26/07/2015

De párroco en Cuenca a fingir ser un traficante para salvar la vida de un niño en El Salvador

La prensa italiana se hace eco de las hazañas de Ignacio María Doñoro, que actualmente se encuentra en el Amazonas peruano ayudando a los niños con la asociación ‘Hogar de Nazaret'

El Padre Ignacio María Doñoro en Hogar Nazaret. Fotos de la web de la asociación

La labor que realiza el párroco Ignacio María Doñoro en el Amazonas peruano a través de la asociación ‘Hogar de Nazaret' está atrayendo la atención de parte de la prensa religiosa. Tras ser entrevistado en el programa Conexión Vida en la cadena online Viral TV, la labor que realiza en Puerto Maldonado, Perú, tanto prensa española como italiana se han hecho eco de sus palabra.

Este religioso, el cual estuvo siete años en tierras conquenses, desarrolla su labor en la zona del Amazonas peruano, en concreto en la localidad de Puerto Maldonado, donde Hogar Nazaret tiene una de sus sedes. Allí, atiende a 450 niños en dos casas, una para niños y otra para niñas, donde residen permanentemente 25 de ellos. En dichas casas pretende restituir a muchos menores los derechos que les fueron vulnerados y recuperar su infancia. Un lugar que sufre los efectos de la explotación minera ilegal.

La historia que más ha impactado ha sido aquella en la que cuenta cómo se hizo pasar por un traficante para poder conseguir la custodia de un niño gravemente enfermo y curarlo. Ocurrió en el año 2002 en la ciudad de San Salvador, cuando, tras una visita,  "me vino a la cabeza con mucha fuerza la imagen de un niño de 14 años, que llevaba una camiseta del Real Madrid y tenía ademanes raros: luego descubrí que la mitad de su cuerpo estaba paralizado por una enfermedad".

Entonces, a través de una religiosa descubrió que el chico pertenecía a una familia en situación de hambruna y que habían decidido venderlo porque estaba enfermo. "Pensé que era mentira, pero la verdad acabó imponiéndose, la verdad del tráfico de niños."

"Me dije: ‘'Tengo mi dinero y Dios me ha puesto aquí para comprar a ese niño'" añade. Al final, "aunque la monja se mostraba muy reticente pues decía que era muy peligroso, la convencí: ‘‘Hermana, usted va a morir pronto y yo estoy loco''.

"Fuimos a por el niño. Estaba desnudo. Entre todos lo vistieron. Yo pregunté que cuánto costaba. Entendí 25.000 dólares, pero lo habían vendido por 25. Pagué 26, agarré al niño y lo metí con gesto feo en la camioneta simulando ser un traficante".

"Ya dentro, y camino del hospital, el pequeño se orinó encima de miedo y empezó a gritar. Le confesé: ‘Tranquilo, soy sacerdote, te estoy rescatando, no tengas miedo. ¿Cómo te llamas?'. Contestó: ‘Me llamo Manuel'. Repliqué: ‘Manuel significa Dios está con nosotros. Si Dios está con nosotros, nadie puede estar contra nosotros. No te preocupes, porque no te va a pasar nada. Yo voy a dar mi vida por ti si hace falta'".

Ahora uno de sus sueños construir una ciudad para niños que se llamará ‘San Juan Pablo II' en la que se levantará una casa de acogida para niños en situaciones especiales y se habilitará una producción agrícola y ganadera que dote de recursos a los Hogares Nazaret, casas para voluntarios y aulas para albergar a los estudiantes de diferentes países que deseen tener una experiencia de vida con los Hogares Nazaret.

Otro de los grandes retos es la gestión de los horrores que estos pequeños han tenido que sufrir. «No intentamos que los niños bloqueen los recuerdos, como si aquello no hubiera ocurrido. Sucedió". Una máxima que orienta al Hogar Nazaret es que "el perdón nos reconcilia con nosotros mismos, nos libera" y que se aprende a amar amando».

Eso es al menos lo que propone el padre Ignacio con resultados positivos: "no hay resentimiento, sino amor".

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