08/02/2018

La bondad de un librero

Debe ser requisito esencial para adquirir la condición de librero,  para gestionar un negocio tan peculiar y tan generoso como es una  librería-papelería, la de tener un semblante de buena persona, y luego….serlo de verdad.

Por razones de vecindad (mi niñez se desarrolló  en los Moralejos), el olor a gomas de borrar, de lápices y libros aún no abiertos de la caja de envío de la editorial,  lo buscaba siempre entre las Librerías  Román, en Sánchez Vera; Librería Evangelio, en Carretería (D. Juan Evangelio, hermano de mi siempre recordado maestro D. Jesús, la vería convertida en dos, llevada por  sus hijos Juan y Fernando) y  Librería Machetti, en Avenida de la República Argentina.

A propósito del cierre de la librería Román-Lobetanos, y el homenaje que le han brindado por la Asociación  de Libreros y Papeleros de Cuenca, traigo a mi mente  el rostro de Román,  padre de Luis Antonio de Lerma, actual propietario de la misma: Román siempre serio , al menos así lo recuerdo ( más tarde, acompañado por un jovencísimo hijo, Luis Antonio), pero siempre  paciente, educado  y atento a lo que necesitabas, por mínimo que fuera; en la segunda, en la misma Carretería,  pero en dos diferentes locales apenas distanciados,  siguen dos grandes personas, Juan y Fernando, llevando el apellido Evangelio ligado permanentemente a libros y material de escritura; y la tercera, con unas maravillosas y  cuidadísimas   estanterías  y cajoneras, diseñadas  por  su hermano Juan Pedro, con  sillas  metálicas de diseño   y un piso superior donde podías encontrar  discos y se exponían cuadros,  María Teresa Machetti, escondiendo su timidez detrás de sus gafas,  me tomaba el pedido de libros o de material de oficina que mi padre me había dado   para ella; y  al que yo me había tomado la libertad de añadir alguna que otra novela.

Grandes gentes para espacios mágicos, y cada vez más escasos. En todos ellos pensaba, con sincero agradecimiento, cuando escribía en este medio (ruego al lector, y al director de voces de Cuenca que me perdone por la autocita, y que no la entiendan  como tal, sino como nuevo homenaje, nunca suficiente), con el título " El último de Carretería": Miguel, tercera generación de libreros conquenses, miró, a través de su mostrador, hacia el escaparate, en el que mañana, allí donde amorosamente venía  depositando los magníficos ejemplares  de la editorial Siruela, se asomarían a los paseantes conquenses, unos  chillones paraguas y peines hechos en Taiwan; o tal vez, conservas chinas con rótulos indescifrables.

No era, desde luego, una profecía, sino una crónica nostálgica de mi niñez y el lamento por  la extinción de esos negocios tan abnegados, tan cercanos al lector y al amante de la escritura y la pintura.

Y sigo pensando que este relato de la desaparición de las librerías no es sino  la confirmación  de la triste transformación del paisaje urbano de nuestra ciudad.

Termino como lo hacía en aquél escrito, hace ya algunos años, enviando mi agradecimiento de lector, a tan grandes profesionales, excelentes personas,  que nos brindan un maravilloso mundo de cultura, detrás del mostrador de su librería.

Para que nunca desaparezcan:

"  Mientras procede, por última vez, al cierre de su librería, y rinde honor a las lejanamente desaparecidas Román, Machetti…., socarronamente deja escrito en la factura impagada de la luz: Carretería, una librería menos y una frutería más; mientras va tarareando la última estrofa de la canción "Pueblo Blanco"  de Serrat:

Si yo pudiera unirme/ 
a un vuelo de palomas,/ 
y atravesando lomas /
dejar mi pueblo atrás,/ 
os juro por lo que fui /
que me iría de aquí... 
Pero los muertos están en cautiverio /
y no nos dejan salir del cementerio".

 

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