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Voces de Cuenca | Contraportada
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22/10/2010 - CUENCA DE MIS OLORES. EN BUSCA DEL OLFATO PERDIDO
Por Juan Clemente Gómez

Es inevitable, el olor dulzón del melón pasado me sumerge en un sinfín de recuerdos encarnados en lo más profundo de mi ser: Uclés 1959-1964, el quinquenio mágico de la formación de mi personalidad, educación, forma de ser y un larguísimo ecétera que me obligan a llevar el mundo por montera y mirar adelante con un vidrio verde entre ceja y ceja, como el niño de Federico Muelas.

D. Jesús del Hoyo, administrador fiel, debería tener un monumento junto al aljibe central del patio. Dar de comer a toda una población estudiantil en fase de crecimiento no debió ser nada fácil en aquellos años de escasez monetaria, como ahora pero sin punto de comparación. Donde más se veía la monotonía de la comida era en los postres. Podría escribir el poema: "Diálogos gansos entre el melón y la manzana”, única fruta presente en la mesa. La mayoría de la veces teníamos galletas María (tres) y un puñado de higos secos.

La gracia del melón no es el melón sino sus circunstancias unamunianas. Allá por el mes de Noviembre siempre aparecía un camión cargado de melones hasta los topes en busca de brazos adolescentes para ser transportados a las entrañas de los sótanos. Fiesta segura, uno a uno bajábamos la fruta melonada hasta depositarla con cuidado en los lugares asignados por el inefable D. Jesús, Escaleras retorcidas ,telarañas, humedad,oscuridad, misterio.

-Aquí había presos en la guerra-decía siempre alguno.

La guerra era para nosotros un escenario difuso donde nuestros padres habían representado papeles de comparsas legendarias, fondo teatral de hazañas bélicas, héroes de leyenda, limbo absoluto que nos hacía pasar de puntillas por aquellos sótanos misteriosos, en los que además de melones veíamos restos de cebollas y rastrojeras de champiñón.

La entrada a los sótanos junto a la puerta de la cocina de las monjas, a la derecha, muy cerca del oratorio privado del Sr. Obispo, era como la entrada cerrada y secreta de Alí Babá, por allí bajaban a los presos condenados a galeras, por allí descendían al averno los facinerosos, los insurrectos, los proscritos ocultos tras sus greñas rebeldes y los melones pasando los días a la sopa boba, madurando entre tinieblas y cogiendo azúcar como dulce néctar a la sombra de los presos sin rostro.

Huelo a melón maduro, melón casi difunto y la guerra del 36 se me cae encima. Nadie nos dijo nada sobre presos políticos, hospital de sangre y campo de concentración. Los curas a rezar y todos a olvidar.

Me emociono al saber que cinco años de mi vida he compartido los mismos muros que Andrés Iniesta López “El niño de la prisión”:

“En la prisión Monasterio de Uclés había que sobrevivir como fuera. Así me las compuse para superar el hambre que allí se pasaba recurriendo a los desperdicios de la enfermería que diariamente se depositaban en un cajón al que llamaba “alacena”. En él había mondaduras de patatas, de nabos de zanahorias, cortezas de naranja, mezclados con gasas ensangrentadas y purulentas, pero que eran alimento suficiente en esas circunstancias. Gracias a eso pude contarlo y probablemente, hacerme más duro y resistente".

Me emociono al saber que mi admirado Quevedo también fue preso ilustre y que hemos compartido techo y pared.

Me emociono y lloro al pensar en la locura de los hombres, en sus ilusiorios afanes de grandeza, de creerse omnipotentes, dueños de vidas, muertes y haciendas ajenas.

Dicen que los hombres son como los melones: algunos, buenos melones; muchos melones apepinados, y los más pepinos amelonados.
Me emociono al pensar que un día nos juntaremos todos a la misma mesa y latiremos al compás del mismo corazón , corazón de melón, melón, melón.

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