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Voces de Cuenca | Contraportada
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16/07/2010 - CUENCA DE MIS OLORES
Por Juan Cleménte Gómez

Asociar la sandía con los calores del verano pertenece ya al pasado por motivo de la globalización. Hasta no hace mucho tiempo las sandías eran, como las bicicletas, para el verano, ahora tenemos sandías en cualquier estación del año. Desde el día de mi nacimiento me he considerado un especímen único tocado por la gracia de los dioses. Nací con un solideo de obispo en el cogote, palabra de honor. Ese privilegio me ha convertido en un bicho raro que va por los márgenes de la sociedad buscando donde no hay y olismeando donde otros pasan de largo, así me sucede con la sandía ,lo mismo que con otras muchas circunstancias y aconteceres de la vida. La sandía para mí es Priego, el convento de San Miguel de las Victorias, el Santo Cristo y un conglomerado de sensaciones que vaya usted a saber.

Estar en el seminario de Uclés llevaba implícito pasar unas tres semanas en el convento de Priego durante el verano, cuando la sandía está en su punto álgido de maduración. Era un seminario descafeínado, pero seminario, con horarios, estudios y obligaciones que cumplir. Incluido comer. A estas alturas, el lector avispado ha tenido tiempo de vislumbrar el postre que presidía la mesa del refectorio monacal. Sandía todos los días, para lo cual el administrador, don Jesús del Hoyo, ecónomo, para los estudiosos del lenguaje, hacía buen acopio de este refrescante fruto. La sandía, como la perdiz, cuando se come todos los días, cansa, y al final le pasaba igual que al maná bíblico, que se avinagra y hay que tirarla al cubo de la basura. Ahí es donde vienen los olores de raza. Una sandía avinagrada por los rigores estivales aunque esté en el cubo de la basura atrae a las avispas y ese es el espectáculo oloroso visual que llamaba mi atención de espía marginal y contemplativo. Un lacerante olor entre el vinagre y la putrefa .Un detritus castigador de las pituitarias más audaces. La sandía con avispas, al final, era sustituida como postre por las clásicas galletas María o los higos secos, menos refrescantes pero seguros, sin peligro de descomposición inmediata.

He vuelto muchas veces a Priego, a venderle pipas, chucherías y baratijas al señor Rufino , ante quien procuraba mirarle bien a los ojos sin fijarme en su dedo descomunal, y a Mercedes, su mujer. He vuelto a subir al convento por pura curiosidad, para oler el ambiente y mirar al fondo, en dirección a Cañamares, camino del estrecho por donde discurre el Escavas, en cuyas aguas me gradué en malnadar. Sin embargo ya nada es lo mismo, los claustros, convertidos en dormitorio, ahora están vacíos. En el refectorio,   los aprendices de cura, al llegar a quinto de Humanidades, ensayaban sus sermones: “Entre el buey y la mula, muy ilustre señor rector…nació nuestro Señor Jesucristo”, colocando certeramente  al rector entre los dos animales, con perdón. Ahora es un habitáculo  multiusos, sin carácter, sin prestancia, húmedo y desangelado.

He dado una vuelta por la trastienda y la parte trasera de la cocina, por ver si quedaban restos de sandía virulenta. Nada de nada. Sólo permanece el moral de moras blanquinzas custodiando impertérrito la mole del convento.

Al pasar por la orilla del Escavas recuerdo a don Gregorio dándonos clases de Gimnasia y sudar la gota gorda cuando un día, un  par de chicas guapas se nos había anticipado, tomado el sol vespertino en la ribera, luciendo un decoroso bikini, que por aquella época era pariente del pecado mortal. Rojo por la impresión, hizo la vista gorda y continuamos de paseo por la carretera, como si tal cosa. Debió ser porque aún no había llegado el Concilio. De todas formas, antes de avistar Cañamares, se me viene a las mientes, el zumbido de las avispas hozando entre las sandías pasadas de rosca y el sonsonete de la infancia “Melón, sandía, calabaza podría”, pensando a la vez en el dedo pulgar y elefantíaco de Rufino, vaya usted a saber por qué y en la oportunidad perdida de haber compartido la Gimnasia con las chicas del casto bikini, de las que ,de vuelta al convento, subiendo la cuesta y comiendo pan con salchichón barato, resulta que todos nos habíamos enamoriscado.

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