19/04/2019

Suspendida la procesión Camino del Calvario por la previsión de lluvia

La decisión ha sido adoptada por unanimidad de las tres hermandades en aplicación del protocolo vigente y ante las previsiones meteorológicas que pronosticaban más de un 80% de probabilidad de precipitaciones a lo largo de todo el recorrido procesional.

Cuenca no ha caminado al Calvario en este 2019. Las tres hermandades que componen la procesión (Jesús Nazareno de El Salvador, San Juan Evangelista y Soledad de San Agustín) han decidido por unanimidad suspender el desfile antes de que este comenzara. Lo han hecho en aplicación del protocolo vigente y ante las previsiones meteorológicas que pronosticaban más de un 80% de probabilidad de lluvia a lo largo de todo el recorrido procesional.

La decisión se ha tomado en una reunión que ha comenzado a las 4:30 horas y en la que se ha recabado la información de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) y otras entidades. El organismo gubernamental cifraba en un 95% la posibilidad de precipitaciones en la capital conquense para las siete de la mañana y las elevaba al 100% de ocho a doce. Auguraba también diez litros por metro cuadrado durante ese período. 

Salvador Muñoz, presidente ejecutivo de la procesión en su condición de representante del Jesús, ha sido el encargado de comunicar la suspensión junto al altar de la Parroquia de El Salvador. Lo ha hecho a las 5:07 horas, cuando faltaba algo menos de media hora para el momento previsto de salida. Sin circunloquios ha expresado con concisión la noticia y los motivos que la justifican ante un templo lleno de hermanos del Jesús, portadores y directivos de las otras dos cofradías, autoridades y prensa. También ha revelado que el Grupo Turbas ya tenía conocimiento del acuerdo al igual que autoridades, Policía Nacional, Policía Local y Protección Civil, en este caso gracias a Jorge Sánchez Albendea, presidente de la Junta de Cofradías.

 

Le acompañaban en el trance responsables de todas las hermandades, visiblemente cariacontecidos y emocionados. Como en un espejo, el resto de nazarenos recibía en disgustado silencio la información. No hacía falta un radar de alta precisión para detectar la pena por no poder acompañar a sus imágenes y manifestar públicamente su Fe. Las lágrimas brotaban de varias miradas aunque sin alharacas ni concesiones al escándalo. Con la pudorosa contención de aquellos que no banalizan el llanto y dosifican sus lágrimas para ocasiones exclusivas, cuando se quiebra aquello que se jerarquiza como lo más querido.

El párroco, Gonzalo Marín, tomaba el micrófono como si fuera un relevo para guiar una oración conjunta y, tras una breve alocución, se rezaba al unísono un padrenuestro. Nadie se cogió de las manos como en esas misas de los niños posconciliares, pero una cadena invisible unía a todos los presentes, cada uno con su motivo para lamentar el cortejo perdido. Y los abrazos de cruzaban: de Las Turbas a San Juan, de San Juan a la Virgen, de la Virgen al Jesús, del Jesús a las Turbas. Y asi, indefinidamente.

Testigos de esa complicidad fueron diversas autoridades que se acercaron al templo como el candidato del PP a la Presidencia de Castilla-La Mancha, Francisco Núñez; el alcalde, Ángel Mariscal; el candidato de Vox al Congreso por la provincia de Cuenca, Iván Vélez,; y el subdelegado del Gobierno central en Cuenca, Juan Rodríguez Cantos.

 

La difusión de la cancelación del desfile por los medios de comunicación y los canales oficiales de la Junta de Cofradías había sido casi simultánea al aviso de El Salvador por lo que, al otro lado del muro, en la Plaza del Salvador, los turbos ya sabían de que su rito debería aguantar a otro año, vencido por el vaticinio de esos extíspices que aventuran el futuro en las vísceras de isobaras e isoshipas.

Además, en cuanto el padrenuestro puso el punto adicional al Amén, miembros de la Junta Regidora del Grupo Turbas habían franqueado el portón para decir de viva voz, para los huérfanos de 4G, que no habría ruta hacia el Gólgota. Los tambores y clarines cesaron súbitamente -con un contraste más instantáneo que el del Miserere- para escuchar el mensaje, que no sentó especialmente bien a un sector de la turba que expresó su desagrado con pitos y algunos epítetos que no pasarían la censura de un guión de un programa de Clan TVE.

