puede, entonces, marcar la diferencia cuándo estamos enfadados a cuándo no lo estamos? Porque los niños necesitan saberlo, es parte de nuestra responsabilidad marcarles límites, enseñarles normas de conducta, establecer rutinas, que les darán autonomía y seguridad afectiva y emocional. Yo suelo apoyarme de elementos de comunicación no verbal: la expresión corporal y facial, busco el contacto visual y el gesto serio. Además, cuido de utilizar un tono firme, seguro, sin titubeos. Y cuando en alguna ocasión alzo la voz de más y los gritos dominan por un momento mi discurso, me disculpo y hablamos de cómo a veces las situaciones nos enfadan y que tenemos que decir lo que nos molesta, pero sin dejarnos llevar por nuestro genio.

Una madre, tras una charla sobre este tema, me confesó que al gritar, al menos se desahogaba, que sabía que sus hijos así no le iban a hacer caso, pero que era un desahogo hacerlo y que así sentía que estaba tomando cartas en el asunto, que si no les regañaba ella, que era su madre, quién lo iba a hacer. Mi respuesta fue sencilla: no confundamos regañar con gritar, no son sinónimos en absoluto. Y para el desahogo, control emocional, y ése es un tema que bien podría ocupar un artículo él solito… ¡quizá sea el siguiente!

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