Voces de Cuenca | Contraportada
16/04/2010 - Cuenca de mis olores (En busca del olfato perdido)
Los romanos lo mezclaban con agua y lo usaban como bebida refrescante, como recuerdan los Evangelios, que narran cómo Jesucristo fue atendido en la cruz por un soldado romano que le acercó una esponja empapada de agua con vinagre.
Por Juan Clemente Gómez
Los romanos lo mezclaban con agua y lo usaban como bebida refrescante, como recuerdan los Evangelios, que narran cómo Jesucristo fue atendido en la cruz por un soldado romano que le acercó una esponja empapada de agua con vinagre.
Dicen que en Galicia, para purificar una estancia de malos espíritus, se coloca vinagre muy caliente en un plato y se deja un rato la puerta abierta.
El abuelo don Clemente Gómez y Colmenar, como buen practicante y aprendiz de doctor, conocedor de las virtudes de este líquido milagrero, lo usaba casi a diario en “La Olmedilla”, pueblo cercano a Albaráñez y Arrancacepas, en el corazón de la Alcarria conquense.
Don Clemente, solía dar un largo paseo por la mañana antes de atender su humilde consulta, situada en una pequeña habitación de la casa, hacía hervir la jeringa en un infiernillo de alcohol, en espera de los pacientes y antes de comer bajaba a la cueva para darle un tiento al porrón rebosante de vino recio del pueblo.
En “La Olmedilla” pasé muchas temporadas, lejos de la casa paterna, aprendiendo las pillerías propias de los chicos del pueblo y las faenas agrícolas, como mirón o ayudante de mis primos. Cuando me quedaba solo hacía siempre lo que me mandaba la abuela Ángela. Una de mis obligaciones era ponerle las medias negras y fregar los platos, revisar los nidales de las gallinas y sacar los huevos recién puestos, que luego Don Clemente se echaba al coleto flotando en vinagre fuerte y oloroso.
Tengo grabada en la mente la imagen de una buena escudilla llena de vinagre y en medio la gran majestad del huevo pasado por agua. El aceite era tierra sagrada que ni siquiera se mencionaba por no gastarlo tontamente. Don Clemente, mi ilustre abuelo, mojaba el pan cortezudo una y mil veces en aquel unto vinagrero que daba mucho de sí para engañar las hambres, pensando quizás en las propiedades del vinagre de vino concentrado, bueno para detener las hemorragias que sobrevienen después que se ha sacado algún diente, o las de la boca y garganta en sujetos escorbúticos y , como el vinagre destilado, ideal parea reanimar a los enfermos en las operaciones de cirugía.
Dicen que para eliminar todo síntoma de borrachera, el hombre se debe cubrir los genitales con un paño mojado en vinagre.
Después de comer, Don Clemente sacaba a la puerta de la casa su silleta de enea y se pasaba las horas muertas cazando moscas al vuelo, mosca que cazaba… mosca muerta entre las uñas de sus dos pulgares. De haber sido olímpico el deporte de cazador de moscas, el abuelo se hubiera llevado la medalla de oro. Por la noche, en la misma silla, se dedicaba a charlar y contar chascarrillos con los vecinos. Todo un placer.
Me recuerdo como un vulgar lazarillo, atento siempre al menor gesto del abuelo que indicase un mandado, como llevar el botijo o ir a casa de algún familiar vaya Vd a saber por qué.
Dicen que no se debe tomar vinagre en exceso, ya que se cree que produce arrugas en el rostro. Quizás por eso él tenía el rostro tan arrugado. El abuelo, aparte de sus paseos y obligaciones sanitarias, era un hombre muy ilustrado, el principal del pueblo, mucho más que el señor cura, dónde iba a parar. Recibía el periódico Pueblo con varios días de retraso y este lazarillo de vocación releía sin enterarse muy bien de las cosas del mundo.
El abuelo tenía un rostro sereno, pícaro y simpático, nada que ver con una cara de vinagre y huevo ahogado en el medio.
Dicen que una mujer, para proteger la castidad, se debe lavar la vagina con agua en la que se ha diluido un poco de vinagre, pero eso ya es mucho decir en estos tiempos que corren.
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