05/10/2019
Opinión

Última noche con Burning

Hay finales que aparentan albergar dentro de ellos nuevos comienzos. Joaquín Sabina cantando encima del piano de Johnny Cifuentes. Miguel Ríos compartiendo micrófono con Pepe Risi. Por el escenario también pululan Los Secretos, Rosendo y Antonio Vega. Todos cantan y baila el Johnny B. Goode de Chuck Berry. Era el final de un concierto de Burning, en la Sala Universal Sur, en diciembre de 1990. Era una de las páginas más brillantes de la historia del rock español y parecía el Big Bang de una banda de barrio madrileña que se había ganado el respeto de la profesión tras veinte años de carrera, pero que todavía no había tenido ocasión de lucir una corona de laurel en la cabeza.

Resulta que el final de aquel concierto de 1990 era una cima. Aquel directo fue grabado por una potente discográfica, funcionó muy bien y permitió a Burning llenar estadios. No está nada mal para unos chavales de La Elipa y Carabanchel. El problema que tiene alcanzar la cumbre es que después llega el descenso y el de los Burning fue tan abrupto como había sido su subida. Un par de años después de aquel concierto moría Toño Martín, el primer cantante de la banda. Unos años después moría Pepe Risi y tras su marcha no tardaría en volver el silencio a las calles de Madrid. Durante toda aquella década de los noventa el rock se desangraría y con él la banda española más capacitada para defender en este país aquella bandera de los labios carmesí con la lengua fuera, la de los Rolling Stones, sus 'papás' como le gusta decir a Johnny. Aquel final de concierto, con Sabina sobre el piano, era un simple final, aunque el muy impostor nos prometiera un nuevo comienzo, como un político en campaña.

Sin embargo, lo bueno que tienen los puntos es que son la estructura más frágil que existe. Solamente hace falta seguir escribiendo para dinamitarlos y convertir un punto final en un punto y seguido. Johnny Cifuentes se rodeó de magistrales músicos como Edu Pinilla y Carlos Guardado, que son Burning por pleno derecho aunque no formen parte del núcleo fundacional, para que las andanzas de la banda madrileña pudieran llegar hasta el siglo XXI; para que alguien cuente historias de barrio ahora que todo el mundo vive en urbanizaciones de la periferia; para ser cantar a los perdedores, porque a los triunfadores no les faltan juglares; para ser la resistencia y que no se extingan para siempre las chupas de cuero y las gafas de sol que protegen de los focos del escenario en una noche de concierto; para que no desaparezcan los jóvenes poetas y compositores que garrapatean un cuaderno de madrugada mientras escuchan cómo Pepe canta 'Una noche sin ti' directamente desde el alma. Se lamentaba Johnny Cifuentes esta semana en una entrevista en El Sótano de Radio 3, porque cree que quizás no ha llevado a esta banda donde se merece. ¿Mantener viva en España a una banda de rock'n roll durante casi medio siglo? Johnny, tío, tendrían que canonizarte.

Este sábado se despide Burning, en su Madrid, después de 45 años de carrera. Su última actuación en Cuenca fue hace dos años, en Segóbriga. Un concierto tan bello como frío, porque el obligado respeto al anfiteatro tuvo como daño colateral un distanciamiento físico entre el público y artista, del que se lamentó hasta el propio Cifuentes durante la velada. Hay pocos conciertos en Cuenca y hay que acudir a cada uno de ellos como si fuera el último, porque nunca se sabe si va a ser una despedida. En realidad, como dice uno de los personajes de Woody Allen en 'Café Society', hay que vivir todos los días de la vida como si fueran en el último, porque al final acertarás.

Así que este sábado tocar ir a despedirse de Burning en Madrid, porque en Cuenca no tuvimos la ocasión de hacerlo, porque el escenario estaba situado demasiado lejos como para intuir en los rostros y en los gestos de la banda que había un adiós detrás de ese concierto. Este 5 de octubre pone punto final una banda de leyenda, aunque todo el mundo sabe que a las despedidas en el mundo del rock hay que ponerlas en cuarentena porque es frecuente que se incumplan, como le pasa a los programas electorales. Por eso a este punto final de Burning le añadiremos preventivamente dos más, para que la historia de este grupo de barrio concluya con unos puntos suspensivos, signo ortográfico que sugiere eternidad.

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