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Voces de Cuenca | Contraportada
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24/12/2010 - CUENCA DE MIS OLORES
Por Juan Clemente Gómez

Cuando hierve el agua y bailotea en la olla, en el cazo, o en la perola, recuerdo a mi madre desplumando el pollo de Navidad en un humeante cubo de aluminio. Un olor de ritual atávico me estimula las entrañas, un olor sudado, mezcla de plumas y gallinazas al sol del invierno, a la piel requemada de Cañada cuando le cayó encima un barreño agua hirviendo en Uclés y salió renqueando a la pata coja como un descosido .

Recuerdo la Navidad primera en Uclés con mucha nostalgia y cariño. Era el año 1959, con mis 11 años y mis ganas de ser sacerdote recién estrenadas, no sabía de la Navidad en el seminario nada más que lo que contaban los mayores.

Era la primera vez que estaría lejos de mis padres, en aquella época 50 kilómetros era muy lejos. Las Navidades en mi casa olían a fiesta, a mi abuela Encarna preparando el besugo; al tío Dionisio colocando en fila las botellas de licor y a mi padre volviendo a casa con el bolsillo lleno de pesetas rubias, que eran las propinas que recibía fruto de su trabajo como cartero urbano. En Uclés se acabaron aquellas vivencias. Solo el recuerdo permanecía vivo en mi memoria.

Cuando en el amplio pasillo donde desembocaban las aulas se notaba cierto desbarajuste, traslado de tarimas, cortinajes amontonados, tablas, acumulación de sillas y D. Vicente Tradacete revoloteando alrededor…es que la Navidad ya estaba cerca, los mayores preparaban el escenario para las representaciones de teatro.

Lo que más nos gustaba era la supresión de las clases, ¿qué hacíamos durante quince días en el seminario sin clase? Pues, sesiones interminables de ping- pon ,pasear por los claustros, jugar a la pelota si el tiempo lo permitía y lo mejor de todo, jugar en unas habitaciones que había más allá del coro de la iglesia donde abundaban los juegos de mesa , esperando que llegara la tarde para ir al teatro que, normalmente lo hacían los mayores. Casona era el preferido de D. Vicente. Aún recuerdo aquellos “Siete gritos en el mar” como una verdadera obra de arte. También eran muy emotivas las sesiones de villancicos ante el monumental belén que, como siempre, los mayores, preparaban en la iglesia. Teníamos unos cuadernillos especiales uno para villancicos españoles y otro para europeos. De vez en cuando nos llegaba algún trozo de turrón y abundaban las visitas. Aunque los recuerdos de la familia no dejaban de aflorar, nos lo pasábamos muy bien.

Mi segunda Navidad, año 1960, fue diferente, aparte de todo lo comentado anteriormente, como ya era de 2º y había dejado de ser un pipiolo, para mi sorpresa D. Jesús del Hoyo me encargó dirigir una obra de teatro, debía elegir los personajes y dirigir los ensayos. Ya apuntaban en mí las hechuras literarias. Al principio se me cayó el mundo encima, recuerdo que un día fui a la habitación del profesor a presentar mi dimisión.

-Pero qué dices…Nada , nada, a trabajar, ya verás como todo sale bien.

Y salió, recuerdo aquella Navidad como mi bautismo teatral y consagración pública delante de todos los compañeros. La obra en cuestión era “El gitano Tijeras”, en la que era necesario la presencia de un burro en el escenario. Aunque parecía improbable D. Jesús se las ingenió para que alguien del pueblo le dejara un burro y fue una gozada llevar al animal por los claustros y subirlo al escenario .Como es de suponer, la representación fue un éxito. Quienes no me conocían me asociaron desde entonces al protagonista de la obra y así, pasé a ser , para muchos el” Gitano Tijeras”. Si alguien recuerda a Perpetuo Briz Pérez, él fue uno de mis colaboradores.

Al año siguiente, 1961, con el Concilio Vaticano Segundo recién estrenado, la euforia del Sr. Obispo D. Inocencio a quien salimos a ver a Huelves el día que volvía de Roma, el cambio de aires entre la jerarquía de la Iglesia y las arcas del seminario que siempre iban quejumbrosas…se acabaron las Navidades en Uclés y por primera vez en la historia del seminario, nos mandaron a casa de vacaciones. Nunca más volvieron las representaciones de teatro, ni las veladas jugando al ajedrez, ni siquiera los villancicos.

El recuerdo aún permanece vivo ¡Éramos tan pequeños!

Aquellas Navidades son parte de mi vida, las recuerdo con nostalgia, pero agradecido al Señor Jesús que hizo nacer en mí una vocación de servicio y amor al prójimo. Por lo que nunca dejaré de darle gracias.

Por cierto, entre las pesetas rubias que mi padre llevaba en los bolsillos a veces salía alguna moneda de 2.50 , mi hermano Antonio y yo nos poníamos tan contentos y si teníamos la suerte de ver un duro, era ya la felicidad completa, una felicidad a base de pollo de verdad asado en el horno de la panadería del señor Demetrio ,y no los de papel que se zampaba Carpanta en los cuentos del TBO.

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