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Voces de Cuenca | Opinión
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21/07/2010
Por Luis R. Maté

Conocí durante mi corta estancia profesional en Barcelona a un paisano de la Alcarria conquense. Eran los tiempos en que conservaba vida pujante la Casa de Cuenca en la Ciudad Condal. Vivía en Barcelona desde los siete años, tenía título universitario y ocupaba un puesto de responsabilidad en una entidad financiera. Me relató su peripecia.

Su padre, agricultor, decidió un día, ante las apreturas de la posguerra, vender su humilde predio y emigrar a Barcelona con su mujer y sus siete hijos. Una aventura reservada a los más audaces. Encontró a un paisano que sobrevivía fabricando cafeteras artesanalmente. El paisano le ofreció colaborar. Le enviaba piezas y un modelo para que algunas las hiciera él. En la humilde vivienda que acogía a tan numerosa familia todos sus miembros, hasta los más pequeños, se dedicaban durante toda la jornada a montar cafeteras.

Así comenzó una lucha a brazo partido con la miseria. Luego vendrían los frutos, al compás de la superación colectiva que desembocaría en el desarrollo de España a partir de finales de los cincuenta. Tiempo aquél en que vine al mundo de la percepción de la vida en mi alrededor.

Apelo a la peripecia de aquellos paisanos por lo que guarda de referencia sobre cómo personas, familias y sociedad pueden afrontar situaciones de extrema adversidad si les acompaña la voluntad de superarlas, una sólida moral de trabajo, recio sentimiento de solidaridad y espíritu de sacrificio. Lo que hoy falta.

También surgió en el curso de la conversación, y años más tarde con ancianos a los que mi asociación asiste, la cara hosca de aquellos años. Me refiero a los estraperlistas enriquecidos al socaire del hambre reinante y otras carencias. Gentes de baja estofa y por lo general incultas que hacían ostentación de lo ganado al margen de la ley, exhibiéndose en aparatosos automóviles de origen norteamericano. El instinto popular no tardó en darles nombre: los del “haiga”.

Si hoy falta el espíritu de lucha de tantas gentes como la familia alcarreña, la cosa se agrava con la aparición masiva en el espacio político de los émulos de los antiguos del “haiga”. Con una sustancial diferencia: a aquéllos podía caerles el peso de la ley cuando eran descubiertos con las manos en la masa. Los actuales actúan y se enriquecen desde los puestos políticos de confianza a que la partitocracia los catapultó por su condición de mediocres y obedientes. Roban desde dentro del sistema y bajo su protección.

¿Cómo entender si no, por aludir sólo a lo que a mi paisanaje le es más cercano, el desaforado empeño de la Junta de Castilla-La Mancha en impedir a toda cosa cualquier posibilidad de investigación sobre los chanchullo que llevara la CCM a la quiebra y dar protección a los causantes del desastre? ¿O que José Bono siga impune pese a las irregularidades documentadas hechas públicas por el diario “La Gaceta” y complementadas por algún otro medio?

Vivimos enfangados en la corrupción. Una corrupción sin límites que resta impune, salvo casos muy concretos y casi siempre politizados, o por caer en manos de jueces de acrisolada independencia. Pero cuando el entramado institucional del sistema se corrompe, también lo hace el cuerpo social. ¿Voy a ser menos que los políticos trincones?, se plantean muchos españoles con la moral ya reblandecida. Y de ahí, además del dinero negro de la corrupción, proviene la enorme bolsa del fraude que engorda la economía sumergida.

La economía sumergida esconde, no obstante, un cierto trasfondo ético. Algo así como un remanente de la doctrina de la Iglesia sobre el impuesto justo e injusto. Me enseñaron, nos enseñaron, que el impuesto justo es aquel cuya aplicación por el Estado recaudador se aplica por entero a satisfacer las necesidades objetivas del bien común. E incurre en pecado el defraudador. No así el impuesto injusto, traducido por el gobierno del Estado u otras Administraciones en malversación.

No ya la generalidad de los españoles, sino más en concreto los castellano-manchegos, están mordidos en sus ingresos por impuestos y tasas injustos. Les sería éticamente lícito defraudar. Recurso de muy problemática utilización para esa inmensa mayoría sujeta ingresos fijos en nómina. Pero en otros sectores de actividad de más problemático control el margen es amplio y consecuente su uso.

No invito a defraudar. Me limito a reflejar la realidad tal como es. Ominosa.
 

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