En el Paso de Piedra, cerca de Lagulia y Colinitza, término de Fuentenava de Jábaga se descubrieron a principios del siglo pasado unos códices de incalculable valor , datados en el Siglo de Oro. Uno de ellos comienza de esta manera: “El Ave sí, el Ave no, el Ave madre que lo bailo yo”,el autor anónimo, sin duda hace alusión, sin proponérselo, a la llegada del AVE a Cuenca, ya que por aquellos tiempos existían por estas tierras aves tan esotéricas como el Ave Fénix ,el Avetorum y el Ave Chucho .Una ciudad como Cuenca, aspirante a Sede de la Cultura Internacional, no podía ser menos que otras y cuenta en su haber cinco estaciones, las ya consabidas, Primavera, Verano, Otoño e Invierno y la quinta, la del Ferrocarril, aparte de las catorce estaciones del Vía Crucis, que en tiempos de Cuaresma se ven muy frecuentadas o las ya consabidas estaciones de servicio .¿Quién se acuerda ya de la gasolinera de Cuatro Caminos?
A pesar de tantas estaciones es la del ferrocarril la estación de mayor personalidad, no es ella la que pasa por los conquenses, como las climatológicas, sino que los conquenses pasan por ella, igual que los trenes, como Dios manda. ¿Alguien se acuerda del automotor? Yo sí me acuerdo, lo veía atravesar el Puente de Hierro camino de Madrid, llevándose en su mente metálica mis sueños aventureros de niño de provincias, ubicando a Madrid a una desorbitada cantidad de kilómetros, años luz de la Olmedilla, que era el lugar más lejano que había viajado hasta la fecha. Con el paso del tiempo el niño de provincias se convirtió en trotamundos global, que al olor de la carbonilla da un paso atrás en el reloj de las horas y vuelve una vez más a la estación del ferrocarril conquense y sus aledaños. A sólo unos metros del Paso a Nivel ,en cuyas traviesas tropezó la tía Martina una tarde aciaga, abriéndose la cabeza como si fuera una calabaza, poníamos los chavales monedas de diez céntimos de las antes, la añorada perra gorda, por la que en el carrillo del Pipas te daban una piruleta o un cacete de torraos .Al pasar el tren sobre las monedas sentíamos un placer inenarrable ,similar al de los comandos especiales de misiones imposibles , ni siquiera sabíamos de la existencia de un famoso escritor apellidado Delibes que en su novela “El Camino” utiliza el ferrocarril como marco de las aventuras infantiles.
También en los alrededores de la estación se hallaba al aire libre el mayor tesoro codiciado por todos los chavales de la época, los famosos costeros como llamábamos a las traviesas de madera, sustituidas en la actualidad por las de hormigón, mucho más frío y aséptico que las antiguas. Mangar un costero en la época de las hogueras del mes de mayo era el no va más de la honra infantil, poniendo al afortunado rapaz en lo más alto del escalafón de la pandilla .
Carbonilla es un personaje de la tradición navideña, encargado de decir a los Reyes qué niños merecen juguetes y cuáles no. Por eso, cada vez que un niño se portaba mal, los padres le advertían que en lugar de los Reyes le visitaría Carbonilla y que le traería carbón en lugar de juguetes. Sin embargo, la carbonilla buena es la que tragué una mañana de mayo del año 1970.Los mozos de este reemplazo estuvimos toda una eternidad literalmente tirados por el andén, esperando “el tren de la muerte” que nos llevaría a Madrid para servir a la Patria. Mozos de carga, material humano de desecho, carnaza joven para el voraz estómago del Estado. Aquella primera carbonilla dio lugar a otras muchas a lo largo de mi vida, Cuenca, Madrid, Burgos, Pontevedra, Valencia, Pamplona y un largo ecétera donde asomarte al exterior se convertía en un peligro de muerte ocular. Nada más doloroso que la incrustación de una leve carbonilla en el ojo. Al pasar por el puente sobre el ferrocarril, en la avenida de Castilla la Mancha y camino de las Doscientas, siempre tengo un grato recuerdo para el antiguo cine de verano “Alegría”,pared con las tapias del tren que nos amenizaba con sus largos pitidos la llegada a Cuenca, interrumpiendo la sesión de cine, cosa que a nadie le molestaba, total… por una peseta y veinticinco céntimos la entrada, no es para ponerse a discutir, digo yo.
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