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Voces de Cuenca | Opinión
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01/02/2012 - LA COLUMNA DEL BÚHO
Por J. Monreal

Sé que nunca leerás estas letras que ahora escribo. Sé que es tarde para disculpas y perdones, pero tal vez no lo sea para una lágrima.

He comenzado esta columna con la certeza de que no llegará a su destino, aunque a medida que voy desgranando las letras, me asaltan las dudas porque contigo nunca se sabe. Aunque ya no estés.

Nosotros, tú y yo, compartimos sueños y esperanzas. Unas, al amparo de la noche cómplice, otras bajo el sol cobarde que nos acechaba tras la esquina de la incertidumbre. De todas, guardo buen recuerdo.

No ha pasado tanta agua bajo los puentes, compañero, pero si han pasado muchas lunas sobre nuestras cabezas –plateando los que ayer fue juventud- llenando de vida y esperanza los vacíos que dejaron aquellos veranos tórridos en la lejana Sexi. 

Tú me enseñaste que la vida es de ida y vuelta; que a veces hay que perderlo todo para ganar sólo un poco –a veces nada- y que tras la tormenta, en vez de lamentarnos por la lluvia caída, hay que levantar la mirada, y saborear el aire limpio que huele a tierra mojada…

“Cuando veas que el fuego arrasa todo, espera a que se agoten las llamas. Pisa fuerte sobre las cenizas calientes y siembra nuevos sueños y esperanzas”, decías, y tenías razón…

A medida que el tiempo avanza y la edad marca distancias entre lo que somos y lo que quisimos ser, más cuenta nos damos de cómo se nos escapan los minutos, tratando de aprovechar el último resol de la tarde para atraparlo –tú entre los pinceles, yo con la palabra- para gastarlo después, sin medida, junto a quien lo quisiera compartir. Vivir de nuevo.

No puedo decir que pasará mañana, pero si te aseguro que volveremos a encontrarnos entre el color del otoño y las páginas de un libro de hojas gastadas. No será en este mundo, pero tú y yo sabemos que hay otros que nos aguardan, donde nunca se muere porque nadie olvida.

Te has ido, en silencio, lleno de vida y de verdades. Yo me he quedado para cumplir la promesa que hicimos aquel frío amanecer en Osuna en el que dibujamos paraísos cercanos –atardecer de Copacabana- soñando con amores que ni preguntan ni traicionan.

Y en tanto llega el momento, seguiré doblando las esquinas del amanecer, empeñado en barrer el mal sueño de algo que tal vez nunca existió y si lo hizo, no llegó a herir.

Tú –en la distancia eterna- y yo, seguimos siendo cómplices en todo; oliendo a pintura fresca y anís de amanecer, mientras pasa, pesa, pisa, posa su mano el tiempo entre los dos.
 

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