12/04/2014

Nuevas noticias sobre Santiago Pradas

Enigmático y desconocido personaje nos resulta Santiago Pradas, a quien acaso la leyenda haya configurado una personalidad extraña, entre el exaltado que roza la locura dándole una paliza a su mujer mientras componía el "Gementes et flentes" de su "Salve magna", el misántropo que rehuía el trato con gran parte de quienes se dirigían a él, o el excéntrico que en un momento de arrebato se negaba a actuar en acontecimientos solemnes

Con la salvaje destrucción de archivos eclesiásticos durante la guerra civil de 1936 —"noble y patriótica" tarea la de quemar el propio pasado— se nos privó de datos imprescindibles para componer la historia de personajes importantes de nuestra tierra y de España.

Tal sucede con el maestro de capilla y organista mayor de la catedral de Cuenca Santiago Pradas, compositor de bastantes obras religiosas entre las cuales destaca por su belleza el "Miserere", pieza que se interpreta cada Semana Santa en las gradas de la iglesia de San Felipe al paso de las imágenes, aun cuando la autoría se le ha venido atribuyendo por tradición popular sin que hasta hoy haya aparecido una prueba irrefutable que así lo confirme, y dudo mucho que pueda aparecer. De momento, la creación de tan magnífica pieza musical se la seguiremos adjudicando, mientras no se demuestre lo contrario. Desde luego, hasta hoy nadie ajeno a él ha reclamado la propiedad intelectual de la misma.

Pradas nació en Cuenca el mes de enero de 1777, según consigna el profesor Fernando Cabañas Alamán en su obra "Los infantes de coro del Colegio San José de la catedral de Cuenca", tomo 2, página 356, y debió de recibir las aguas bautismales en alguna de las parroquias cuyos archivos resultaron destruidos, pues, consultados los libros parroquiales de la época de aquéllas que los conservan, el acta de tal evento no aparece por ninguna parte. Y lo mismo sucede con el libro de Difuntos en que debería estar inscrito su óbito, que en este caso debería de corresponder a la parroquia de El Salvador toda vez que la vivienda en donde moraba por 1821, año al parecer de su muerte, era la Plazuela del Salvador.

Según padrones municipales que obran en el Archivo Municipal de Cuenca, con anterioridad el maestro Pradas había vivido en la calle del Agua, pues así reza en el documento antedicho correspondiente al año 1808; asimismo, en la misma calle lo hacía un Antonio Pradas, carpintero.

Sin abandonar la vía, en 1810 residían Juan Francisco Pradas, cabestrero, el cual tenía alojado a un sargento, imagino que francés, y también Isabel Pradas, viuda con dos hijos y pobre; y en la calle del Postigo se alojaba Antonio Pradas, el oficial carpintero que dos años antes morase en la calle del Agua. Se ignora si existía parentesco entre los susodichos.

Santiago Pradas, maestro de capilla, en ese 1810 ya vivía en la calle del Salvador junto con su esposa y una hija que debería ser recién nacida. En su vivienda tenían alojado a un oficial, tal vez francés porque éstos permanecieron en Cuenca hasta 1812. En el mismo edificio vivía Julián de Pradas, receptor, el cual también acogía a otro oficial.

En 1816, Santiago Pradas, organista mayor de la catedral, según se contiene en el documento, continuaba en el cuartel del Salvador.

Pasamos al año 1820, y prosiguen viviendo en el mismo edificio: Julián de Pradas, de setenta y cuatro años, casado con Ángela Cañamares, de setenta y siete; Santiago Pradas, de cuarenta y dos años, organista, casado con Leocadia Gil, de cuarenta y cinco, y una hija de diez años. Además, en el mismo bloque  vivían otras familias, que no resulta al caso consignar.

Y en 1821, concretamente en 13 de mayo, continuaba en la misma vivienda, teniendo de nuevo alojado a un sargento. No hay mención alguna de su esposa que, como veremos más adelante, había fallecido un par de meses antes.

A partir de ahí, Pradas ya no aparece en ningún otro padrón de Cuenca, por lo que debemos deducir que también en ese año pasó a mejor vida.

Dadas las edades de  Julián Pradas y de su esposa Ángela Cañamares, treinta y dos y treinta y cinco años mayores respectivamente que Santiago, no sería descabellado pensar que se trataba de sus padres. Además, nótese que, con anterioridad, en 1810, también vivían en el mismo inmueble.

Enigmático y desconocido personaje nos resulta Santiago Pradas, a quien acaso la leyenda haya configurado una personalidad extraña, entre el exaltado que roza la locura dándole una paliza a su mujer mientras componía el "Gementes et flentes" de su "Salve magna", el misántropo que rehuía el trato con gran parte de quienes se dirigían a él, o el excéntrico que en un momento de arrebato se negaba a actuar en acontecimientos solemnes y ante relevantes personajes, incluido el rey Fernando VII, en cuya visita a los baños de Isabela, cuando supo que debía tocar ante el rey, se negó en redondo y sólo accedió a actuar cuando un soldado de la guardia de corps puso el sable en su garganta.

Tal vez apenas nada de lo escrito sobre él sea cierto y se tratase de un hombre, como parece por la nula información que de él existe en los archivos locales, extravagante, huidizo y apocado, concentrado exclusivamente en su tarea musical.

