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Voces de Cuenca | Contraportada
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29/10/2010 - CUENCA DE MIS OLORES, EN BUSCA DEL OLFATO PERDIDO
Especial Día de Todos los Santos
Por Juan Clemente Gómez

Oler a puches es noviembre, lamparillas y cementerio. Mis manos ondulan con suavidad sobre el teclado del ordenador .Las primeras lluvias de otoño limpian las calles sucias de la ciudad, las aceras llenas de huellas anónimas, la mugre acumulada durante meses.Mis manos ondulan con suavidad sobre el teclado del ordenador en busca de una infancia marcada por la tristeza y el culto a la obediencia, una infancia alejada de los problemas de la gente corriente, una infancia de postguerra oficial ambientada en los recuerdos de las cartillas de racionamiento.

Mi imagen de niño de barrio sube otra vez más las escaleras del colegio a ritmo de Isabel y Fernando tu espíritu impera... acompañando a papá a la misa de los domingos, con la vista fija en el púlpito desde el que D. Augusto brama a los cuatro vientos una religión de moral apocalíptica, con un cielo para los buenos y un infierno para los malos.

A veces en la misma puerta de la iglesia, me encontraba con los coches fúnebres de la época esperando la partida definitiva, coches de diferentes clases, según la categoría del difunto.

Recuerdo con cierta sonrisa en los labios, aquellos entierros de primera, de segunda y de tercera y mis preguntas si a un difunto de primera le correspondería un cielo de primera, y si a los que les hacían un entierro de tercera no les tocaría casi nada de cielo...

-Hijo, ¡vaya preguntas!, yo no entiendo de esas cosas- contestaba papá, esquivando el tema.

Mis manos teclean con cierto nerviosismo cuando recuerdo, adolescente, la primera cita con el entorno de la muerte. Al morir la señora Margarita,de Villar del Horno, apenas sin familia, vecina de toda la vida, los parientes recurrieron a mí para que ayudara a llevar el féretro. Creí sentirme importante, protagonista de una historia acabada ya con el tránsito al otro mundo de aquella anciana señora, a la que al fin de sus días sólo le quedaba un diente en la inmensa soledad de su boca. El diente solitario de la señora Margarita era un enigma para mí, era un diente vigía, un superviviente dental.

Años más tarde, el aldabón fúnebre de la muerte comenzó a repicar de forma inesperada. Hasta entonces sólo se morían los demás, a lo sumo algún vecino. Nunca creí que el “Dies irae” se alojara ,doliente, en el seno de mi propia familia.

Apenas recién jubilado, el tío Valentín era convocado al último viaje. Cuando llegué a la casa de mi infancia donde en ese momento reposaban sus restos, el corazón ya no me funcionaba como de costumbre. Imágenes contradictorias asaltaban mi mente calenturienta a un ritmo tan frenético que mi corazón cabalgaba desbocado en busca de un regazo tibio donde descansar de tan hiriente desconcierto.

Una casa oscura, habitaciones estrechas, el mítico cuarto de los leones presidiendo mi memoria infantil y allá en un cuartito diminuto el cuerpo exánime de mi tío Valentín, aún joven, dentro de lo cabe. A su alrededor la familia, como una piña, rezando en su memoria. Alguien me dijo que dirigiera yo los rezos del rosario, que para algo había estudiado para cura.

No lo pude resistir y estallé en sollozos. El haber estudiado para cura no suponía que fuera impasible emocionalmente.

El féretro con mi tío de cuerpo presente, custodiado por cuatro velones y envuelto en una atmósfera de niebla permanente, era demasiado para mis pocos años.

Aquella muerte en la casa angosta fue el principio de un sencillo, pero continuo trato con la Parca enlutada.

Aún vuelven mecánicamente las imágenes del recuerdo al sacar el ancho féretro por la puerta y bajar unas interminables escaleras...

-Hay que ponerlo de pie- dijo alguien
-Si no lo ponemos de pie es imposible girar la caja en el recodo de la escalera..

Hay sensaciones raras que nunca quisiera uno experimentar, aquella bajada del féretro fue una de ellas.

Agacharse todo lo posible para que la caja salga vertical...sujetar con fuerza para que no se venza ...dominar el dolor porque ahora no hay tiempo para llorar...control absoluto de los músculos, hasta el más pequeño, porque la caja se nos puede ir de las manos...sentir en hombros y pecho, espalda y nuca los tortolones del cuerpo inerte del tío Valentín ,embutido en la caja, bajando los escalones empinados... su cabeza haciendo cloc...cloc...cloc..en un tono gris y monocorde.

