A pesar de la velocidad de vértigo a la que avanzan las nuevas tecnologías, sorprende lo vigente que, ocho años después de su publicación, sigue estando el libro de Concha Edo Del papel a la pantalla. La prensa en Internet (Comunicación Social, 2002), un acertado análisis sobre la transformación que el periodismo, en especial la prensa escrita, está viviendo como consecuencia de la aparición de internet y del acceso en alza de la población a los diarios digitales, hechos que han propiciado una nueva manera de entender y de seguir la actualidad informativa que está cambiando profundamente tanto el consumo de noticias como la forma de trabajar de los profesionales de los periódicos.
Que del año 2002 a esta parte los diarios digitales no hayan encontrado la fórmula para garantizarse unos ingresos por publicidad o pago por lectura que cubran los gastos de los periodistas en ellos empleados y propicien ciertos beneficios a la empresa es, en mi opinión, la principal causa de la incertidumbre que a día de hoy padece la prensa, un estado de inseguridad que está trayendo de cabeza tanto a los principales medios de comunicación como a los más modestos. Porque para hacer del periodismo una profesión rentable es requisito indispensable que los medios de comunicación puedan mantener abiertas sus puertas con una plantilla amplia que dé calidad y variedad a sus contenidos, ofreciendo tanto noticias de actualidad como reportajes, crónicas, análisis o columnas de corte más elaborado y reflexivo. Sucede sin embargo que, aunque el pasado 2009 fue el primero de la historia de España en el que internet facturó más publicidad que la radio, los banners no terminan de calar, con el añadido de que lo que las empresas cobran por ellos a los anunciantes son cantidades bastante modestas, muy alejadas de las caras tablas de precios por anuncio que manejan para sus ediciones impresas.
Concha Edo no es ajena a un problema por culpa del cual se está ralentizando más de lo esperado la adaptación de los diarios del papel a la red, y en su libro advierte de los escasos ingresos que estos periódicos perciben por sus anuncios. Ni siquiera el pago por lectura ha funcionado hasta el momento, pues todos los diarios nacionales que lo intentaron en la pasada década no tardaron en dar marcha atrás, aunque todo apunta a que en breve volverán a esta práctica, algo que ya han anunciado que empezarán a hacer medios internacionales como The New York Times, Wall Street Journal o Le Figaro. No se trata de cobrar por la información más actual y confeccionada a base de teletipos o de una escritura apresurada y sencilla, pero sí al menos por los textos más elaborados, que hayan exigido una mayor profundización y horas de trabajo a su autor, lo mismo que por aquellos que lleven la firma de un periodista o escritor de prestigio.
Y es sobre todo destacable las consideraciones que hace Edo sobre los cambios que está sufriendo el día a día de los periodistas de prensa escrita como consecuencia de la mayor aceptación que va teniendo internet: dada la urgencia de este nuevo medio a través del cual el público “quiere saber lo que pasa y quiere saberlo cuanto antes”, lo que prima es un trabajo “de redactores de mesa que se convierten en redactores de pantalla, con muchas más fuentes y con menos contacto personal con ellas”. Resulta así que un periodista, más que en la calle, donde hoy en día tiene valor es en la redacción, navegando por internet, analizando los nuevos teletipos o telefoneando a sus fuentes en busca de las noticias más actuales, las cuales, más que de escribirlas, a menudo se encargará de retocar ligeramente con respecto a las notas de las agencias con el fin de hacerlas más atractivas para el público y colgarlas cuanto antes. Esto hace que los redactores se estén convirtiendo, en cierta medida, en esclavos de la era digital, dedicados a actividades como “marcar, copiar, pegar, empaquetar o duplicar distintos tipos de archivos publicables, que no pueden identificarse como actividades periodísticas”.
Es cierto que todos los periódicos necesitan también periodistas de calle que acudan a determinados actos en busca de una información más detallada, pero dada esa inmediatez que exige la red incluso en tales casos el periodista no podrá profundizar como quizá le gustaría en el hecho que cubre, sino que tendrá apresurarse a la redacción para escribir lo acontecido cuanto antes, al modo de los profesionales de las agencias de noticias o de la radio. Incluso, a veces tendrá que dictar la noticia desde el mismo lugar de los hechos o enviarla a través de su PDA para que sea difundida en el menor tiempo posible. Esto implica un riesgo evidente, que es el de la mayor superficialidad de las noticias que se difunden por internet, a lo que hay que añadir el aumento de la posibilidad de errar. Asimismo, tal y como apunta Edo, existe el peligro de caer en “una homogeneización informativa a escala internacional”.
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