18/04/2019

El viento insufla vida al Miércoles Santo

La procesión de El Silencio congregó numerosos participantes y espectadores a pesar de que se aventuraba una noche de meteorología desapacible 

Procesión Miércoles Santo 2019.Fotos:Esteban de Dios

En la lengua en la que se escribieron la mayoría de los libros de la Biblia, el hebreo, existe una palabra que significa a la vez viento y espíritu. Ruah sirve para definir tanto las corrientes de aire como el soplo creador de Dios. La ventisca destructora o la ráfaga que llenó del Espíritu Santo a los Apóstoles en Pentecostés.

Esa ruah -cada cuál que opte por la acepción que más se ajuste a su creencia- se ha dejado notar con fuerza sobre Cuenca en la tarde de este Miércoles Santo, cuando a las 19:00 horas formaban las Trompetas y Tambores en Aguirre para anunciar que desde San Esteban iban a dar comienzo la procesión de El Silencio. Competencia desleal para los banceros cimbreando los olivos. Los reposteros se agitaban en los balcones y guiones y estandartes se retorcían poniendo a prueba la resistencia de los portainsignias, a los que después del trance deberían convalidarles el grado en Educación Física. La meteorología de la noche se aventuraba desapacible pero ello no amilanó a los conquenses, que nutrieron masivamente las filas de casi todas las hermandades participantes, con un elevado porcentaje de niños.

Además, los remolinos sirvieron para mantener alejados los peores nubarrones, como si fueran el portero de discoteca que aleja del local a elementos indeseados. Se le colaron de medianoche algunas gotillas que debían haberse falsificado el DNI, pero las lluvias por el momento cumplieron su orden de alejamiento de la capital. No fue poco aunque se quisiera pedir más. Las estrellas habían debido tomar día de asuntos propios y no ficharon por el cielo y la luna parecía ser una emisión codificada del desaparecido Canal Plus.

Y, conforme fueron pasando las horas, la ventisca se convirtió en calma y la noche fue un remanso, con más tibieza que fríos que merezcan tal nombre, al menos por estos lares. La única ruah que quedaba, para los que saben sentirla sin verla, era la otra, el espíritu de la divinidad colándose en los pulmones de los devotos, insuflando con potencia su oxígeno vivificador en el sistema respiratorio del alma.

Urgencia por demostrar lo que se es 

Inspirados, desde luego, estuvieron los banceros de los pasos de San Esteban desde el momento mismo de su estreno. Parecía que debían echar el resto, como si quisieran asombrar al niño que los observaba por primera vez, como si tuvieran urgencia en demostrar lo que son de la misma manera que el enamorado súbito que se vuelca en la primera cita para fijar la impresión de referencia.  El Huerto trazó -giro de ángel mediante- la esquina de El Peso con tiralíneas y convocó los elogios en su llegada a los Arcos del Ayuntamiento con su baile ceremonial, siete minutos antes de las nueve y media. Como decía el dúo cómico Sacapuntas el espacio estaba abarrotao con miles de espectadores. Un síntoma de la dilatación demográfica coyuntural que ya experimenta la ciudad. La bajada la haría con la Banda de Cuenca, su hermana y amiga de conciertos precuaresmales, su simbiótico álter ego musical.

Las formas al servicio del fondo. Los árboles de las melodías bonitas no esconden el bosque -o más precisamente el olivar- del sufrimiento agónico de Cristo, que toma el rostro de tantas mujeres y hombres que parece que tuviera barra libre para tantos cálices que quisieran apartar.  Mientras, los demás duermen, como los apóstoles, en el cónfort que sólo sabrán que existe cuando desaparezca.

El Desprendimiento con espartanos

Una espectadora leía rápido o mal los bordados de los estandartes e identificaba el nombre de la corporación como "El Desprendimiento". Con la errata regalaba sin saberlo un elocuente hallazgo definitorio del emocionante misterio. El beso traidor es, si se pone el foco en el receptor y no en el emisor, uno de los grandes gestos de generosidad que sustentan la historia salvadora, la aduana que desbloquea el acceso a la patria de la redención.

El Beso de Judas venía acompañado de los soldados de la Pasión Viviente de Tarancón a los que un pequeño que observaba de la acera calificaba de "espartanos", seguramente influido por la película 300. Más allá del gazapo histórico, no andaba tan desencaminado porque de cine sonaba la banda de Horcajo de Santiago, factoría de una banda sonora con la que danzó el paso de El Prendimiento con la elegancia de un valls en una recepción real en el imperio austrohúngaro.

La Madre del Miércoles

Real, por cierto, es el título que adorna a la hermandad de la Virgen de la Amargura con San Juan Apóstol. Pero siempre será más preciso llamar a esta advocación la Madre del Miércoles Santo más que la Reina. Hasta el más acérrimo de los monárquicos sabe que no hay título al que rendir mayor pleitesía y que merezca mayores honores, como los que con sus interpretaciones le rindió la Agrupación Musical San Clemente de La Mancha. También lo hizo en el paréntesis con forma de pasillo hasta el Palacio Episcopal que protagonizó la banda de la Junta de Cofradías con Caridad del Guadalquivir.

