Por Juan Clemente Gómez
En los desayunos de mi infancia la leche brillaba por su ausencia, un cantero de pan con chocolate y a la escuela de don Roberto, el maestro republicano del barrio que sobrevivía gracias a las cuarenta pesetas al mes de cada alumno, sólo chicos, no sé por qué. La leche era privilegio de unos pocos. En casa, ni leche, ni café, tal vez achicoria, más tarde llegaría el cola-cao, con agua caliente. Una excepción: La aparición de la lechera era aproximadamente cada tres años y coincidía matemáticamente con el nacimiento de un nuevo Gómez en la familia. Mi santa madre ayudaba con leche fresca de vaca a la manutención del bebé durante unos meses, luego puches con miel y a correr.
La lechera siempre tenía cara de lechera de cuento, y gozábamos verla plantada en medio de la puerta echando con cuidado el preciado líquido en la cacerolilla que le ponía mi madre, un cuartillo, dos cuartillos y hasta mañana. Vamos, imposible olerla. Prohibido beberla, la leche es cosa de gente bien, hijos míos.
Así fueron mis primeros escarceos lácteos, escasos y a distancia. Por eso, cuando subía al barrio de los Tiradores, para ver a la abuela Encarna, calle de Santa Teresa, nº 5, me salían alas en los tobillos. En casa de la abuela fue donde nació para mí el olor de la leche hervida. Era toda una ceremonia cocer la leche en el cueceleches de aluminio. Tenía que subir tres veces antes de retirarla del fuego, tiempo más que suficiente para poder oler a placer, un olor denso y suave, olor de nube de plata y pan con mantequilla, olor de ángel de la guarda y caramelo de nata. La abuela Encarna tenía una gata, que ronroneaba alrededor de la cocina por si caía alguna vedeja de nata. La abuela la espantaba sin contemplaciones: “¡Micho ,sape!”.
En los cuentos, las gatitas lindas se alimentaban con sopas de leche, en el número 14 de la calle de la Moneda, la única leche que entraba era la de morciguillo, a los tres meses la lechera pasaba de largo, esperando otro embarazo en la familia.
Para oler bien la leche hervida, hay que subir al barrio de Tiradores y charlar despacio con la abuela Encarna, que se lo gastaba todo en comer bien, según decían las vecinas, recordando a nietos y biznietos que los Gómez también nos apellidamos García, un apellido ilustre donde los haya, y descendientes del Cid, mira qué bien. Ahora sé que mis tatarabuelos maternos provienen de Mocejón y eran ilustres constructores de carretas, el bisabuelo Pedro emigró a Aranjuez y un día negro del 36 se encontró con la muerte anticipada en la cuneta (estas cosas no se pueden decir en voz alta, pero es que mi bisabuelo era de misa y rosario, todo un delito).
Si la abuela Encarna hubiera sabido que Cleopatra se daba buenos baños de leche para estar más guapa, ella también lo hubiera hecho, pues fue coqueta hasta el fin de sus días.
Uno, que es muy leído y está orgulloso de haber bebido leche de morciguillo, ve con buenos ojos que en 'La lechera' del pintor holandés Vermeer, la blancura de la leche aluda a la pureza y virtudes de la joven, aunque duda que el famoso pintor oliera la leche y mucho menos que conociera al famoso Pepe Leches, sería ya la releche, algo así como llamarle Leche de gallina a la Ornithogalum umbellatum, o decirle “Tonto leche” a Ruiz Mateos, sólo por espetarle a Boyer “¡A que te doy una leche!”