La caída de Lehman Brothers en 2008 marca el inicio de una nueva etapa histórica que coincide con el siglo XXI y que conocemos como globalización. La crisis financiera ha sido global en su origen y también en su capacidad de propagación. El capitalismo de casino existe desde hace tiempo pero, y ese es el signo de la nueva época, en los años previos a la crisis ha sufrido una espectacular aceleración debida a las nuevas tecnologías.
El impacto de la quiebra sistémica del entramado financiero altamente especulativo en la economía real y productiva de los países avanzados es ya devastador, con su correlato de destrucción de empleo, un drama recurrente en el sistema capitalista que a ojos vista se muestra social y medioambientalmente insostenible.
En los momentos iniciales de la crisis escribí un artículo bajo el título de síndrome de Estocolmo, este que ahora pergeño es ya el tercero, y me sigue pareciendo válida la tesis inicial. Porque es lo cierto que los ciudadanos del occidente desarrollado, la sociedad con mayor cultura, formación e información de la historia de la humanidad, hemos respondido con el miedo y el temor agarrado a las entrañas, hasta el punto de olvidar que los responsables del desaguisado debían ser castigados y el sistema corregido allí donde sus fallos engendraron la ruptura.
Deberíamos saber que, apaciguando al agresor, lejos de evitar la permanencia del daño, únicamente confirmamos la sumisión a su existencia.
Lo cierto es que este estado de cosas, este caldo de cultivo en el que la frustración y la ira se ocultan por miedo, esta situación en la que además de claudicar ante el agresor, procuramos hacernos casi invisibles en la engañosa y execrable intención de que sean otros los destinatarios de los golpes de un sistema desbocado, está provocando la mutación de la crisis que en origen fue económica en crisis de legitimidad del sistema social y político.
No se exigen cuentas a los responsables, los costes de la quiebra sistémica son infligidos a quienes menos pueden defenderse, a los más débiles, a los inocentes. Deciden los mismos mercados que gestaron la crisis, mientras los gobernantes democráticamente elegidos no sienten pudor en mostrar su impotencia. Los beneficios son privados mientras se socializan las pérdidas. Los mismos cuyo negocio de casino parió la bestia hacen de nuevo negocio de casino apostando contra naciones enteras. Los bancos demasiado grandes para quebrar no deberían existir, pero existen. El Banco Central Europeo presta a los bancos dinero al 1% y estos compran deuda soberana al 3%. La función del sistema financiero es nutrir de crédito a la economía real, y a nadie parece importar que tal misión haya sido abandonada. La existencia de una banca pública socialmente responsable parece anatema ante el altar del liberalismo económico, que no parpadea por el contrario cuando se inyectan cantidades astronómicas de dinero público en empresas privadas como son los bancos.
Quienes se hipotecaron de por vida para comprar una vivienda, que es una necesidad básica, a precio de artículo de lujo, son despojados de la misma cuando el paro azota los hogares más vulnerables, al tiempo que se pretende de por vida la deuda originaria. Engaño y estafa era el precio de la vivienda sometido a una especulación inmoral, estafa y engaño es pretender que tal débito permanezca al tiempo que se priva a una familia del techo bajo el que cobijarse.
Esta crisis, o esta serie de fallos de un sistema estructuralmente insostenible, es una oportunidad para evolucionar a otro económicamente más eficiente y socialmente más justo e inclusivo.
Por el momento está ocurriendo lo contrario y, bajo la espesa niebla de un miedo social e individualmente enquistado, se hace cada día más patente la decadencia de una sociedad, la occidental, que únicamente volverá a la senda de progreso con coraje y valores morales.
Me gustaría pensar que este “Síndrome de Estocomo III” es el último de la serie.
|
Resultado: | 5 votos |





