Uno de los olores más característicos y permanentes en mi memoria es el propio de las escuelas a las que asistí como alumno y regenté como maestro-profe. Oscila entre el pegajoso gris gabardina raída y el húmedo morado pobre portal hongo pasado.
Esa humanidad infantil, pequeños aprendices de adulto, adolescentes rosa, como una piña en torno a una mesa solemne presidida por el profe de turno, el maestro , la seño, todos compartiendo la misma aula, el mismo oxígeno, lloros, babas, mocos, axilas refulgentes, serrín los días de lluvia, virutillas de lapicero, en el Grupo, de toda la vida, cuando en Cuenca apenas había escuelas, junto al Parque de San Julián, entre la Zona Militar y el sanatorio 18 de Julio, ya desaparecido, todo un símbolo de escuela clásica, baúl de los recuerdos, lapicero universal.
¿Alguien ha pensado alguna vez en hacer un monumento al lapicero?
Cierras los ojos y te ves en el Grupo, con un tirante colgando, el babi por las rodillas peladas, garabateando las cinco vocales ,pizarrín en ristre ,en la pequeña pizarra individual, y más tarde jugando al ma-me-mi-mo-mu; mi mama me ama, amo a mi mamá, sorbiéndote la moquita porque sólo llevan pañuelo los niños pera y más tarde, pasada la etapa del pizarrín, estrenas por fin el lapicero de Johan Sindel, el inigualable, el más grande, el superblando el de toda una vida, escalerillas del túnel, calle de los Tintes,18 de Julio, el Grupo, con los resquicios de la contienda fraticida asomándote por los poros, runruneando el Isabel y Fernando, el espíritu impera, subiendo las escaleras cara al sol y con la camisa nueva los que tenían camisa, tú la camisa usada, relavada y heredada del primo rico de Madrid, a veces reciclada de las camisas de tu padre o del tío Pedro, el militar de aviación, tu padrino del alma, compañero, camisa sin niño dentro.
La costumbre en la escuela del Grupo era la de acercarnos a la mesa de la señorita doña Escolástica a que nos sacase punta al lapicero, todo un lujo, una ceremonia propia de la entrega de los Oscar, un vivero de olfatos en flor; aquellos ricitos que caían del lapicero eran como los bucles de un coro de arcángeles, camino del monte Tabor para alcanzar el éxtasis. Oler a la colonia barata de la señorita, mezclada con la madera alas de mariposa que caía del lápiz a intervalos de medio segundo, pensando en Isabel y Fernando como si fueran los parientes del pueblo, de la Olmedilla, de Beamud, de Almodóvar del Pinar, de Tarancón, Las Majadas, allá de las majadas al otero, tiro porque me toca y muero porque no muero.
En la escuela de Don Roberto eras ya de los mayores y allí no había sitio para Isabel ni para Fernando, cada uno le sacaba punto a su lapicero y déjate de historias, fue como pasar de los algodones de la guardería a meterte de cabeza en la escuela de la vida, donde tres docenas de chavales bullían entre los pupitres estilo Primo de Rivera, protegiéndose de la alargada goma elástica, cubierta de camión, hermana de la fusta, con la que el maestro acariciaba la mano del alumno díscolo y mal estudiante. En el 57 fuiste a la escuela preparatoria del seminario, con D. Jesús González Galindo, en la que de lunes a sábado ataban perros con longaniza y se bebía leche en polvo del señor Marsall. Hasta que después de pasar por decenas de aulas, aularios, clases y seminarios, después de haber calentado multitud de sillas, pupitres, bancos y banquetas, estrenaste un día tu título de Maestro en la escuela Unitaria de Puebla del Salvador, percibiendo el mismo olor a humanidad compartida, sobaquillo cautivo, con la sombra de Isabel y Fernando, dictando frases ingeniosas, como :“La lavandera lava la bandera” moriremos besando la sagrada bandera, eterno cadete pantalón corto, canillas al aire, sabañones en sazón, enamorado de los ricitos de doña Escolástica oliendo a las virutillas esotéricas, alfaguara de Johan Sindel.
Ahora los niños juegan con las niñas en la misma aula, las profes huelen a Cocó Chanel, las pizarras son electrónicas y hasta los bebés vienen al mundo con un portátil bajo el brazo, de todas formas, en el salón del ángulo oscuro de cualquier aula aún se puede percibir el olorcillo a virutas de lapicero, mil veces rechupado, para que escriba bien y derecho, sobaquillo del alma, sobaquillo.
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