Padres que visten ropa de calle para acompañar a vástagos nazarenos

El ascenso de las tres cofradías fue pausado, condicionado por la gran hilera de capuces blancos que colonizaba el tronco de la parte alta de la ciudad. Un desfile compacto casi siempre, aunque a veces las filas quedasen desigualadas o hubiese que regular algún corte interno. El buen hacer fue la nota dominante aunque hay detalles que rompen la liturgia: desde los nazarenos que sacan móvil para ponerse a hacer fotos a los padres que acompañan a los pequeños participantes vestidos con ropa de calle, sin la preceptiva indumentaria que sí llevan sus vástagos. Es como, si en un partido de balonmano, los extremos decidieran llevar chaqué mientras sus compañeros centrales y laterales visten camiseta y pantalón deportivos. 

El soldado que marcó el camino a Van Gogh

Desde San Pedro habían ido saliendo los pasos que allí reciben culto intramuros y el Miércoles Santo extramuros. Las tallas del apóstol que luego sería primer papa y Malco -el soldado que marcó el camino a Van Gogh- descubrían sus más originales colores gracias a la recuperación acometida por Mar Brox, reconocimiento Gólgota de Bellas Artes 2019. El descenso del conjunto por la calle homónima fue pura esencia de Semana Santa conquense: sin alharacas ni añadidos. Sólo, es un decir, la contundente presencia del paso, el sonido de las horquillas estampándose en blasones y arcos, el silencio de los que veían el descenso. No hace falta más, ya es todo.

En La Negación proliferaban los crespones negros, que recordaban viajes al Padre como los de Elvira Monedero, madre del alfarero Tomás Bux, muy vinculado a la hermandad. Como es costumbre, el Ecce Homo de San Miguel se giraba en la Anteplaza ante el mosaico de la hermandad que fue creado por las manos del genial artista de Las Quinientas.

La conmovedora talla vino bien flanqueada de decenas de tulipas portadas por hermanos que, en más de un caso, estrenaban las nuevas medallas de la hermandad. La Agrupación Musical Moteña tuvo capicúa presencia con el Señor Doliente. Sonó -y qué maravillosamente- para él en los primeros metros del desfile y también en el tramo final, aquel en el que las multitudes se disgregan. Entre medias marcó el ritmo de San Pedro.

De la Catedral salió, al son del himno de España interpretado por una Banda de Cuenca que hizo de las escaleras de la Catedral su escenario, la magna Santa Cena. Su secretario, Armando Martorrell, ya satisfecho tras la recuperación de los enseres que les habían robado, estrenaba un nuevo cetro, de diseño atípico para el canon ornamental conquense. Incorpora una llamativa pieza desmontable en forma de cáliz.

De una narrativa a lo Rayuela al orden narrativo convencional

Si la ubicación de los pasos en el primer tramo parece concebido por Julio Cortázar con el planteamiento cronológico de su novela Rayuela, en el segundo se atiene al orden narrativo convencional. En San Felipe Neri sonaron Misereres, Stabat Mater, Ter Me Negabis. Y en la Audiencia se pusieron a prueba las energías y aciertos de los magnos conjuntos, pasos en más de un caso muy difíciles de llevar y cuyo lucimiento lastran kilos, cantidad de banzos y banceros y otros condicionantes.

El desfile sufrió un pequeño parón porque los servicios sanitarios tuvieron que atender una lipotimia en la Puerta de San Juan, pero con alguna intermitencia consiguió ser uno hasta bien entrada Carretería. El teniente de alcalde, Julián Huete, representaba al Ayuntamiento en la cita.

En la llamada popularmente parte llana, curiosamente, los pasos se inclinan ligeramente, obligando a capataces a rehacer los modos. El desnivel de la calle se deja notar más que las grandes diferencias de las alturas. Como, en la vida, a veces los mayores obstáculos a remontar son los más cotidianos, los que tomásemos por más pequeños.

La Saeta cicatriza más que la clorhexidina

La vía -a pesar de las horas- registró una media entrada si se recurre al símil taurino. Y desde la Plaza de la Hispanidad hasta el comienzo de Las Torres lo que hubo fue un lleno hasta la bandera, un no hay billetes, un no cabe un alfiler. La sucesión de despedidas interesa y dibuja una multitud que no quiere perderse el baile de San Pedro ante el Monumento a los Caídos o el celebrado rito de La Saeta. De los Excombatientes del bando nacional al republicano Antonio Machado, el momento cicatriza más que la clorhexidina.

El Huerto sorteó escaleras y el Prendimiento hacía guardia para inclinar y despedir. La Negación se retiró y la Santa Cena halló el fin en los jardines de la Diputación. El lento transcurrir entre uno y otro hito, la cadencia del cortejo en ese punto, provocó que el silencio que había sido paradigmático salvo en la dada por imposible Plaza Mayor volviera a romperse por impaciencia.

Los últimos metros, que no son pocos ni llanos, fueron una reivindicación de la íntima catequesis que sostiene El Silencio. Con más público que en años anteriores, que sufrió las consecuencias de ese viento, de ese ruah, que volvía a levantarse y a traer el recuerdo de los oscuros presagios de la AMET.  un hermano cantó para el Ecce Homo en El Peso mientras sonaba la marcha de José López Calvo y la doliente figura ya vislumbraba el hogar de San Andrés. La Virgen y el Discípulo Amado siguieron hablando ya dentro de El Salvador. Eran las 3:41 horas. 

GALERÍA FOTOGRÁFICA DE LA PROCESIÓN 

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