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Voces de Cuenca | Contraportada
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04/06/2010 - CUENCA DE MIS OLORES (En busca del olfato perdido)
Por Juan Clemente Gómez

Los romanos siempre sostuvieron la tesis de que la loba dio de mamar a Rómulo y Remo bajo una higuera, y por eso lo consideraron un árbol sagrado. Sin embargo para los cristianos de los primeros tiempos era maldita por aquello del ahorcamiento de Judas, y su sombra perjudicial y dañina, aunque hay quienes dicen que las hojas pueden ser utilizadas como antídoto de infecciones si se las arroja al suelo y se las pisa.

El buscador de olores es capaz de detectar una higuera a 30 metros, por muy escondida que se encuentre. Las vaharadas de los higos salen despedidas como pequeños rayos en todas direcciones inundando de un olor lácteo mis sutiles fosas nasales, al mismo tiempo que identifico el perfume vegetal  con la Olmedilla de Cuenca, la de Eliz, por supuesto. Y no es que en este pueblo alcarreño abunden las higueras, es el subir la cuestecilla que viene del lavadero, y volver a la infancia entre las moñigas de los mulos que volvían de acarrear la mies, las abarcas de los mozos y el vertiginoso vaivén de los vencejos. Las mujeres tendidas en las pilas del lavadero forman parte de una existencia ya pasada, anclada en los prolegómenos de la evacuación en masa del pueblo, camino de Madrid, de Valencia, de Francia y de Suiza. La sequedad del terruño y los pérfidos gasones fueron mandando al destierro a los hijos del pueblo, llevándose cada uno un puñado de olor a higos maltrechos, a haz de mies atado con vencejos, a torta con uvas cocida en el horno de la plaza.

Unos dicen que la higuera florece únicamente a medianoche de Navidad, con una sola flor blanca, otros, en cambio, que es en la noche de San Juan.

Dicen que la higuera es propicia para que los demonios se oculten. Por eso hay  que hacer una cruz en su tronco para que sus espíritus se vayan.

Dicen que en La Olmedilla vagan los espíritus sueltos alrededor de la Magdalena, oteando  el infinito, en busca de los efrits y socs alojados por Alvaráñez, aquel famoso Alvar Fáñez de Minaya que practica el arte de coger los higos más altos de la higuera. 

Nuestro higos alcarreños son propicios en refranes: ”De higos a brevas, larga la llevas”, “Sea tuya la higuera y llene yo mi cesta” aunque es verdad que en tiempos de higos no conozco a parientes ni amigos, sería capaz de recorrer toda Olmedilla con los ojos cerrados, a la escucha de la caída del gurriato, o del ¡so, mula! del tío Raimundo , o la ¡óspera cana! de la abuela Ángela”.

Los higos abiertos y aplicados sobre flemones y callos, los ablanda y resuelve. Los cataplasmas calientes de higos tiernos o secos calman el dolor de las quemaduras, furúnculos, abscesos, herpes y tumores inflamados, haciéndolos madurar. Tostados y reducidos a polvo sirven para preparar un café que tiene propiedades emolientes y pectorales. Cociendo de 5 a 10 higos secos en un litro de leche, se obtiene una bebida que combate la bronquitis crónica, las irritaciones de garganta y las inflamaciones de las encías.  Ojo con permanecer mucho tiempo debajo de una higuera, se puede uno quedar calvo sin remisión. Y aunque a ninguno le caen en a boca las brevas; hay que subirse a la higuera y cogerlas, a mí lo que me gusta es cerrar los ojos y ver a la abuela Ángela, con su pierna de madera, meciendo a alguno de los primos del pueblo al tiempo que le cantaba aquello de “Palmas, palmitas, higos y castañitas”.

Dicen que un día cayó por la Olmedilla un aspirante a diputado en plena campaña electoral, desde el balcón del Ayuntamiento, carraspeó varias veces, miró al infinito y con voz engolada exclamó:

-¿Sabéis lo que os digo?

Todos esperaban con la boca abierta, pasaron unos cuantos segundos de espera farragosa, pero al final el honorable señor continuó diciendo, para tranquilidad de las conciencias:

-¡Que la pasa no es higo!


 

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