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Voces de Cuenca | Contraportada
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31/12/2010 - CUENCA DE MIS OLORES (En busca del olfato perdido)
Entre bromas, risas, regalos y palmadas en la espalda se te fue colando en el cuerpo el fantasma del jubilado, el sambenito involuntario. La marca plateada en las sienes era como una placa grabada a fuego que llevarías en el resto de tu vida.
Por Juan Clemente Gómez

Ya te lo habían advertido tus compañeros, pero tú no nunca les hiciste caso, eres demasiado soñador para ver la realidad de esas canas que desde hace años pueblan tus sienes, unas canas que te han salido poco a poco, sin darte cuenta, por la noche cuando dormías, en el camino al colegio, en el coche, en el despacho. Desde hace años tus cabellos se han ido cambiando  a escondidas, en silencio, entrando de puntillas en una nueva e incierta fisonomía, a la que tus alumnos se fueron acostumbrando, como una rutina más de la vida.

El día de la jubilación algo anormal olfateabas en el ambiente, quizás el protagonismo involuntario, quizás la excesiva amabilidad de los camareros o tal vez esa sonrisa burlona de los compañeros que ya habían pasado por el mismo trance.

Entre bromas, risas, regalos y palmadas en la espalda se te fue colando en el cuerpo el fantasma del jubilado, el sambenito involuntario. La marca plateada en las sienes era como una placa grabada a fuego que llevarías en el resto de tu vida.

Aquella noche de nada te valieron los consejos fraternales, las recomendaciones, los augurios favorables o la oportunidad tan deseada de viajar con tranquilidad y sin agobios de agendas, horarios y obligaciones.

Tu mente plagada de sombras sólo proyectaba  la imagen de un ser anodino e informe que había completado un curso, una carrera, una vida de trabajo ordenado y que ya no tenía nada más que una pared en frente, un muro de piedra invisible que le impedía prolongar más allá la fuerza creadora del espíritu indómito  que te acompaña desde el día que naciste.

Ahora  reconoces haber sonreído maliciosamente al ver años atrás a incontables grupos de ancianos en hilera pululando por las calles de la ciudad. Tú nunca harías lo mismo, jamás envejecerías hasta tal extremo de ser un número anónimo, corriendo de un monumento  a otro, con una ridícula bolsa de viaje entre las manos.

Sin apenas tiempo para meditar en tu nuevo estilo de vida te ves rodando con las maletas, al lado de Emilia, tu mujer, dispuestos a estrenar  una aventura insólita en compañía de otras parejas ,   clonadas  por el destino, que iban apareciendo desde  calles aún a oscuras, como sombras vivientes, arremolinándose ante el autobús.

Un cartel figura en el exterior:

MUNDO SENIOR – PROGRAMA DE VACACIONES PARA MAYORES

Es como un estigma, la  fría credencial de haberte convertido oficialmente en un señor mayor con ganas de viajar por esos mundos de Dios. Agradeces en silencio al inventor del cartel haberte calificado de senior, aunque reconoces que a fin de cuentas, viejo y senior viene a ser lo mismo, pero queda más suave, más colorista, más lúdico.

Un joven agente del Programa os recibe amablemente y ordena el reparto de asientos. Silencio absoluto,  ni una voz de protesta. Observas durante el viaje las canas venerables de tus  nuevos compañeros, acompañados de sus esposas recién salidas de la peluquería. Aparentan tranquilidad, sosiego, amabilidad y cortesía, presagios de un viaje sin problemas, incluso relajante y placentero.

Al final del viaje os espera el hotel, referencia absoluta de la semana intensa apenas comenzada, un hotel sugerente en apariencia por sus limpios parterres exteriores, grandiosidad  en las fachadas y cuidada piscina, a pesar de ser temporada de  invierno.

Tu curiosidad innata te lleva  de excursión por los pasillos a  investigar el territorio, a conquistar  el suelo en el que te has de mover durante unos días. Te gusta ubicarte, tomar posesión de salas, salones, servicios y demás recovecos .Encontrar rincones inexplorados, inadvertidos para profanos.

-¿Sabes que he descubierto un gimnasio con sauna, baños turcos y jacuzzi?

Emilia sonríe, complaciente, mientras coloca  en el cuarto de aseo sus mil frasquitos de perfumes, cremas y maquillaje, sin saber que no le hacen falta, pues está guapa sin necesidad de potingues y   artilugios artificiales,  para ti es la miss de la expedición, la más guapa del hotel, la  favorita entre las musas.

