18/04/2019

La Missa Solemnis de Beethoven llena acústicamente el Teatro Auditorio

La Orquesta Metropolitana de Lisboa no tiene el nivel de los anteriores, pero a cambio teníamos la oportunidad de disfrutar de una gran obra maestra del genio de Bonn

Sabíamos que salir del bucle de perfección que creó la Kremata Báltica el Lunes y Martes Santos tenía que ser necesariamente un aterrizaje complicado. La Orquesta Metropolitana de Lisboa no tiene el nivel de los anteriores, pero a cambio teníamos la oportunidad de disfrutar de una gran obra maestra del genio de Bonn, una de las composiciones de referencia de su tercer periodo y un acervo de técnica compositiva difícilmente igualado en la música religiosa del siglo XIX.

LA OBRA

En las excelentes notas al programa, José Luis García del Busto afirma lo siguiente: «La Gran Misa en re mayor, llamada Missa Solemnis, es fruto inequívoco de la última y más genial etapa creativa de Beethoven, esa etapa en la que el compositor revistió de la mayor trascendencia a casi todos sus trabajo, ahondando es su concepción humanista de la música y, en ocasiones, apuntando hacia un elevado más allá». Hay muy poco que añadir a tales palabras. Beethoven creó una obra muy poco litúrgica por su extensión, en la cual fusionó todo su estilo musical tardío con las técnicas del contrapunto aprendidas de los maestros del barroco. Personalmente, considero que esta misa palidece si la comparamos con la 9ª sinfonía o los últimos cuartetos de cuerda, porque desde mi punto de vista, Beethoven nunca se sintió cómodo del todo con la música religiosa. Algo parecido le sucedió con la ópera, género que adoraba pero que nunca pudo repetir tras Fidelio.

LA VERSIÓN

El director Pedro Amaral eligió para la orquesta una colocación romántica, con los violines primeros y segundos enfrentados a los dos lados de la batuta. La Orquesta Metropolitana de Lisboa vino con el número exacto de componentes, alejada de esas exageraciones que distorsionaron tanta música de los siglos XVIII y XIX en las grabaciones pantagruélicas de Karajan o Kemplerer. El Coro de RTVE cumplió con calidad y profesionalidad su cometido. Sin embargo, creo que la versión que escuchamos cayó en un error muy recurrente: no cuidar con mimo el equilibrio entre el coro y la orquesta. La Missa Solemnis tiende siempre a la dinámica en permanente forte y para nada debería ser así. Necesité más calma y más riqueza de matices, muchos más momentos en los que el piano o el mezzopiano dejaran entrever todas las riquezas interiores. El coro gritó demasiado y tapó excesivamente a la orquesta en determinados pasajes.

El cuarteto vocal cumplió su cometido. No es lucido para ninguno de ellos y tienen un trabajo conjunto tan importante y detallista como el del coro. La voz de la soprano Miren Urbuieta fue penetrante y la Mezzo Lorena Valero posee un bellísimo registro medio. El tenor Mati Turi (que sustituyó por enfermedad a Fabién Lara) proyecta una voz dulce y algo tapada mientras que el bajo-barítono  André-Henriques estuvo solvente y cumplidor.

Por último, decir que sentí un gran alivio al observar el patio de butacas lleno y las plateas y anfiteatros con mucha gente. El público, por fin, se acerca a nuestro Festival.

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