Voces de Cuenca | Opinión
23/07/2010
Por Jesús Jiménez Martos
- “¡Niño, hasta que no pasen dos horas después de comer no te metas en el agua! ¿Me has oído?”
¿Quién no ha escuchado esta frase de labios de su madre cuando no teníamos mayor preocupación que pasar toda la tarde tirándonos a la piscina al estilo “bomba”? El corte de digestión ha sido una preocupación que persigue a cualquier madre desde los inicios del Universo, pero ¿hay realmente motivos para alarmarse?
Para entender qué es lo que ocurre realmente en estas situaciones hay que saber que el cuerpo tiene, por así decirlo, dos estados. Al igual que los electrodomésticos tienen ON/OFF, nosotros tenemos simpático/parasimpático. El primero se encarga de las 4 E: ejercicio, estrés, emergencia, excitación; es el que se ponía en marcha cuando nuestros ancestros se encontraban con un león (luchar o huir), o cuando nosotros nos encontramos con un voluntario de una ONG en la calle. El segundo se encarga de las 3 D: digestión, defecación y diuresis.
Cuando terminamos de comer entra en acción el parasimpático, cuya función principal es procurar que haya suficiente sangre en el estómago para
realizar la digestión. Si realizamos mucho ejercicio físico, pasamos de una temperatura muy caliente a una muy fría o metemos la cabeza en el agua muy rápido (reflejo de inmersión) podemos provocar que el organismo se vuelva “loco”, provocando un “cortocircuito” entre sistemas, con los consiguientes mareos, náuseas, vómitos, temblores y sudores. Si esto nos ocurre en la bañera pasaremos un mal rato, pero si nos ocurre en un río o en una piscina donde no toquemos el suelo podemos llegar a tragar agua e incluso ahogarnos.
realizar la digestión. Si realizamos mucho ejercicio físico, pasamos de una temperatura muy caliente a una muy fría o metemos la cabeza en el agua muy rápido (reflejo de inmersión) podemos provocar que el organismo se vuelva “loco”, provocando un “cortocircuito” entre sistemas, con los consiguientes mareos, náuseas, vómitos, temblores y sudores. Si esto nos ocurre en la bañera pasaremos un mal rato, pero si nos ocurre en un río o en una piscina donde no toquemos el suelo podemos llegar a tragar agua e incluso ahogarnos.Por todo esto, cuando nos entre la duda de si bañarnos o no después de comer hay que usar el sentido común (el menos común de los sentidos); podemos hacerlo, pero cuidado cuando haga mucho calor y el agua esté muy fría, no debemos hacer demasiado ejercicio físico y es conveniente entrar poco a poco. ¡Y también cuidado con las paellas de tamaño familiar!
¿Y tú, respetabas a tu madre o te zambullías en el agua cuando no te veía?
|
Resultado: | 2 votos |