Mis manos, ya más calmadas, vuelven a recrearse tecleando en el recuerdo de la marcha definitiva de mi abuela paterna, la abuela Ángela, que murió allá en el pueblo de la infancia, y de la que recuerdo mis andanzas caminando junto a ella ,casa por casa, practicando el ancestral comercio del trueque...

-Hala, hijo, coge el perolico de miel , a ver quién nos la quiere cambiar por aceite...
.
Mi abuela Ángela ,sin movimiento en una pierna, rota la cadera por la caída accidental desde la grupa de un caballo.

Mi abuela Ángela, deambulando por la casa del pueblo con su caminar torcido, inclinada artificialmente sobre unas horribles muletas de madera...

-Hala, querido, ayúdame a quitarme las medias que yo sola no puedo.

Y yo, echándome a tierra le ayudaba a quitarse aquellas medias eternamente negras, bajo las cuales aparecía una piel blanquinosa y ajena a las playas de moda, en aquellos tiempos Benidorm, idílico paraíso habitado por el ir y venir de las niñas suecas.

-Hala, querido, ayúdame a fregar los platos....

Y yo , fregoteba con un poco de arena fina los cuatro cubiertos de la casa en una vieja escudilla con agua de la fuente de la Pelusa, desde donde había que traerla en aguaderas a lomos de burra .

La abuela murió tras unos días de lánguida agonía .

Recuerdo vivamente el largo ronquido que precede a la muerte, un ronquido ensordecedor y continuo, un anticipo del abrazo definitivo. Su cuerpo estuvo expuesto en un rústico catafalco ,apenas una colcha limpia y cuatro velas, en la misma habitación donde murió. Todo el pueblo fue al entierro. El recorrido hasta el camposanto fue largo. El féretro lo llevamos entre los primos, yo iba delante, orgulloso por prestar un servicio a la abuela y triste porque ya nunca más cambiaríamos miel por aceite.Mis manos, ávidas de nuevas sensaciones, recorren el teclado, incluso satisfechas por recordar a la abuela Encarna, que murió no hace tantos años.

La abuela Encarna fue para mí y para mis hermanos una abuela como Dios manda que nos llevaba golosinas todas las tardes y le decía ¡sape! a la gata cuando se acercaba peligrosamente al plato de chuletas ,junto a la cocina.

Ella fue la abuela de nuestra infancia cotidiana .Siempre recordaré aquellos inmensos tazones humeantes de leche de vaca, cuando en casa sólo entraba el lechero un par de meses cada dos o tres años , durante el tiempo que mamá se recuperaba de sus acostumbrados partos.

La muerte de la abuela Encarna estuvo precedida por una larga y penosa pérdida de memoria, aislamiento emocional, lejanía psíquica.

Mis últimos recuerdos de la abuela Encarna fueron su respiración áspera, casi crujiente, durante una larga noche en vela y su mirada perdida en el fondo de un abismo opaco desde el que pedía, sin esperanza, un vaso de agua fresca, una sonrisa, un beso incandescente...

Cuando llegó el día definitivo, los familiares más allegados recibimos los pésames en la calle pues la casa era sumamente pequeña, tan pequeña que al féretro, en el forcejeo por sacarlo de la habitación, se le desprendió una de las torneadas patas de madera de haya. La cogí con asombro y se la di a un empleado de la funeraria para que la colocara..

-Si. Vd. se empeña, para la falta que le va a hacer...
-Por favor-insistí.
-Total ni se nota...pero si Vd. se sigue empeñando...

Durante el traqueteo final, el cuerpo enjuto de la abuela cambió de posición. Todavía veo, visión escatológica, su cabeza girada a un lado de forma antinatural.

-¡Ay, Dios mío! ¡Ay Dios mío! ¡Mi madre ,como la han puesto! -gritaba tía Concha fuera de sí.

En un arranque de emoción y rabia contenida cogí suavemente la cabeza de la abuela y la giré con cariño de una forma natural y sencilla. Durante el funeral observé que el empleado de la funeraria había hecho caso omiso de mi advertencia. El féretro subió al nicho sin una de sus historiadas y contorneadas patas de madera.

Hace pocos años, casi ayer mismo, la muerte de Camilo nos sorprendió de madrugada, cuando llegamos a la ciudad ,su cuerpo yacía expuesto en la más lujosa habitación del tanatorio. Los tiempos habían cambiado.

Camilo, padre de mi mujer, es también para mí un padre a quien hablo con naturalidad y le pido ayuda en los avatares de la vida.