Horas más tarde, después de los primeros encuentros con caras desconocidas, comienzas a familiarizarte con el personal de servicio, con los adornos, con la decoración, incluso te apoderas de la luz invernal y los olores del ambiente. Tu prisa y ganas de vivir se convierten en motor y guía a través de largos pasillos, jardines exóticos tablones de anuncios  y ofertas de compañías turísticas.

Por fin llega el coctail de bienvenida. Un chico con acento argentino desgrana los servicios del programa para mayores, en el propio hotel  y salidas al exterior. De inmediato percibes un aire diferente a los acostumbrados en otras ocasiones, antes de tu nueva etapa como Juan Senior. Te sientes  protegido, atendido, incluso mimado .La organización y el celo profesional del chico argentino te gusta de tal manera que decides hablar con él, esa curiosidad tuya tan elegante te delata. Al menos escucharás un acento diferente con sabor a  pampa, similar al de tus amigos Erico y Laura, vos ya sabés.

Sales reconfortado de la charla amistosa, decidido a participar en la noche de los talentos. Repasas mentalmente una y cien veces la narración oral que tantas veces ha sido el agrado de niños y mayores, en el jardín, por los pasillos, junto a la piscina inerte.

Al llegar la noche, un manojo de nervios te anuda la boca del estómago, es inevitable, siempre te ocurre, incluso dudas en  salir a la palestra o quedarte confundido entre la masa de espectadores que espera impaciente el espectáculo. Oídos sordos para la tentación del abandono. Oyes tu nombre y sales airoso, como una joven promesa de la farándula, nada que ver con el señor mayor que llevas dormido y a veces intenta salir de tu  fondo mental para  plantarte cara.

Has estado magnífico, ovaciones, palmadas y reconocimiento asegurado. Eres una promesa cumplida. Emilia sonríe, acostumbrada a reír contigo tantas veces. Elena, la monitora te da un diploma.

-Genial. El mejor de todos, sin duda.

En el Ecuador del viaje has tomado ya contacto con las chicas animadoras de Mundosenior. Son dos ángeles albriciadores que animan   con su presencia juvenil y entrega por mantener animados a los mundoseniors de media España y parte de Francia.

Por la mañana, bajas con Emilia a la clase de gimnasia, estiramientos, tai-chi a veces… Es una delicia el trato de Ana, la monitora,  que te recuerda, por su nombre y ademanes, a tu hija Ana, Ana Manzana, la menor de tus tres hijas.

-Cuidamos de todos los detalles a la  hora de la animación y sobre todo estamos atentos a las necesidades de los clientes. El comedor, por ejemplo, el servicio médico, te había comentado el chico argentino.

Observas día a día a Mamadou, el joven moreno de Gambia, al frente de la plancha de cocina en el mismo comedor, lleva siete años en el hotel asando filetes de carne o pescado. Mantiene limpia la superficie de la plancha, brillante como una patena culinaria, cautivando a los presentes con su sonrisa inalterable, rozando la  quintaesencia de la amabilidad. La brillantina refulge en sus cabellos de ébano.

Cuando eras pequeño te llamaba la atención el pelo que lucía el tío Dionisio untado de brillantina, esculpido como el de las estatuas de la enciclopedia Alvarez. Olía a grasa, a colonia a granel, a fiesta de toros en San Julián.

Mamadou sostiene a toda su familia, allá en la lejana Gambia. Igual que María Isabel, la camarera de República Dominicana, y Horacio, de Ecuador, y la cubana Angélica. Un revuelo  de sonrisas que un día vinieron más allá del mar y ahora forman parte activa y esencial del sistema hotelero para gente como tú, senior de sienes blancas.

Mamadou sueña con volver un día a Gambia y ser dueño él mismo de un pequeño restaurante, con  un cartel llamativo y  alegre como sus dientes de nieve, una enorme plancha eléctrica   y  luces en las mesas, con figuritas de patos salvajes adornando una enorme alacena, o ramilletes  de flores silvestres  por las paredes.

Una mañana subes con Emilia al autobús rumbo a Tarragona, es una excursión imperial, digna de   emperadores romanos. Impresionantes los restos que aún quedan en pie, testigos de la grandiosidad de la ciudad antigua. Viendo los muros del anfiteatro te sumerges en los recovecos  de Pompeya, envuelto en los recuerdos estivales de sólo hace unos meses por las tierras del Lacio.

