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Reportaje gráfico: Miri
Los trabajos de investigadores como Pedro Miguel Ibáñez y Julián Recuenco lo han revelado en los últimos años: la procesión de la tarde del Jueves Santo es la más antigua de todos los desfiles de la Semana Santa de Cuenca. El arraigo histórico que ha confirmado la investigación científica se palpa cada año en los alrededores de la iglesia de la Virgen de la Luz antes de que se inicie el cortejo. Minutos antes de las cuatro de la tarde, el ambiente es de fiesta mayor de cualquier localidad: de día grande en el que se reencuentran las familias y los amigos. De mimo por una herencia que todos saben valiosa y propia. Cuando se llevan más de cuatro siglos siendo esencia de un rito, éste necesariamente imprime carácter.
Cuenca actualizó ayer herencia y rito con una procesión que, al igual que sucediera en el desfile precedente, transformó en verdad el tópico de la alta participación. Una multitud multicromática de capuces y túnicas se dio cita en un desfile que se prolongó hasta pasada la medianoche. A pesar de que feas nubes amenazaron al mediodía con otro Jueves Santo pasado por agua, finalmente la meteorología siguió con su tregua y hasta el sol castellano se atrevió, tímidamente eso sí, a competir con el 'fresco' que bajaba de las cumbres de la Serranía.
Nueve pasos que salieron y regresaron de San Antón y proclamaron a conquenses, enconquensados y turistas su secular catequesis. Lo hicieron por un itinerario que ya se ha consolidado y que ha confirmado su eficacia para evitar demoras (aunque los horarios previstos volvieron a incumplirse) y para que todo el recorrido estuviese repleto de público y de respeto. Salida y final estuvieron repletos de un público que hizo por unas horas de 'El Perchel' el centro de la ciudad.
Entrañable el descanso y estación penitencial en la Plaza Mayor. Tiempo de fraternal encuentro de familias para compartir, con la excusa de comer juntos un refrigerio, mucho más que sentimientos.
El rumor del río Júcar (la primera marcha procesional que el 'gran compositor' creó para Cuenca) se mezcló con las obras voluntariosa Banda de Trompetas y Tambores de la Junta de Cofradías. La estética y clima de este desfile encajan más que otros con su imagen y sonidos. Tras ellos, la antiquísima Archicofradía de Paz y Caridad. Veintiseis banceros -varios de ellos noveles- de todas las hermandades que la componen llevaron a hombros a su imagen titular: el Cristillo de las Misericordias. Luis Marco Pérez realizó un preciso estudio de autonomía en las pequeñas dimensiones de un talla más propia de orfebres que de imagineros. Su presencia era anunciada por una campana que sonó durante todo el recorrido y recordó el aviso que recibía la ciudad cuando un reo caminaba al patíbulo. Recuerdo de tiempos oscuros y evocación de esos 'pueblos crucificados' que Amalio Blanco cita en su artículo de la revista 'Clariná de Cuenca'.
El profesor y pregonero Blanco pertenece, precisamente, a la hermandad de Jesús Orando en el Huerto (de San Antón), la siguiente cofradía en desfilar. Su misterio lo hizo solemne y sencillo; aupado por el ritmo binario y contundente de las horquillas sobre el empedrado. Muy emocionante su llegada a los Arcos del Ayuntamiento: comunión entre banceros y la Banda de Música Municipal de Munera, que le acompañó en la subida.
Esta agrupación pondría sus partituras e instrumentos al servicio del caminar en el descenso de Jesús Amarrado a la Columna. Activa hermandad que un año más contó con la presencia de los hermanos de la 'Flagelación' de Elche al igual que este Lunes Santo hubo presencia conquense en la Semana Santa ilicitana. Los veleros de esta cofradía, añadiendo anonimato y penitencia a su labor iban con el rostro cubierto, una práctica más que minoritaria.
Majestuoso, como siempre, el burlado y sereno 'Jesús con la caña' de Federico Coullaut-Valera. Impresiona cómo cuidan sus hermanos la uniformidad y los detalles. Algunos, verdaderos aciertos. Como esa iluminación de velas naturales que conforme avanzó la noche empapaba más las retinas de su rostro divino y humano.
En sus filas un niño que frisaría los siete años comentaba a una compañera de desfile recién conocida que "yo soy de Madrid pero me vengo siempre a Cuenca para celebrar la Semana Santa". El exódo por razones laborales al que se han visto obligados tanto conquenses siempre tiene fecha de retorno cuando la luna se llena por primera vez en primavera. Y la herencia, aún en latitudes más lejamas, se sigue donando década tras década. Una herencia cuidada y querida.
La Sociedad Musical 'Lira Castellonera' de Villanueva de Castellón (Valencia) se estrenaba en Cuenca y lo hizo con nota alta marcando el paso y el sentimiento de 'La Caña' y el Ecce Homo de San Gil. Sus componentes, que lo pasaron mal debido a la fragilidad de sus uniformes, desplegaron seriedad y calidad musical y trajeron un aire mediterráneo.
Seriedad elogiable la de 'la fila de en medio', la de los niños, del Ecce Homo de San Gil. Un espacio procesional que se va perdiendo en otros muchos casos ya que los padres actuales, temerosos de peligros y amenazas, prefieren caminar al lado de sus retoños en lugar de enviarlos a este reducto de cantera nazarena. Flores moradas y granates y dos lictores romanos para escoltar el hermoso busto, “el hombre más hermoso que ha existido”, como se ha dicho de él.
Aires vanguardistas en la ciudad de Torner y Zóbel para el 'Jesús Caído y la Verónica' de Leonardo Martínez Bueno, una cofradía que continúa con el crecimiento de sus filas en progresión geométrica. Buen ritmo también en las horquillas de sus banceros. Este año lo tenían algo más fácil: se ha sustituido el armazón de hierro de las andas por uno de aluminio, más liviano. Además, estrenaba nueva iluminación de bombillas LED.
La tarde conquense se tiñó de morado penitencial con la irrupción de la populosa, respetada y vetusta hermandad de Jesús del Puente. El paso de 'El Auxilio', uno de los más complicados de llevar según aseguran los que lo portan, también había modificado su estructura para propiciar un mejor desfile: de tres banzos había pasado a dos, que además eran de tipo telescópico (se podían acortar o alargar). En lugares como la calle del Peso el cambio se notó para bien.
El paso titular caminó como siempre: sereno, lento y despertando las conciencias de todos los que, de una forma u otra, formaron parte de la procesión. La talla de José Capuz congregó también las promesas y agradecimientos de decenas de penitentes cuyos rezos fueron acompañados de las marchas que brotaban de la Sociedad Musical 'La Paz' del municipio valenciano de Siete Aguas.
Largas hileras de tulipas también en la Soledad del Puente. Un silencio más remarcado acogió su presencia entre un hermoso, sencillo y blanco, adorno de flores y un cuidado trabajo de sus camareras. Acompañada del fervor del pueblo conquense y protegida con su bamboleante palio, la Madre del Jueves Santo estuvo menos sola. La Banda de Música de Cuenca transformó en música los sentimientos.
La representación civil en la procesión fue en esta ocasión responsabilidad de María Ángeles García. Don Ángel, el párroco de la Virgen de la Luz, encarnó la presidencia eclesiástica. Previamente, en el interior de San Antón, había dirigido unas palabras a los participantes. Unas palabras que luego los nazarenos transformaron en esfuerzo, solemnidad y amor en la tarde-noche de la Paz y Caridad.
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