Infructuosa ha resultado la búsqueda de su testamento en los protocolos notariales del Archivo Histórico Provincial de Cuenca en el año en que suponemos falleció y en el posterior. Sin embargo, sí hallé el efectuado por su esposa Leocadia Gil, el 7 de marzo de 1821, el cual transcribo íntegro:

En el nombre de Dios Todopoderoso, amén.

Sepan cuantos vieren esta pública escritura de mi testamento y última voluntad, cómo yo, Leocadia Gil, vecina y natural de esta ciudad, hija legítima de José Gil y Rosa Martiraz (sic), naturales el primero de Patretonza (sic), reino de Valencia, y la segunda de Cobelludo (sic.  Se referirá a Cogolludo), provincia de Guadalajara, ya difuntos, hallándome enferma de mis carnes, pero en mi entero y cabal juicio, tal cual Dios ha sido servido dármelo, creyendo como firmemente creo y confieso el alto y soberano misterio de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres Personas distintas y un solo Dios verdadero, y en todos los demás misterios y sacramentos que cree y confiesa nuestra santa madre Iglesia católica, apostólica romana, en cuya fe y creencia he vivido y protesto vivir y morir, como fiel cristiana, poniendo por mi Señora y Medianera a la Reina de los ángeles, María Santísima, para que impetre de su Madre, mano santísima, perdone mis culpas y pecados, y ponga mi alma en carrera de salvación; a los santos de mi nombre, ángel de mi custodia, al señor San Julián, obispo y patrón de esta ciudad, y a todos los demás santos y santas de la corte celestial, para que rueguen a Dios por mí.

Y bajo esta protestación, hago y ordeno este mi testamento en la forma y manera siguiente:

Primeramente, encomiendo mi alma a Dios Nuestro Señor, que la crió y redimió con su preciosísima sangre, pasión y muerte. Y el cuerpo mando a la tierra de cuyo elemento fue formado.

Es mi voluntad que cuando la de Dios Nuestro Señor sea servido llevarme de esta presente vida a la eterna, mi cuerpo se cubra con hábito de la Purísima Concepción, enterrada en la iglesia parroquial del Salvador, en donde está enterrado mi primer marido, asistiendo a mi entierro la cruz y ministros de dicha parroquia; se diga misa de cuerpo presente, siendo hora y honras y cabo de año.
Ítem, es mi voluntad el dejar, como dejo, a la voluntad de mi marido el que se me digan las misas rezadas que le parezcan con atención a nuestros pocos bienes.

Ítem, declara que en primeras nupcias estuvo casada con Manuel Menéndez, de cuyo matrimonio no tuvieron hijos algunos. Declara que en la actualidad se halla casada "in facie ecclesiae" con don Santiago Pradas, de cuyo matrimonio tienen y vive una hija llamada María Paula. Declara que cuando casó con el actual marido entró al matrimonio bastantes bienes en ropa, alhajas y trastos, pero no se formalizó asiento ni tenía hijuela de ellos. Y en cuanto a esto y a que por las ocurrencias de la guerra pasada, de los saqueos que se sufrieron y demás sucesos, fue extraída mucha parte de dichos efectos. Cree y juega por muy arreglado que los cortos bienes que al presente tienen se tengan por de ambos.

Ítem, declara no tiene deudas a favor ni en contra.
Ítem, a las mandas forzosas, que se les pague lo acordado acostumbrado con lo que les separe del derecho que podrán tener de mis bienes.

Ítem, para cumplir y pagar este mi testamento y cuanto en él dejo ordenado nombro por mis albaceas testamentarios al dicho mi marido don Santiago Pradas, don José Aguirre y Miguel Pradas, a los tres juntos y cada uno de por sí "in solidum", para que, luego que yo fallezca, entren en mis bienes y, de lo mejor y más bien parado de ellos, los vendan en almoneda o fuera de ella, y con su producto paguen este mi testamento y cuanto en él dejo ordenado, durándoles todo el tiempo necesario; y aunque sea más del que permite la ley, pues, desde luego, se los prorrogo.

Ítem, el remanente que quedare y fincare de todos mis bienes, derechos y acciones, instituyo y nombro por mi única y universal heredera de todos ellos a la sobredicha María Paula Pradas y Gil, mi hija y del citado mi marido, para que los haya, lleve, goce y disfrute con la bendición de Dios y la mía. Y le pido me encomiende a dicho Señor.

Ítem, por el presente revoco, anulo, doy por nulo y de ningún valor ni efecto otro cualesquiera testamento, codicilo o poder para testar que antes de éste tenga hecho, por escrito, de palabra o en otra cualesquiera forma, para que no valgan ni hagan fe salvo éste que al presente hago, que quiero valga por mi testamento, última y postrimera voluntad, o en la vía y forma que más haya lugar en derecho.

En cuyo testimonio así lo digo y otorgo ante el presente escribano y testigos infrascritos, en esta ciudad de

Cuenca, a siete de marzo de mil ochocientos veintiuno. Que lo fueron presenciales don Luis Caballero, Miguel Pradas y José Martínez, vecinos y residentes en esta dicha ciudad, a quienes y a la otorgante doy fe conozco. No firmó por no poder hacerlo a causa de la gravedad de su enfermedad. Hízolo a su ruego uno de dichos testigos, de que también doy fe.- Ángel Luis Caballero.- Ante mí, Prudencio Navarro.

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