Las explicaciones precisas y sobrias de la guía, ornadas con rasgos de la vieja Europa  del Este, te llevan de acá para allá, por las tortuosas calles  ubicadas en lo que un día fue circo romano.

Por unas horas te has creído un ciudadano de la antigua Roma, un senador, un Cicerón elocuente, quizás un homo gladiator, sin punto de comparación con la imagen de Juan Senior que reflejas en el espejo por la mañana, antes del cotidiano y tedioso afeitado.

El autobús, al fin de la excursión , va dejando a los pasajeros en sus respectivos hoteles y un adiós informal aleja a la azafata-guía en el recuerdo de una placentera mañana  a bordo de la nave  Imperial Tarraco. Nave anclada en  el mar de la imaginación.

De nuevo Mamadou al frente de su plancha, manejando con suma habilidad  las palas del asado. Siempre lo mismo, asar y reír las gracias de los clientes.

El tío Dionisio se te aparece en la noche como un San José embrillantinado.

-Hola, Clemente. Me sé un sitio de hongos más arriba de Las Majadas.

En el silencio de la noche, te sientes culpable de ser servido por Mamadou, mucho más simpático y amable que tú. Te dan ganas de ocupar su puesto y servirle todos los días  para que disfrute del placer de ser servido. Mamadou te ha cautivado  con su porte sencillo, pero noble, alegre y servicial. En su rostro ves a toda África, pidiendo justicia para los suyos y  piensas que la Tierra es un hogar común.

El sueño te rinde. Mañana te espera una nueva excursión. Eres un  mundosenior con suerte. Un trotamundosenior, para ser exactos, a ti que tanto te gusta inventar palabras.

¿Quién te iba a decir   que un día estarías en el monasterio de Poblet, al que sólo conocías  cuando coleccionabas en tu infancia cromos del álbum “Maravillas del mundo”? Cromos que el Sr. Daniel, el de la Puerta de Valencia te daba día a día, aunque te fiara como a todo el mundo.

-Que ha dicho mi madre que ya se lo pagará.

Poblet impresiona nada más traspasar la puerta. Nobles muros testigos de la Historia más íntima y querida de Cataluña. Silencio y paz. La paz del Císter. Unos niños acampan en  el atrio de entrada, sentados en corro, viendo la actuación de unos frailes apócrifos .Te llama la atención la espaciosa cocina, austera y fría, como el refectorio.

-Ahora la vida de los monjes ya no es como la de antes-explica la guía envuelta en un grueso jersey de lana con cuello vuelto_. Tienen Internet en la biblioteca.

Internet, palabra mágica que te hace recordar tu despacho, cerrado por unos días, con el ordenador presidiendo el espacio, cerrado también, ajeno a tus devaneos turísticos. Con el correo sin abrir .Con tantos emails ocultos tras la pantalla, esperando ser leídos con avidez, tal vez engullidos  ,pues acostumbras a leer de tres en tres líneas, sin tiempo para saborear los mensajes.

Ahora tienes todo el tiempo del mundo,  los monjes no tienen prisa, están varados en el propio núcleo del tiempo. Por un momento sueñas con ser monje, igual que el día anterior  querías ser patricio romano. Sin duda eres un  Juan Senior caprichoso y voluble.

Con los muros de Poblet cada vez más lejos te vas acercando a Montblanc, una maravilla de pueblecito medieval, amurallado por los cuatro costados, rezumando asaltos de piratas y bandas bereberes.

Disparas la cámara a placer. Hace frío y Emilia se refugia en una esquirla de sol, al pie de la farola central de la plaza. Es una foto estupenda.

-¿Verdad que te gustaría vivir en este pueblo?, comenta Emilia con cierto aire de guasa espiritual. - Todo te gusta.

Ha sido un día intenso. De vuelta al hotel, la monitora Elena da vida a los pasillos,  revoloteando bajo un disfraz de mariposa, animando a participar en el baile de noche.

Elena es una chica andaluza que habla francés a las mil maravillas, alegre como una guitarra, nacida para animar a las almas que llegan   desanimadas al hotel. Ana rebosa dulzura  invitando con su sola presencia a la paz, antesala del cielo.

Elena y Ana son  dos rosas perennes para los mundoseniors como nosotros, camino ya de vuelta en la vida de este mundo.

