Me llamo Juan Clemente y de pequeño tuve la sangre intoxicada, los médicos decían que fue una masiva picadura de pulgas, piojos o piojillo de las gallináceas. Por esto durante muchos años padecí la invasión en cualquier parte de mi piel de unas urticarias graves, más que habas, habones picantes que me iniciaron en la afanosa y agradable ocupación de rascarme con ganas a cuatro manos.
Me hacían análisis de sangre continuamente, hacían cultivos con ella y yo creo que hasta morcillejas de ración. Rara era la semana que no visitaba de la mano de mi (tres veces santa) madre, la Brigada de Sanidad, actualmente Delegación Provincial de Salud y Bienestar Social. Olor a éter, a cloroformo, a vendas, a alcohol, a yodo, a frufrú de enfermera con cofia almidonada y a escupidera .Todos los olores de la náusea en cuarto creciente flotando por los largos pasillos, antesalas del Auxilio Social, de la Brigada. No olor sino antioolor, convertido más bien en pestecilla narcotizante, de las que te dejan fueran de combate en cuanto las hueles a conciencia.
El recorrido doliente pasaba por el sanatorio del 18 de Julio, ya desaparecido, frente al Parque de San Julián, donde hice un par de noches al cuidado de la vecina de habitación. En casa había problemas de salud y mi madre no daba abasto a cuidar a toda la prole. El flemón se extendía desde la mejilla derecha hasta la izquierda, es decir: que iba por la calle con un cabezón de campeonato, aspirante a la supercopa de la Liga de Campeones.
Lo más siniestro del 18 de Julio eran los cuartos de los Rayos-X que olían a cueva de Alí-Babá, ni punto de comparación con el sanatorio de San Julián, ahora tapiado, abandonado a su suerte, donde nacieron mis hijas Eva y Laura y con una gran ventaja: las monjitas. Oler a monja es como rozar el monte Tabor, nardos, azucenas, incienso, mirra y esencia de Espíritu Santo, mezclado con efluvios terrenales de sopa de huevo. Allí vi por última vez al doctor Sarmiento, de gran influencia en mi infancia y a quien, por error, le llamaba a veces doctor Palote.
Otras clínicas y ambulatorios ha recorrido este trotaolores, como las de Nª Srª de las Angustias, Casa de Socorro, Hospital de Santiago, Virgen de la Luz, desaparecidas ya en el limbo de los recuerdos; y de todos estos santos lugares me queda un olor homogéneo e inconfundible, el de vómito dulce, con perdón, algo más suave: el olor de salir corriendo.
Dicen que soñar con un hospital o algo semejante es sinónimo de soñar con un lugar temido y a veces deseado, suele coincidir que sea por miedo o por sentimiento de ayuda a nuestros familiares y amigos, quizás por solidaridad con los que padecen o temor a la enfermedad. Uno, que es solidario por naturaleza, no le importa soñar ni oler con hospitales, mi truco consiste en no respirar por la nariz, sino por la boca, truco antinatural que con el tiempo se paga y bien pudiera ser la causa de confundir sarmientos con palotes, aunque tampoco es tan grave, a fin de cuentas son casi sinónimos, como suspiros de monja y alitas de ángel, más o menos.
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