24/01/2019
Opinión

Cuenca Mística

Alfred H. Barr, fundador del MOMA de Nueva York visitó el Museo de Arte Abstracto de Cuenca en 1967 y lo describió como el pequeño museo más bello del mundo. Cuando salió a la plaza de Ronda y miró el paisaje, debió sentirse como en casa, rodeado de rascacielos. Imaginar la quinta avenida paseando por el barrio de San Martín no es imposible si se acaba de contemplar el arte más vanguardista del momento colgado en las paredes de una casa del siglo XV.

Hoy como entonces, se sigue produciendo ese milagro al recorrer los distintos espacios en los que se ubica la Vía Mística de Bill Viola, esa fusión de modernidad y tradición, que eleva el videoarte a la categoría de representación casi religiosa, en la que adquiere todo su sentido la inclusión en el itinerario del Museo de Semana Santa, como colofón pasional de tanto sentimiento como está encerrado en la propuesta del artista norteamericano. Después, la ciudad hace el resto, enmarcando en sus templos el mensaje profundo que provoca en el espectador, un cataclismo interior tan sólo mitigado cuando la oscuridad total de las iglesias deja paso a la claridad balsámica del entorno. Asomarse a la hoz después de contemplar en San Miguel "El surgimiento" o "Mujer de fuego", es el contrapunto perfecto para que el alma dialogue consigo misma, una mirada al interior, otra en el horizonte.

Para recobrar el aliento antes de buscar la otra hoz, es preciso detenerse en San Pedro y viajar a Florencia con sólo adentrarse en la espiritualidad que envuelve la instalación de la Escuela Cruz Novillo, donde la majestad de "El saludo" ejerce de imán para la contemplación del mágico retablo de imágenes ralentizadas, cuya evidente inspiración renacentista te atrapa en un bucle hipnótico del que es casi tan difícil escapar como de las obras maestras del "quattrocento" italiano. El antiguo Convento de las Angélicas no es la Capilla Brancacci pero los personajes de "Observancia" y "El quinteto de los silenciosos" nos interpelan con el estilo de las figuras de Masaccio y Masolino.

En las Casas Colgadas nos espera la imagen viva del dolor. Para llegar a ella, los responsables de la muestra han dispuesto sabiamente un viaje que nos permite revisitar las obras tantas veces admiradas, y así, en el camino hacia la tristeza nos sobrevuela el imponente ornitóptero de Zóbel, el Toledo imaginado por Canogar se nos ofrece en su críptico esplendor y la Brigitte Bardot de Saura nos guiña un ojo desde su condición de mito icónico del cine y de la abstracción. Cuando por fin llegamos hasta "Unspoken", la inefable imagen del sufrimiento plasmado en oro y plata nos atrapa durante la media hora más emocionante del arte moderno. Es necesario sacudirse la conmoción para continuar la visita al reclamo de las durmientes soñadoras que se alojan en la sala del artesonado del museo, como en su día lo hicieran los moradores de la casa del Bachiller González de Cañamares. La experiencia de contemplar a Sharon y Madison en pantallas de alta definición instaladas en una estancia decorada quinientos años atrás nos invita a viajar en el tiempo sin necesidad de montarnos en el DeLorean. Un viaje más corto de apenas cuatro décadas nos retrotrae a las catacumbas del museo donde todavía nos espera "The reflecting pool". La prehistoria tecnológica del video de aquella época no es obstáculo para que surja la sorpresa, el tiempo suspendido en el escorzo del bañista deja paso a la contemplación de los mundos paralelos que espejean el devenir de nuestra propia existencia. 

Y finalmente, "El mensajero", para recordarnos que la vida es un instante al que asistimos atónitos, igual que el hombre que emerge de las aguas y después se pierde entre las sombras recreadas en San Andrés, conclusión de este vía crucis espiritual al que se asiste casi en trance, el alma henchida y el cuerpo agotado, a semejanza de lo que ocurre cada Semana Santa, cuando en esta plaza en la que termina la aventura de esta exposición, despedimos los últimos pasos de la pasión de Cuenca, y el Resucitado vuelve al templo al amparo de su madre.

Apenas queda un mes para vivir esta fiesta de las emociones que viene sucediendo en nuestra ciudad casi con sordina, un tanto de incógnito, escondida entre el ruido de nuestras batallas cotidianas. No se la pierdan.      

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