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Voces de Cuenca | Contraportada
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18/06/2010 - Cuenca de mis olores (En busca del olfato perdido)
Ya dice el clamor popular que comer ajo y beber vino no es desatino y es que el vino ha formado parte de la cultura humana desde hace unos 6.000 años, a lo largo de sus diversas etapas evolutivas, el hombre lo ha considerado un placer para su paladar, una ayuda para la convivencia y también un elemento con propiedades que benefician su salud.
Por Juan Clemente Gómez

Ya dice el clamor popular que comer ajo y beber vino no es desatino y es que el  vino ha formado parte de la cultura humana desde hace unos 6.000 años, a lo largo de sus diversas etapas evolutivas, el hombre lo ha considerado un placer para su paladar, una ayuda para la convivencia y también un elemento con propiedades que benefician su salud. Es considerado un alimento completo. No en vano, en la Cuenca de los cincuenta, mamá Amelia daba de merendar a los cachorros Gómez sabrosos canteros de pan con azúcar y vino y así de hermosos y lustrosos que hemos salido. Es verdad, que para que no le cogiéramos el gusto al tintorro nos cambiaba el menú de pan con vino, a pan con aceite y azúcar, una buena costumbre. Pero el olor a vino, se remonta a la cueva de D. Clemente Gómez Colmenar, el abuelo ilustrado. La cueva se sitúa a las afueras de Olmedilla de Eliz, en la sotabarba de una colina poblada de matas y otras hierbas comunes de la Alcarria. Para el abuelo la cueva era su santa-santorum. Solamente escuchar el chirrido de la puertecilla le alegraba el alma. Justo a la entrada, a la izquierda ( y es que el abuelo se las tuvo que ver con los vencedores de la contienda porque se iba de uñas con ellos, allá en Sotos) se hallaba el fiel  vaso de toda la vida, un vaso mágico con su culillo de vino pringoso orlado por algún mosquito vacilón.

El abuelo caminaba despacio hacia el fondo, cogía la damajuana preferida y después de aspirar varias veces se decidía a llenar el vaso, que vaciaba lentamente, sorbo a sorbo, tras un breve recorrido y ver que todo estaba en su sitio abandonaba el santo lugar con cierta morriña pero con el regusto en los labios, por fin salía ceremoniosamente camino del pueblo, con el ánimo reconfortado. Su nieto, uno de tantos, un servidor que iba para cura, le acompañó muchas veces en este báquico paseo y desde entonces lleva grabado en la mente el olor fuerte del vino de cueva, de viña prieta y alcarreña, cuyos sarmientos servían para construir los bardales de  cuadras y corrales, y luego, cuando el invierno arreciaba, bien que calentaban los fogones y chimeneas bajeras del vecindario, junto con los tocones de olivo, que para entonces no había otra suministro calorífico en la Olmedilla de mis años infantiles.

Las propiedades del vino son incontables: es un medio natural de recuperación si es tomado después de un esfuerzo físico. El vino tinto, sobre todo si es viejo, es particularmente indicado en períodos de convalecencia, o en el transcurso de enfermedades infecciosas. Es muy recomendado para controlar las anomalías alimenticias. Por ello el ingerir una o dos copas al día ayudan a nivelar el hambre. Contiene una fuerte concentración de sales minerales que son perfectamente asimilables. Entre ellas, se deben citar el calcio, potasio, magnesio, silicio y también zinc, flúor, cobre, manganeso, cromo y el anión mineral sulfúrico. Reduce el riesgo de contraer cáncer, pues contiene sustancias que activan la respiración celular. El consumo moderado protege contra los efectos patológicos de los radicales libres que provocan varios tipos de cáncer y un largo ecétera, que hace honor al refrán castellano: “El vino alegra el ojo, limpia el diente y sana el vientre”,y a pesar de que al que bebe vino le huele el hocico,   quedamos todos de acuerdo que a nadie le hace daño el vino…si se toma con buen tino, como el ilustrado D. Clemente, sorbo a sorbo, incluso es recomendado para propios y extraños que siguen fieles al consejo del padre capuchino, con todo lo que comas, bebe vino.

 

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Cueva del vino. Olmedilla de Eliz.
Cueva del vino. Olmedilla de Eliz.

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