Por Juan Clemente Gómez
El carbón es el padre, la carbonilla la madre y el carboncillo el fruto de ambos, así se estableció desde que el mundo es mundo. Forman un ente indisoluble, cuando se huele a uno de ellos se huele a toda la familia, tanto en teoría como en la práctica. En nuestra familia existen varias edades, las más antiguas son las de Piedra, formada por D. Clemente y la abuela Ángela, y la Edad del Carbón, formada por Isidoro Gómez, Amelia García de los Ángeles, Antonio Gómez, el afamado e internacional poeta visual y un servidor, de profesión buscador de olores, de nacimiento.
El carbón-carbón además de oler a carbón huele a sudor de mozo de carga, de peón caminero, de fogonero y sobaquillo marxista, de los hermanos Marx. Todos estos olores carboneros se resumen en la carbonería de la calle del Agua, junto a las escalerillas del Gallo, donde Amelia sudaba tinta negra cada vez que sonaba el teléfono, como si al descolgar el aparato le fuera a pegar un buen mordisco en la mano, ella tan tímida, recatada y ahorradora, como todas las Amelias de la época.
Isidoro y Amelia regentaron varias carbonerías en los años cincuenta, al salir por la carretera de Madrid, junto a la alfarería de Pedro Mercedes, junto a la actual Audiencia y la ya mencionada de la calle del Agua, el sueldo de cartero urbano era tan escaso que no podía estirarse, so peligro de desintegración, y fue en el carbón donde Isidoro se curtió como comisionista en ciernes.
La Carbonería de la calle del Agua, desaparecida hace cientos de años no era más que un cuchitril vestido de negro por los cuatro costados, una leonera enlutada donde acudían esporádicos clientes a llevarse la ración de picón para el brasero, con tan escasa fortuna que la mayoría lo dejaban a deber, sumiendo a la familia en un negocio ruinoso e insostenible. En el fondo del local, tras un ridículo patiejo interior, destacaba la pirámide negra de carbón de piedra, el mejor del mercado, el de la calefacción de los hoteles Iberia y Romana (antes Moya) ,el que nos sacaba de apuros a fin de mes. Subir por aquel montón de piedra negra y escurrirme a culadas era todo un placer de dioses, negado a príncipes y señoritos de sangre azul, valía la pena revolcarse a escondidas y salir con la culera de los pantalones echando humo a cambio de la suave regañina de mamá Amelia.
Enfrente de la carbonería siempre me llamaba la atención una siniestra carpintería que para mis ojos de niño destapaba el tarro de las esencias de ultratumba. Era una carpintería de ataúdes, todos de primera calidad, demasiado lejanos para usarlos a la vuelta de la esquina. Los de niño eran los más bonitos, parecían carritos de madera, ideales para pedírselos a los Reyes Magos. Menos mal que los Reyes además de Magos son sabios y siempre traen lo que deben traer, nada de caprichos inútiles, como pinturas y lapiceros de carboncillo, igual que los usados por D. Emilio en las clases de dibujo en la antigua sede de Acción Católica o Instituto Viejo. Emblemático caserón que atesora entre sus remozados muros vivencias tan reales como el agua del Huécar lamiendo sus contornos. La casa de D. Emilio, en la cuesta de Botes, era un bulle-bulle de chiquillos con vocación de Picasso donde acudían ilusionados para pedirle consejo al maestro, un trazo aquí, otro allá o quizás un escorzo imposible. D. Emilio, dejaba asomar la punta de la lengua escorada a la derecha y con unos breves pases de carboncillo encarrilaba al incipiente artista en el camino de una futura obra de arte que el tiempo demostró estar negado para mí, aficionado al teatro ya desde la mas tierna infancia; buen testigo es el portalón de las antiguas Escuelas Palafox, también en la cuesta de Botes, donde por una perra gorda se organizaban sesiones continuas de teatrillos y declamaciones poéticas, claro que un servidor no salía ni siquiera de comparsa, alguien tenía que vender las entradas, como está mandado.