Lo sé, es una verdad incomoda, pero Cuenca desaparece, o está en trámite de extinción, o carece ya de masa crítica para ser algo más que un amplio territorio despoblado en gran parte, y en trámite de despoblación en otra cada vez mayor. Sin núcleos urbanos significativos, sin núcleos rurales con entidad suficiente. Durante décadas hemos acumulado los peores indicadores socioeconómicos de este país, y de esta región, a la que pertenecemos por aquello de que en alguna comunidad autónoma nos tenían que colocar. Y ahora se ha formado sobre nuestras cabezas la tormenta perfecta. Dicen los expertos que no tienen sentido entidades supramunicipales de menos de 300.000 habitantes, pues en Cuenca no damos la talla. Dicen también que hay que agrupar localidades menores, en Cuenca casi todas. Dicen que toca agrupar (cerrar) escuelas rurales, en Cuenca donde más. La Iglesia dió hace meses la voz de alarma en Cuenca, carente de vocaciones y seminaristas sencillamente porque quedan pocos jóvenes, decidieron de forma premonitoria agrupar (desaparecer) parroquias. Dicen que el cierre de la escuela del pueblo es la muerte del propio pueblo, y no hay duda de que Cuenca es ya un lugar bueno únicamente para envejecer o del que marcharse. Cuenca comparte con la España profunda el exilio interior de un centralismo que, en nuestro caso, cerró su pinza entre Madrid y Valencia. La tendencia a la concentración en grandes urbes y la ventaja competitiva de los territorios costeros son simplemente condiciones objetivas contrarias a las oportunidades de desarrollo de provincias como la nuestra. Pero a las condiciones objetivas desfavorables se añadieron decisiones gravemente perjudiciales y discriminatorias, como el trasvase, que expropió un territorio pobre para hacerlo más pobre (las compensaciones se quedaron en papel mojado, nunca mejor dicho), una agresión que otros territorios, como Aragón, no han permitido. Pero lo peor estaba por llegar, y llegó con este invento de comunidad autónoma que se llama Castilla-La Mancha, ese día Cuenca firmó su acta de defunción, o de extinción a cámara lenta, o de viaje a la insustancialidad. Cuenca luchó por la capitalidad, sabía lo que se jugaba, y de nuevo perdió. Otro lugar del que Cuenca ha desaparecido, o la han hecho desaparecer, es el gobierno y la administración regionales, donde tengo entendido que no queda ni un solo alto cargo conquense. Este olvido secular se ha roto recientemente y se han acordado de esta tierra para mandarnos el cementerio nuclear, triste metáfora de nuestro futuro, o de la carencia del mismo. Esa solidaridad que España exige ahora a Europa en nombre de la cohesión económica, social y territorial, es la misma que ha negado, también Castilla-La Mancha, a esta tierra. Europa ha permitido un norte próspero y un sur crónicamente disminuido, España no ha cerrado la brecha de la divergencia en prosperidad entre sus diferentes regiones. Nuestra comunidad autónoma, territorio desfavorecido en el solar patrio, ha clonado el mismo esquema injusto y discriminatorio, en este caso para con Cuenca. Llegados a este punto, únicamente cabe exigir un plan de emergencia para que Cuenca no desaparezca. Desde la legitimidad por una historia de agravios y decisiones discriminatorias, el ATC la última. Desde la legitimidad de la efectiva realización del valor de la equidad y la cohesión económica, social y territorial. Solo nos queda en Cuenca unir las pocas fuerzas que nos queden para luchar por un futuro que ya no tenemos, de no hacerlo así, esto se acaba, otra verdad incómoda. |