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Voces de Cuenca | Contraportada
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30/04/2010 - Cuenca de mis olores (En busca del olfato perdido)
En 1959, yo ignoraba por completo que la alfalfa procede de Irán, donde probablemente fue adoptada para el uso por parte del hombre durante la Edad del Bronce para alimentar a los caballos procedentes de Asia Central. En ese año se produjeron acontecimientos tan importantes como el traslado definitivo de la familia Gómez desde la calle de la Moneda a la desconocida Ángel del Alcázar.
Por Juan Clemente Gómez

En 1959, yo ignoraba por completo que la alfalfa procede de Irán, donde probablemente fue adoptada para el uso por parte del hombre durante la Edad del Bronce para alimentar a los caballos procedentes de Asia Central. En ese año se produjeron acontecimientos tan importantes como el traslado definitivo de la familia Gómez desde la calle de la Moneda a la desconocida Ángel del Alcázar, paralela al Camino de Cañete, allá donde las eras del tío Cañamón servían de solaz para jugar al fútbol y hacer las merendolas típicas del Jueves Lardero.

El traslado, según cuentan las crónicas, se efectuó en carro, y la propiedad de más valor era sin duda el flamante colchón Flex recién comprado por Isidoro, gracias en buena parte a las propinas recibidas como aguinaldo de Navidad, pues a la sazón desempeñaba el oficio de cartero urbano. La alfalfa entra en la vida de este buscador de olores nada más llegar a la nueva casa y verse en la obligación de alimentar a unos cuantos conejos voraces, encerrados en una jaula, como complemento alimenticio de la ya numerosa familia Gómez. Una gavilla de esta planta forrajera recién cortada expele un perfume pastoril inolvidable, mezcla de lechuga, habas tiernas y campos de cebada adolescente. Campos cercanos a la casa nueva, casi solitaria al final de la calle, limitando con la finca de la señora Anselma, plagado de almendros repletos de jugosas arzollas y unos cuantos lilares, pregoneros de la primavera.

Según Plinio el Viejo, la alfalfa fue introducida en Grecia alrededor del 490 a. C., durante la Primera Guerra Médica, posiblemente en forma de semillas llegadas con el forraje de la caballería persa. Pasó a ser un cultivo habitual destinado a la alimentación de los caballos. Lo más seguro es que Plinio el Viejo no tuviera la más remota idea de predecir el perfume de esta planta en mis  fosas nasales ni mucho menos vislumbrar como aparte de los conejos, en el corral de la nueva casa pululaban varias  gallinas, guardianas de un pequeño gorrino, que con el paso del tiempo iría creciendo, bajo la mirada luminosa del paterfamilias Isidoro. Es una de esas plantas que las abuelas llamaban buenas para todo, en razón que una de sus propiedades más reconocidas es promover un fortalecimiento general del organismo, por lo que se recomienda para personas débiles, que deben aumentar su resistencia natural, sus defensas, y mejorar su nutrición en general.
 
Dicen que la alfalfa es muy eficaz en los dolores de estómago y en las úlceras sangrantes, corrige los gases, ayuda en la digestión y soluciona la falta de apetito. Muy interesante en los casos de anemia y cuando hay desarreglos con la menstruación o la falta de ella. Muy buena en los problemas hepáticos y en el acné. Contiene las hormonas femeninas llamadas estrógenos, por lo que es aconsejable en la menopausia, en los desarreglos con la menstruación y en los problemas de ovarios.
 
Ironías de la vida, con tantas propiedades y yo sin saber siquiera lo que era una menstruación, ni menopausia, ni estrógenos, nada que ver con los llamados gasógenos, sólo me limitaba a bajar a la plaza de los Carros y comprarle a las hortelanas unos manojos de esta humilde planta, conocida también como mielga, alholva, o probayernos. Vaya Ud. a saber por qué o pregúntele a Plinio el Viejo.

 

 

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Alfalfa.
Alfalfa.

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