29/03/2018

Emocionante y sobrecogedor Miércoles Santo que nos llevaremos para siempre en la maleta a cualquier parte

Vistoso desfile de los olivos y de El Silencio que ha partido de San Esteban a las 19:00 horas

Miércoles Santo. Foto: Á. Lucas

Apenas sin tiempo para deshacer el equipaje antes de que salga la procesión han llegado muchos conquenses de nacimiento y adoptivos. Ya es Miércoles Santo y sin peligro de lluvia. Cogen de la maleta lo necesario para aguantar ese frío que aparece cuando se va el sol, pero en casa se queda el paraguas, y a San Esteban, a ver salir el desfile. Por el camino algunos saludos, intercambio fugaz de frases y promesas de tomar un resoli en los días que vienen.

A las 19:00 horas ha dado comienzo la procesión de El Silencio, la del blanco, la de los olivos. El primer paso en pisar la calle es el de la hermandad de Jesús Orando en el Huerto, seguida de El Prendimiento, que ha recuperado un cetro con una pequeña figura de Judas. Éste ha sido donado por Ana Martínez y era con el que procesionaba su abuelo, Juan José Martínez, que fue miembro de la corporación desde antes de la Guerra Civil. A esta última hermandad en la subida le ha acompañado la Asociación Musical La Concepción de Horcajo de Santiago.

Los niños siempre han dado vistosidad y salud a este inicio del desfile. Los que juegan con sus cruces, los que marcan la cadencia al igual que hacen los mayores que portan los pasos, samaritanas que dejan maravilladas a abuelos y padres. Otros van en brazos porque es donde mejor puede ir uno y algunos más se desperezan y tratan de adaptarse a la situación, que hoy la siesta ha sido más tardía para aguantar más.

Al llegar a El Salvador, un templo que no duerme en Semana Santa ni tampoco su párroco, se ha incorporado cerrando el cortejo la hermandad de Nuestra Señora de la Amargura con San Juan Apóstol. Las andas se han completado con el plateado de los grupos de luces, un trabajo realizado en los talleres de Pedro Joyeros. También acompañada de muchos nazarenos y así han continuado el ascenso por las calles Andrés de Cabrera y Alfonso VIII con esa luz tan bonita que va dejando la tarde conquense cuando se apaga.

Una procesión voluminosa
En la Plaza Mayor se han unido el resto de pasos que conforman este Miércoles Santo, pasos en general de gran envergadura, voluminosos, a veces incluso titánicos. En torno a las 22:00 horas salía de la Catedral la Santa Cena y desde la iglesia de San Pedro, hacía lo propio la hermandad Religiosa Benéfica de Excombatientes de San Pedro Apóstol, que excepcionalmente este año ha procesionado con dos pasos: el titular, que año tras año participa en este desfile y el antiguo, San Pedro corta la oreja a Malco, cuyo autor es Leonardo Martínez Bueno y que pertenece en la actualidad a la Cofradía de San Juan Evangelista de Belmonte, con motivo del 75 aniversario fundacional.

Y desde esa misma iglesia han salido también la hermandad de la Negación de San Pedro, a la que este Martes Santo le fue dedicado el cupón de la ONCE por su 25 aniversario de la creación y la hermandad del Santísimo Ecce-Homo de San Miguel.

Cuando estos cuatro pasos han iniciado el descenso la noche se ha quedado congelada, como cuando uno presiona el botón del 'pause' para detener ese momento exacto de lo que está viendo. Sin embargo, la procesión ya formada completamente ha tardado en pasar por delante de cada espectador una media de casi dos horas.

El mapa del tesoro
Un descenso emocionante y sobrecogedor nos ha quedado esta noche para enmarcar y guardar con el resto del equipaje cuando nos volvamos a ir. Tras los misereres, las Curvas de la Audiencia dibujan el itinerario encriptado que lleva hasta el tesoro, ese momento exacto en el que nos gustaría estar.

Serpenteo delirante que ha sido trazado por un creador que ya imaginaba las maravillas que se podían hacer en Cuenca un Miércoles Santo. Para el guía experto este camino le es familiar y con marcado ritmo y paso firme ha sabido dar vida a los olivos, que se han convertido en cómplices de la historia bíblica y transformada y traducida al Casco Antiguo conquense. Olivos que, zarandeándose de un lado a otro, han mecido a la ciudad, como la madre que mece al bebé en sus brazos.

Sin coger ningún atajo, la llegada a la iglesia de San Esteban ha sido intensa un año más. Allí o en las inmediaciones la mayor parte de las hermandades, salvo dos han dado por concluido su desfile, no sin las despedidas pertinentes. Solo han continuado su camino Jesucristo, su Madre y el discípulo amado, es decir, el Ecce-Homo de San Miguel y La Amargura con San Juan, que han regresado a San Andrés el primero y a El Salvador los segundos.

El equipaje es la túnica y el capuz
En ese equipaje que todos llevamos con nosotros van muchas cosas. Algunas que nos gustaría llevar siempre con nosotros, otras que al contrario, nos gustaría dejar y desprendernos y quizá, por qué no, algunas otras que preferimos no decir. Pero en Cuenca no se necesita más equipaje en Semana Santa que echarse a las calles con la túnica y el capuz. Con eso uno está más que servido.

No obstante, la ciudad se vuelve tan generosa en estos días nazarenos que hasta regala momentos que cubren los sentidos y que arropan la piel en las frías noches, de madrugada, cuando apenas se oyen en las calles las últimas pisadas de las horquillas. Regala despedidas que sobrecogen; obsequia con llegadas a los templos de origen en las que apenas quedan algunas decenas de espectadores; presta fuerzas cuando parece imposible seguir adelante; gratifica al que aguanta hasta el final con episodios íntimos, emotivos y emocionantes.

En torno a las 3:25 horas se despedía la Madre y el que será de ahora en adelante su hijo. Y pocos minutos después el Señor de San Miguel ha terminado también su recorrido de este Miércoles Santo.

La maleta ya ha sido deshecha y por las casas se ha esparcido la ropa; las ilusiones para esta Semana de Pasión ya están guardadas en el cajón de la mesita de noche, por si en cualquier momento entra la duda, tenerlas a mano. En el armario junto a los jerseys se encuentran las ganas de que pueda salir y lucirse el Jueves Santo. Y encima de la mesa se han quedado las credenciales que avalan que uno es de Cuenca y nazareno, para que no se olvide cogerlas cuando salga a la calle. Aunque, sinceramente, no hacen falta, eso se nota.

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