No obstante, la reacción más generalizada fue el abandono progresivo de la recoleta plaza, una vez se sabía que el Jesús cargado con el Madero de los pecados de todos los tiempos no pisaría la calle y no ofrecería sus mejillas para recibir clarinás y palillás. Otros quisieron seguir apurando la ocasión, tocando el tambor incesantemente, arrancándole al día unos jirones de esa procesión que se escapaba. Algunos -no muchos, alrededor de una treintena- seguirían entregados a sus instrumentos (y a otras performances vergonzantes con las puertas de Zapata) pasadas las seis y media. Hubo por entonces algún conato de pelea que se disipó con la mera presencia policial, sin necesidad de intervención. Aproximadamente otra treintena de turbos también alargaron la espera que ya no tenía nada que esperar en la calle San Vicente, tras el cordón de seguridad que les había impedido acceder a las puertas del templo.

Entre esos últimos testimonios, y en aceras o redes, se repetía como mantra la queja porque el desfile se ausentaba sin que las nubes estuviesen descargando en ese momento. Y es que a los responsables de las hermandades les tocó bailar con la coyuntura más fea, con aquella en la que los datos de los expertos se presentan como incontrovertibles pero al sacar la mano fuera uno no se moja. En la que se calculan las extensas horas de procesión sobre el mapa urbano sin bola de cristal y hay que despojarse de la ilusión propia, olvidarse de la espera y vestirse con el traje de la responsabilidad. Los cetros, a veces, pesan mucho más que la más plúmbea cruz del más sacrificado penitente. Y recibiendo el latigazo de los que nunca yerran porque nunca actúan, de los que juegan en ventaja porque siemore lo hacen en modo demo, de los que pontifican desde la atalaya del desconocimiento. Esta vez la tozuda realidad quiso echar un cable y poco después de las ocho ya estuvo lloviendo.

 

La situación evocaba a la de 2009 cuando -en ese caso con un protocolo que dejaba sin salir Camino del Calvario con un 50% de probabilidad de lluvia- el cortejo se suspendió sin que luego el agua hiciera acta de presencia. Más reciente antecedente era el año pasado, con la lluvia quebrando la procesión ya iniciada y obligando a desviarla antes de tiempo por el preso, sin escala en la Plaza Mayor y con andas y mantos chorreando y policromías comprando fichas para la restauración.

El panorama parecía muy claro tras la tarde en la que la Paz y Caridad fue sustituida por un temporal más otoñal que abrileño, pero a medianoche la lluvia se detuvo y la noche se serenó. Las memorias de los móviles se colmaron de aplicaciones meteorológicas de todo pelaje que movían unas horas el regreso de los nubarrones y tiraban levemente a la baja algún porcentaje. Nazarenos y turbos, entiéndase la reiteración, que habían salido a las tradicionales cenas de amigos y familias en ropa de calle regresaban al hogar para sacar a toda prisa las túnicas que ya habían descartado como uniforme. 

Pero, vestidos ceremonialmente, a los hermanos de tulipa y horquilla sólo les quedaba despedir dignamente a sus pasos en el interior de la iglesia, emular a los cangrejos para tomar el camino inverso al de la liturgia contrarreformista: volver de las calles a los templos. Los miembros de Jesús Nazareno de El Salvador se congregaron ante la remozada capilla de su titular (que por hermoso que sea su nuevo retablo seguro que echó de menos el del paisaje conquense) para cantarle el Miserere. Para la segunda estrofa cambiaron de posición dirigiendo sus miradas a Jesús Caído y la Verónica.

 

Tras entonar el Salmo fueron dejando el tiempo para liberar espacios que ocuparían sus homólogos de San Juan Evangelista. Ellos reclamaron a los integrantes de la Agrupación Musical La Concepción de Horcajo de Santiago para que interpretase la marcha que el Maestro Nicolás Cabañas dedicó al Amado del Amado. No hubo palma al viento pero muchos la vieron cimbrearse cuando cerraron los ojos. Un "¡Viva San Juan!" los sacó del ensueño.

 

Y, bien organizados, los juanistas le cedieron su asiento a los integrantes de la Soledad de San Agustín, que también se encomendaron a la musicoterapia para tratar esa nostalgia precoz que ya les andaba carcomiendo.  El coro de hermanos que debía haber hecho de la Fragua su escenario se unió en semicírculo en el templo para que se escuchara, primero, el Miserere al Jesús del Encuentro y, después, el motete de yunque y martillo para la Madre para la que esta vez tanto silencio no fue ofrenda, sino puñal.

 

Así se terminó la jornada que fue mucho más breve de lo deseado, mucho más escueta de lo pretendido. Y al llegar a casa muchos tratarían de destriparle un spoiler al calendario. El Viernes Santo de 2020 aguarda, falta menos de un año.

 

GALERÍA FOTOGRÁFICA POR ÁGUEDA LUCAS

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