10/02/2020
Opinión

Y el Oscar es para...

Y el Oscar es para, para … Parásitos, la magnífica cinta de Bong Joon-ho, que ha conseguido por fin que la industria americana se decida a premiar como mejor película del año a una obra no hablada en inglés, ese paso subversivo al que no se atrevió con la imperecedera Roma. Ya es casualidad que ambos filmes hablen de la lucha de clases a través de las vicisitudes del servicio doméstico, desde una perspectiva diferente pero con un punto de vista común que huye del maniqueísmo, vive de los matices y propone una meticulosa puesta en escena al borde de la perfección.

De un tiempo a esta parte, pretendiendo publicitar un esplendor que ya no existe, la Academia de Hollywood ha recuperado la costumbre de los años treinta, época en la que se nominaba a una decena de cintas para el Oscar a la mejor película. Hace ochenta años, en la ceremonia de 1940 que premiaba a las películas rodadas en el 39, estaba cantado que la estatuilla la recibiría David O. Selznick, por el enorme esfuerzo de producción llevado a cabo con Lo que el viento se llevó, y el gran éxito de público que refrendó la esperadísima adaptación del "best seller" de Margaret Mitchell. El monumental film que acabó firmando Victor Fleming arrasó a las demás candidatas con otros ocho premios adicionales, pese a que la cosecha de aquel año, como ya venía ocurriendo desde mitad de la década de los treinta y no dejaría de suceder durante las dos décadas siguientes, incluía al menos, otras cinco obras maestras: la primera versión de Tú y yo de Leo McCarey, apoteosis del melodrama romántico que provoca la misma conmoción en 1939 que en el remake de 1957 cuando Deborah Kerr sucede a Irene Dunne en su camino truncado hacia la felicidad que esperaba en el último piso del Empire State; La diligencia, posiblemente el mejor western de la historia; Ninotchka, o la sonrisa de Garbo iluminando la pantalla por cortesía del toque Lubitsch; Caballero sin espada, la enésima fábula política que sólo el idealismo mágico de Capra podía dotar de credibilidad y El mago de Oz, más allá del arco iris sigue brillando Judy Garland sobreviviendo a las muecas con las que este año la ha homenajeado Renée Zellweger.

Si en la actualidad, tenemos que recurrir a las series para encontrar el virtuosismo que el cine ha perdido, el espectador americano de aquel año en el que los españoles andábamos a tiros, podía seguir vibrando cada fin de semana en las salas, porque John Ford se entretenía en añadir a La diligencia, El joven Lincoln y Corazones indomables, Raoul Walsh firmaba la primera entrega de esa trilogía de obras mayores del cine negro conformada por Los violentos años veinte, La pasión ciega y El último refugio y el cine de aventuras en parajes exóticos permitía que los niños de entonces pudieran disfrutar de un programa triple de ensueño formado por Beau Geste, Las cuatro plumas, y Gunga Din. Para hacerse una idea del aluvión de películas notables rodadas en aquel momento, basta decir que todas las anteriores fueron ninguneadas en las nominaciones a los Oscar, como también se olvidaron de la maestría de Howard Hawks que ese año demostró su versátil genialidad en Sólo los ángeles tienen alas, trufando este inolvidable drama de aventuras entre dos cumbres de la comedia como La fiera de mi niñaLuna nueva, de la misma manera que los aviones de Cary Grant y Thomas Mitchell sorteaban entre la niebla las míticas montañas de Barranca.

Algo parecido ha sucedido en esta edición con el último director clásico que nos queda para nuestro disfrute. A punto de cumplir noventa primaveras, Clint Eastwood nos ha regalado con Richard Jewell otra muestra más de su prodigiosa capacidad de narrar, filmando sin artificios la revisitada historia del héroe americano, la odisea del hombre corriente enfrentado a los poderes del Estado y de la sociedad, sin más apoyo que un abogado mediocre, una madre orgullosa y su sentido común. Tanta grandeza solo ha sido reconocida con una nominación a la mejor actriz de reparto.
  
Pese a todo, en la lista de candidatas de este año, hay pocos motivos para la decepción, aunque se esperaba más de El irlandés, el colosal friso en el que Scorsese expone su testamento fílmico sobre la mafia de manera correcta pero un tanto ayuna de emoción. Excepto en la violenta traca final que Tarantino resuelve con una elegantísima elipsis que elude los asesinatos latentes en la película, quizá sus seguidores más fanáticos se hayan visto un tanto defraudados con Érase una vez en Hollywood, soberbio poema de amor al cine que los demás contemplamos encantados a través del parabrisas del Cadillac de Brad Pitt, y es que no hubiéramos soportado que el director convirtiera a Margot Robbie en la Uma Thurman de Kill Bill para ensañarse con la memoria de aquella maravilla que fue la inolvidable Sharon Tate.

Aún hay otras tres películas más que rozan la excelencia y sólo el paso del tiempo nos dirá si se convierten en obras maestras similares a las que ochenta años después consideramos como tales, gracias tal vez a la pátina con que nuestra cinefilia mitómana las ha revestido: Historia de un matrimonio, conmovedora disección de una pareja que logra atrapar en cada uno de sus fotogramas, los entresijos del dolor que yacen en la amputación sentimental que acompaña a cada proceso de divorcio; Joker, la deconstrucción genial del mito de Batman a través de la explicación de su némesis a la que uno asiste entre los escalofríos de la herida instalada en la carcajada de Joaquin Phoenix; y 1917, prodigio técnico de planificación del que uno se olvida en el instante en que se sube a la aventura de los dos jóvenes soldados y la asume como propia, acostumbrados como estamos a asistir al espectáculo de nuestra propia vida en un único plano secuencia que creemos dirigir sin conocer en realidad el momento de la llegada del corte final.      

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