03/01/2019

Se vende un convento: ¿quién lo quiere y para qué?

No es este el primer convento que se vende, pero sí debe ser el primero, al menos entre nosotros, en que la venta se anuncia públicamente, con una gran pancarta que cubre buena parte de la fachada, mientras se oferta a través de una inmobiliaria. Los casos conocidos hasta ahora se habían desarrollado en un ambiente de discreción: las Carmelitas y las Angélicas se desprendieron de sus respectivos solares conventuales en gestión directa con la Diputación provincial, que los adquirió, mientras que el último edificio que perdió su carácter conventual, el de las Celadoras, se traspasó también, de manera discreta y directa, a una empresa hotelera. El alarde que hacen las Siervas de Jesús no forma parte de las costumbres consuetudinarias de un colectivo tan poco amigo de la publicidad.

Fundar y cancelar conventos es cosa habitual; últimamente, por lo que dicen, sucede más de lo segundo que de lo primero. Sin embargo, es curioso señalar que, en Cuenca, sobreviven las órdenes más antiguas, mientras que han resultado de menor solidez algunas de las llegadas en fechas relativamente recientes.

La orden más veterana de cuantas tienen casa solar en las calles de la ciudad es la de Benedictinas (popularmente llamadas benitas), que llegaron en 1446 y no solo se mantienen, sino que han ido expandiéndose de manera notable, adquiriendo edificios colindantes para ampliar el centro de enseñanza. La siguiente en llegar fue la Concepción Franciscana, en 1504, que situó su convento junto a la Puerta de Valencia y allí se mantiene, al parecer sin problemas de subsistencia. Poco después (1509) llegaron la Justinianas de San Pedro, que ocupan un enorme caserón sobre la Plaza Mayor en el que, me dicen, quedan ya tan pocas hermanas que sobre ellas se cierne un serio problema de mantenimiento futuro. La siguiente comunidad fue también de franciscanas, pero Angélicas, quedando instaladas en 1561 en la calle de San Pedro, de donde tuvieron que salir hace todavía pocos años, pasando la propiedad del inmueble a la Diputación Provincial que lo ha destinado a Escuela de Arte. En cambio, el que fue convento de Bernardas (habían llegado en 1558, procedentes de la villa de Moya) fue literalmente arrasado para adaptarlo a viviendas familiares. La última de las órdenes históricas en arraigar en Cuenca fue la de Carmelitas Descalzas, en 1603, cuando ya había fallecido la fundadora, Santa Teresa, por lo que el convento conquense no figura entre los 17 que la santa andariega puso en marcha con sus propias manos. La orden sigue existiendo, pero en un convento de nueva planta, construido por la Diputación en el camino de Nohales, a cambio de pasar el antiguo inmueble al patrimonio provincial, para darle el uso cultural que todos conocemos.

Por tanto, de las seis órdenes históricas sobreviven cuatro y han desaparecido dos. A ellas se han añadido modernamente otras, con desigual fortuna. Las Siervas de Jesús, que ahora venden su convento, llegaron a Cuenca en 1895; las Celadoras del Reinado del Corazón de Jesús un par de años después de terminar la guerra civil, ocupando el enorme caserón que había sido de Martínez Kleiser, en la calle de San Pedro (curiosamente, en la página informativa de la orden se sigue mencionando el convento de Cuenca como si existiera realmente); las Esclavas del Santísimo Sacramento fueron fundadas en 1943 y llegaron a Cuenca para ocupar el que había sido convento masculino de la Merced.

A estas comunidades efectivamente monacales o conventuales se unen otras que no tienen ese carácter, como ocurrió con las Siervas de San José (las populares josefinas), que llegaron a Cuenca en 1887 para dedicarse a la enseñanza, función que abandonaron en 2014; o con las Hermanitas de Ancianos Desamparados, que llegaron en 1879 haciéndose cargo de un inmueble en la Plaza de la Merced, de donde se trasladaron a uno de nueva planta en la zona de La Fuensanta. Sin olvidar a la Esclavas Carmelitas de la Sagrada Familia, cuya sede se encuentra en la calle Palafox, al lado del conservatorio y que realizan diversas funciones asistenciales al servicio de la diócesis.

Es curioso que se hayan marchado de Cuenca las Siervas de Jesús, cuya principal actividad era prestar ayuda a ancianos en situación delicada, con necesidad de ser cuidados, sobre todo por la noche. La imagen de las monjas saliendo de su convento al anochecer, para distribuirse en distintos puntos de la ciudad forma parte del imaginario colectivo y ya solo pervive ahí, en la memoria.

Ahora se vende el convento y eso, como es natural, provoca una lógica expectación junto con la inevitable curiosidad. ¿Qué se puede hacer o para qué puede servir un inmueble de tales características, situado a mitad de camino entre la parte baja y la alta de la población? Lo inmediato en que uno piensa es, lógicamente, una instalación hotelera, pero quienes se dedican a este negocio dicen que Cuenca no genera necesidades de alojamiento que no se puedan atender con lo que ya hay; los hoteles, creen, se llena cuatro días al año y probablemente, un local nuevo, no ayudaría a mejorar la situación. Un destino cultural tampoco parece factible: ya hay suficientes museos y el de Roberto Polo, que viene de camino terminará de cubrir el espectro. ¿Qué entonces? Podemos hacer una porra e intentar adivinar en qué parará este ya vacío convento.

 

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