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Voces de Cuenca | Opinión
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06/07/2012
Por Diego Almansa

A veces no necesitamos escuchar a grandes filósofos, políticos o eruditos de las letras y ciencias para encontrar la solución a parte de nuestros problemas, a la crisis, o a cualquier otra preocupación existente. A veces una simple conversación de mesa y mantel con un semejante sirve para darnos cuenta de que por muchas teorías que formulemos, la solución a nuestros males, partirá siempre de nosotros mismos.

Y es que por mucho que nos duela reconocerlo, nuestra querida Cuenca se convierte poco a poco en un cementerio de vivos, donde vagar en busca de oportunidades para una vida mejor, se convierte en el trabajo más exigente de toda nuestra vida.

No hace falta ser un gran intelectual para comprender que a grandes rasgos, el futuro de nuestra provincia solo puede basarse en dos líneas de crecimiento. En primer lugar la de potenciar aquello que tenemos y que aunque otros desean, todavía no llegamos a comprender su potencial valor. Nuestra tierra, nuestros agricultores, nuestros ganaderos y nuestros recursos en el sector terciario son tan amplios, que en cualquier otra situación geográfica, habrían sido explotados hasta la saciedad en forma de nuevos cultivos, nuevos métodos de producción, o nuevas variedades de agricultura del siglo XXI. Pero ciegos de un urbanismo desmesurado buscamos entre el asfalto lo que el medio rural tiene de forma sobrada, las oportunidades de desarrollo y crecimiento que añoramos en nuestra amada urbe.

Pero nos olvidamos igualmente, y se olvidan de forma clamorosa nuestros políticos, que nuestro segundo motor de crecimiento no es sino el explotar el turismo como nunca antes se hizo, recuperando patrimonio perdido, exhibiendo aquél de que disponemos y dando a conocer en cualquier sitio habitado las bondades que nuestras tierras ofrecen al turista de a pie.

Desarrollar un programa conjunto entre Administraciones que fomente de manera clara y sin miramientos el turismo en la provincia, tanto nacional como extranjero, se debe considerar la base del desarrollo de nuestra provincia. Por cantidad, por capacidad y por belleza, nuestras tierras ofrecen un sinfín de posibilidades que no podemos dejar escapar, más si cabe en estos tiempos en los que buscamos desaforadamente una oportunidad que quizás tenemos a nuestro alcance pero no logramos ver.

La ayuda en este sentido de nuestros políticos se declara nula. La falta de fondos se configura como la mejor de las excusas para el ciego que no quiere ver que debemos potenciar sin miramientos los recursos que tenemos antes de que sea tarde, antes de que no quede un alma que pretenda dar un soplo de vida al cementerio y antes sobre todo, de que la juventud se canse de esperar una oportunidad y emigre, muy lejos de aquí para olvidar los tonos ocres en los que vemos la vida.

La famosa altura de miras es, en estos momento, la endeble base sobre la cual esperemos que los políticos cimenten el futuro de una provincia que solo necesita un soplo de aire fresco y un plan de desarrollo colectivo en los ámbitos social y económico. Tenemos historia, tenemos belleza, tenemos monumentos, tenemos senderos, tenemos paisajes inigualables, tenemos rincones mágicos, tenemos una ciudad Patrimonio de la Humanidad y unas posibilidades casi infinitas, pero deben conocerla fuera. Deben conocernos extra muros. Deben querer Cuenca como cada uno de nosotros los hacemos, y eso solo será posible si remamos todos en una única y determinada dirección, la de llevar el nombre de Cuenca allá donde se hable en cualquier lengua que exista.

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