Humilde, pero eficiente, el serrín es un ejemplo de la utilidad del reciclaje. Ya en el lejano Egipto, después de rellenar el cuerpo del difunto con serrín y embadurnarlo con resina y aceite de cedro, se procedía a envolverlo en largas vendas de lino impregnadas en goma, lo que constituía el último paso de la momificación.
A lo largo de mi vida he tenido la ocasión de oler el serrín muchas veces y siempre me lleva a la Muralla, a la carpintería frente al río Huécar, la cual aún pueden visitar propios y extraños. En aquella época, el padre del actual propietario, tenía un ojo de cristal, tan bien hecho que engañaba a quien no lo supiera. Los chavales nos pasábamos el tiempo jugando entre los tablones apilados a la puerta de la carpintería, curioseando el trabajo artesanal de su dueño, envuelto en vapores de serrín y virutas de madera. En una ocasión, nos llamó la atención de ver al hombre con una gruesa viruta en el ojo, lo suficiente para impedirle la visión, sin embargo ni siquiera pestañeaba. Alguien le preguntó que si no le molestaba el huésped encaramado en su ojo y él, con cierta cachaza se quitó el falso globo ocular, riendo socarronamente, y nos lo enseñó flotando en la palma de su mano.
Los inviernos de los años cincuenta eran demasiado duros y cada cual los soportaba como podía. En nuestra casa, desde el inicio del clan familiar figura una estufa de serrín como protagonista de mi primera angustia vital.
Por cierto, que preparar la estufa de serrín tenía su técnica, pues había que "cargar" un cubo con un palo dentro, mientras se iba apelmazando el serrín a su alrededor con otro palo. Cuando estaba lleno el cubo se colocaba dentro de la estufa y entonces se sacaba el palo del interior, procurando que no cayera el serrín por el agujero que había quedado en el medio, pues era por allí por donde tenía que subir la llama.
Un día aciago mi hermano Antonio se encaramó a la protección de malla metálica que protegía la estufa, vaciló un instante y allá que se fue, de cabeza a la tapadera candente.
Salí corriendo en busca de mi madre y, llorando a moco tendido, le conté que Toni se había caído a la estufa, de tal tragedia da fe una cicatriz que aún conserva en el cuello el famoso autor de “¿Y por qué no, si aún quedan margaritas?”
En el devenir del tiempo, he usado serrín por las escuelas donde he pasado, como material antideslizante unas veces, en época de lluvia, o como absorbente de potadas y miasmas de los alumnos.
En Asturias aún siguen echando serrín para absorber la sidra caída al suelo al escanciar o al tirar ‘la madre' de la sidra.
En Uclés todos los miércoles tocaba limpieza de la sala de estudio, pasillos y dependencias comunes. Nada de usar detergentes, bastaban unos cuantos cubos de serrín bien húmedo para dejar el suelo como los chorros del oro.
Dicen que la corteza del aliso se utiliza para curtir el cuero y su serrín para ahumar carnes y pescados.
Durante la infancia, al llegar la feria de San Julián proliferaban tenderetes de pelotas de serrín, para jugar al sube y baja, con una larga goma con una vuelta para introducirla en el dedo índice.
Las chicas no pudientes jugaban con muñecas de serrín y en los pueblos el mocerío gozaba de lo lindo quemando a los Judas, hechos con paja y serrín.
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