06/09/2019
Opinión

Cuenca no existe (Buscando a Chupagrifos)

Cuenca no existe. La ciudad que me vio nacer se desvanece poco a poco, desaparece de la mirada para quedar confinada en el solar del recuerdo. Las paredes del Sanatorio de San Julián que alumbraron a mi generación, su estructura deshabitada expuesta a la intemperie desde hacía diecisiete años, están a punto de dejar de ser el esqueleto donde comparecían los fantasmas del pasado para que se erija un geriátrico en su lugar, triste metáfora del destino de una ciudad moribunda.

El viejo sanatorio formaba una extraña trilogía de la incuria con otros dos lugares asimismo abandonados durante una década por la dejadez de las administraciones. El edificio de la Normal en cuyas aulas recibíamos clase los alumnos de la Aneja, se esfumó hace tiempo víctima de la piqueta. En el espacio mítico en el que soñábamos el futuro, se construirá un hotel. El Instituto Alfonso VIII que albergó nuestros primeros pasos de bachilleres, todavía yace clausurado por la demora de las obras de un aparcamiento recientemente terminado. Si la patria del hombre es la infancia, alguien anda por ahí empeñado en derribar sus muros, si un tiempo fuertes, hoy desmoronados. En el recorrido por los escenarios de la niñez, ya no hay tráfico en el circuito del Vivero, los billares del Sastre son un espectro atrapado tras un muro de ladrillo y ni siquiera subsiste el Choco para que podamos comentar la jugada, acodados en su barra de metal. Si aún estuviera abierto el Kiosko del niño para endulzar la herida y el chocolate del Colón todavía pudiera calentar el paladar, aquéllos que regresamos de vez en cuando del exilio para abrigarnos con el amparo de la senda conocida, no andaríamos por ahí desnortados, buscando a Chupagrifos. 

Al menos podemos seguir echando un trago en las fuentes del Parque de San Julián, pero el agua ya no sale tan fresca como entonces, cuando teníamos que encaramarnos a su pedestal y abrazarnos al querube para engañar a la sed. Hoy nos persigue otra sed, la que el agua no sacia, la que agudiza la ausencia y convierte a Carretería en un paseo inhóspito a pesar de su bullicio, esa sed a la que nunca dará satisfacción la inútil peatonalización de la nada. Sólo unos pocos nos entenderán cuando les digamos que nunca fuimos tan felices como cuando devorábamos un paquete de patatas de la Clementina ensimismados por el fulgor de la fuente de colores. Menos aún recordarán la magia que serpenteaba temblando en blanco y negro, vainilla y chocolate magníficos, por encima del humilde cucurucho del helado de máquina de Ruiz. Los que imaginábamos el Corte Inglés en Galerías Cuenca, continuamos echando de menos que alguien nos regale un globito cada vez que compramos un par de zapatos. Será difícil explicar a las nuevas generaciones que jugar en las máquinas del Picadilly no era incompatible con echar una carrera de chapas en el Carrero y que crecimos sin traumas a pesar de que nuestro Leroy Merlin era el As de Bastos.

Quizá todo deba ser así o quizá no. El cambio del entorno que nutría nuestra nostalgia es tan natural como el paso del tiempo y tal vez los árboles que daban sombra a nuestro llanto iniciático deban ser derribados como pronto sucederá con la marquesina del sanatorio. De todos modos, sería conveniente pedir a los enterradores del pasado más celeridad en la ejecución de las paletadas, porque nuestro espíritu sensible no puede seguir caminando eternamente entre ruinas.

Promedio (0 Votos)
La valoración media es de 0.0 estrellas de 5.
comments powered by Disqus