Su noche de vela fue interminable, hubiera sido imposible una noche así en la estrechez de la casa...vecinos que tomaban real asiento de los mullidos sofás, sin ánimo de volver a casa, porque Camilo era un buen hombre , un santo....; amigos de toda la vida, ¡ay que ver!...no somos nadie...si ayer mismo le llamé por teléfono...; familiares lejanos, ¡qué vamos a hacer es ley de vida!...; familiares inexistentes a quienes no sabes qué decir porque no los conoces de nada y Kari , la modista, tomándole medidas a la abuela para traerle rápidamente un abrigo negro, porque a ver de dónde saco yo ahora un abrigo, si es que no me lo esperaba, fue tan de repente...Si es que ayer salimos a comprarle un traje y ya no tenía él muchas ganas de compras ,como si barruntara ya esta desgracia, el pobre mío...

Mi contacto con el camposanto se ha incrementado setenta veces siete desde que Camilo murió. Es un rito, un paseo espiritual , una visita celestial .

La barroca portada del cementerio provinciano permanece inalterable en el tiempo. Nada más pasar, justo a unos metros, a la derecha, se yergue desafiando al resto de las tumbas, el enhiesto mausoleo de Pascualita Vélez de Guevara, con flores eternamente nuevas y frescas.
Dicen los comentarios que al morir la niña tan en la flor de la vida, su madre se ha vuelto loca y se pasa los días sacándole lustre a los mármoles, sin quitar la vista de la verdosa escultura de su hija que preside la entrada, como si Pascualita fuera a decirle “mamá ,te quiero” en cualquier momento...

Avanzar despacio por la avenida central de cipreses centenarios...girar a la izquierda al llegar a un mausoleo decimonónico olvidado y casi en ruinas....continuar por una hilera de tumbas modernas ...

-¡Pero si las acaban de hacer y ya están ocupadas- dicen las tres hermanas Belinchón mientras se inclinan con reverencia ante la imagen omnipresente de un Corazón de Jesús en vos en confío...

Subir unos cuantos escalones empinados y atravesar un patio de mohosas lápidas , ya ilegibles, hasta aparecer en el ensanche del camposanto, nichos de diseño, tumbas alineadas al lado de paseos con arriates multicolores...

Torcer de nuevo a la izquierda, hasta llegar a la tumba de Camilo...

Recordar el día del entierro, tanta gente, tantas flores, tanto llanto.
Camilo vivo junto a ti, acompañándote en su visita ,a tu lado, mirando los dos su tumba donde al pie de la misma dice ”El Señor es mi pastor, nada me falta” ... mirar a derecha e izquierda y ver cómo las mujeres limpian las lápidas, las friegan con mimo y les sacan brillo, en un intento desesperado de reconciliarse con el ser amado, de pedirle perdón por los antiguos rencores ,por los besos no nacidos, por las caricias desechadas.

Me gusta la paz del camposanto ,es agradable para mis manos inquietas que siguen buscando combinaciones inverosímiles de letras ávidas por pasar a la inmortalidad en un libro de tinta azul.

Cuando casualmente me encuentro con algún cortejo fúnebre ,los incontables pasos perdidos entre los cipreses del cementerio me han facilitado acertar en mi interior el rango y grado familiar del difunto según la actitud de sus últimos acompañantes, si caminan cabizbajos, si se enlazan en un abrazo prolongado con otro ser querido, los del pitillo escondido entre los dedos, por respeto , los del móvil impaciente, los de andar decidido , que para todos los gustos y categorías se pueden encontrar.

Cuando me despido de Camilo, recorro con tranquilidad los escuetos aposentos del tío Valentín y de la abuela Encarna, reductos bien delimitados....¡Dónde va a parar lo difícil que es encontrar la lápida de la abuela Ángela, perdida allá en el pueblo, ahogada entre zarcillos ,gramas, abrojos y otras hierbas!

Fuera, sigue lloviendo, un agua mansa que pacifica los espíritus y borra los malos pensamientos.

En algún momento sonará el móvil y me sorprenderá junto al ordenador.

-Juan, que ha muerto el padre de fulanito, está en la sala número tal....

Y Juan, solícito, se acercará hasta el tanatorio, por cortesía, por acompañar en el sentimiento, sólo acompañar unos momentos, sin molestar, para regar con su presencia de hombre bueno las flores de la vida que se encuentre en el camino pues, a pesar de todo, hay quienes no sólo acompañan, sino que preguntan, investigan, escarban, cotillean y hacen cábalas, mientras el espíritu del difunto vaga errante por la sala ,desconcertado por el rumor de la gente ,cuando en realidad lo que desearía de todo corazón es que le dejasen paz y no armaran tanto revuelo y a todo esto me huele un buen plato de puches.

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