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Voces de Cuenca | Contraportada
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30/07/2010 - CUENCA DE MIS OLORES (En busca del olfato perdido)
Quien iba a decirnos, escuálidos adolescentes en vías de constante crecimiento, que las gachas venían de la molienda de la gramínea Lathyrus sativus.
Por Juan Clemente Gómez

Esta misma mañana he departido amistosamente en la tertulia del Ruiz con el colega Fuero, natural, no podía ser menos, de Cañizares, apicultor, profesor en tiempos de crisis, funcionario y escritor, ( a punto de publicar un libro sobre las calles de Cuenca) apasionado por su tierra, por el campo, por las fuentes y la historia de este bello  pueblo serrano en el que desterraron a la sin par Emilia Poveda Peñaranda, procedente de  la Huerta de Marojales, allá por el año  1969. Sin saber cómo la conversación ha derivado hacia Uclés de mis entretelas, cómo ha cambiado el pueblo, etc..etc..lo bien que lo pasa cuando aterriza por allí, etc..etc…y por qué no vas. Pues porque no.

Llevo a Uclés grabado a fuego en el alma, sueño con Uclés 360 noches  al año y quiero dejarlo como está, impoluto, intacto, con el cabreo de D. Jesús del Hoyo y su mala leche en la cara cuando no parían las vacas a tiempo. Si en su clase de mates se retrasaba más de cinco minutos es que estaba de mal parto o andaba a la matazón del cerdo. Si se consumía el tiempo de clase sin aparecer, el parto se había malogrado y si aparecía luciendo una leve sonrisa es que la matazón corría su curso sin complicaciones. La prueba estaba a las pocas horas en forma de un olor pintoresco y característico: las monjas y las ninfas nos estaban preparando una gachas aguadillas, pero gachas a fin de cuentas, lo cual suponía mojar pan a gusto y sin descanso, lo cual significaba comer bien y eso quería decir estar alegres por una corta temporada. ¡Ay, gachas, gachas, el de las orejas gachas! Como hace constar Juan de Contrebia en su Enciclopedia Literaria Conquense.

Quien iba a decirnos, escuálidos adolescentes en vías de constante crecimiento, que las gachas venían de la molienda de la gramínea Lathyrus sativus y su nombre común, dependiendo del sitio, son los de Almorta; Alverjón; Arvejo cantudo; Arvejote; Bichas; Cicércula; Diente de muerto; Guija; Muela; Pedruelo; Pinsol; Pito y Tito. Ni mucho menos, que el abuso de su ingesta es la causa del latirismo, enfermedad que se caracteriza por una afección de la médula espinal o de los huesos provocando la parálisis de los miembros inferiores, impotencia y afectando al crecimiento. Nada de nada, crecimos sanos, jugábamos al fútbol que no veas  y lo de la impotencia, pues como que no sabíamos nada del tema, quien más quien menos ha dado la nota y se ha portado como marcan los cánones.

Para gachas, las de mi madre Amelia, con hígado y tajadillas, o las de mi suegra Elvira, con los plof, plof en su justa medida, o las de La Melgosa, servidas en sartencillas tan aparentes, sin despreciar a las macrosartenes del restaurante “Los tres Mosqueteros” de Cuenca, aunque para ser sincero, me quedo con las de la tía Justina, en la Olmedilla, todos  de pie, nada de mesa ni cubiertos, alrededor de la sartén, en el suelo, con el hambre dibujada en los carrillos, agachándose por turnos para mojar el canterillo de pan, ignorando la existencia del grabado de Goya perteneciente a “Los Desastres de la Guerra” que titula “Gracias a la almorta” y que representa el hambre que se pasó en Madrid desde septiembre de 1811. Y es que ya lo dice el refrán: “Gachas de almorta, el estómago conforta” como las puches, cada 30 de noviembre, pero esa   historia vendrá otro día, amigo Fuero.

 

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Gachas.
Gachas.

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