Un piano mudo preside una de las salas. Nadie pulsa sus teclas. Testigo inverosímil  de confidencias y amores de otoño.

-Mira, en aquella mesa las cuatro mujeres están viudas , Te susurra Emilia levemente. 

El último día, Elena os acompaña a dar un paseo por Salou. Es el último servicio. La última entrega de una novela escrita día a día, durante una semana.

Te adentras en el único edifico antiguo de la supermoderna ciudad de Salou. Una torre del Siglo XIII, la Torre Vella, levantada para defenderse de los ataques berberiscos. En su interior, el museo de esmaltes más importante a nivel internacional.

Cuatro máscaras en bajorrelieve presiden las esquinas de la torre; unas son de mirada serena, otras  proclaman angustia en el rostro. Quizás antiguos moradores de la Torre Vella. Y de pronto  sueñas en convertirte por un momento en señor de la Torre, en guardián permanente de los tesoros ocultos en lo más recóndito de sus sótanos.

Elena os devuelve al hotel, sabiendo que quedan sólo unas horas para la despedida.

Maletas de vuelta. Última mirada inquisitoria a la habitación, repaso del equipaje y encuentro final con Mamadou.

Allí está imperturbable, al mando de su  enorme plancha eléctrica. Se adivinan  otros clientes, rostros nuevos, se les nota por su aspecto de extrañeza  y maneras lentas.  También ellos quedan prendidos de la sonrisa del joven  de Gambia, que un día volverá para abrir su propio restaurante.

El tío Dionisio, encarnó en la troupe Gómez el papel de abuelo político, el abuelo paterno que no murió en la guerra , como se disculpaba la abuela Encarna.

Fuera, junto a la piscina, han  preparado una calçotada, comida típica de la gastronomía catalana. Los más audaces engullen cebollas dulces sin parar y la salsa  romesco les discurre por la cara, dejándoles  surcos  de churretes aceitosos.

El chico argentino prepara nuevos recibimientos, nuevos coctails, nuevos vos ya sabés, querido pibe.

Viaje de vuelta a casa. Silencio en el autobús. Cierras los ojos y repasas mentalmente los días vividos en Salou, tu primera experiencia como señor jubilado, pensando  en la cara de satisfacción que pondrán Eva, Laura y Ana ,tus hijas, cuando les cuentes las tardes de sauna finlandesa, los  baños turcos, las  sesiones de jacuzzi, las marchas atléticas por la mañana, corriendo en solitario  la maratón de Salou a Cambrils, las noches de animación, con Elena deambulando  al frente de las comparsas. Claro que tus hijas  ya están acostumbradas a tener un padre diferente, que nunca se hará mayor, a pesar de los años.

Por un momento te quedas dormido y sueñas. Estás en Gambia, perdido en una ciudad exótica, tienes hambre  y deambulas por las calles en busca de un restaurante .Tarea inútil. Gambia no es España. Cuando ya  te resignas a volver al coche de alquiler, te encuentras un anuncio llamativo, con una enorme plancha eléctrica dibujada en el cristal. Pasas un tanto taciturno y allá está Mamadou sonriente.

Te fundes con él en un prolongado abrazo.

-Hoy sirvo yo, Mamadou.

Y envuelto en  el  delantal blanco, asas un par de filetes sonrosados para el bueno de Mamadou que sonríe sentado a la mesa, con sus dientes blancos abiertos de par de par.
Al despertar ves a las cuatro viudas, sentadas al frente del autobús, riendo sin parar, pensando ya en lo bien que se lo van a pasar  en la  próxima salida a Mallorca.

Parada término. El chofer quita el letrero:

MUNDO SENIOR PROGRAMA DE VACACIONES PARA MAYORES

El próximo lunes volverá a partir para el mismo sitio, con otros señores mayores con ganas de salir de la rutina y vivir  nuevas experiencias; mientras los  mundoseniors que te han acompañado durante este viaje son recibidos por sus hijos:

-Muy bien, muy bien, hija. Ha sido un viaje estupendo. He bailado más que cuando era joven. Y había médico y todo ¿Sabes?

Tus compañeros de profesión te lo habían advertido:

-Cuando te jubiles ya has llegado donde ibas. Ya verás, ya verás…

Pero tú nunca les hiciste caso, nunca serás un señor mayor, tal vez un mundosenior en busca de Mamadou, te llevará un rastro de brillantina en el sol de invierno.

 

 

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