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Voces de Cuenca | Contraportada
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03/09/2010 - Cuenca en mis olores
Por Juan Clemente Gómez

Su nombre oficial es Parque de Santa Ana, el Vivero para todo el mundo, lugar de peregrinación, estancia e incluso residencia vacacional transitoria de menesterosos, transeúntes y propietarios de la tarjeta de la tercera edad. Este olismero de nacimiento lo tiene grabado en su pituitaria mental desde tiempos remotos gracias al aroma de un árbol/arbusto de flores pequeñas, cuyo olor penetrante, envolvente y embriagador es capaz de sumir en éxtasis místico hasta a los ateos más recalcitrantes, se trata del Ligustrum japonicum ,aligustre para los amigos(mi padre Isidoro Gómez de Velasco decía alegús y la boca se le llenaba de luciérnagas azules), muy abundante en este Vivero unas veces recoleto , otras bullanguero, abierto siempre a los necesitados de sombra, descanso y merecido solaz. 

A mediados del siglo XX, para los vecinos de la calle de la Moneda y aledaños, bajar al Vivero era una excursión en toda regla. ¡Estaba tan lejos de la Cuenca habitada y provinciana! El Vivero era refugio obligado durante las tardes de domingo, o parque ideal para los paseos de las Pepas, uniforme azul integral con teja semiclerical, y de los seminaristas de fajín blanco y esclavina a juego con la negra sotana .Ni punto de comparación con el Parque de San Julián (antes de Canalejas), donde todo está controlado, a mano, y en el cogollo de la ciudad. En el parque toses y te oye todo el mundo, en el Vivero en cambio te puedes perder por sus innumerables vericuetos y basas arbóreas, jugar al escondite inglés de toda la vida y recoger las castañas locas para hacer experimentos en casa.

Marco obligado de fotos de Primera Comunión, primera piscina donde ahora está el Parque infantil de Tráfico (la recuerdo abandonada y pocas veces en uso y disfrute para el personal), con un quiosco de bebidas en forma de iglú, frecuentado por la numerosa familia peluquera de los Estival, desde siempre, y sobre todo, en el verano, escenario de verbenas populares para las fiestas de San Julián, en las que ,por ser tímido aprendiz de cura no me atrevía a acercarme a las chicas, sólo las veía de lejos, y de olerlas, nada de nada. Muchos años más tarde, se convirtió en centro de tertulia, con las tres hijas, Eva, Laura y Ana, alrededor jugando a hacer flanes en la arena, y en compañía de José Luis Serrano, colega y excelente poeta que borda los sonetos con hilo de plata fina. 

Dicen que en algunas zonas de Japón las semillas del aligustre se utilizan como sucedáneo del café, a lo mejor hago la prueba. Su madera se ha utilizado para fabricar pequeños objetos torneados como son los mangos de las herramientas: ojo a los artesanos, ya tienen materia prima para la siguiente Feria de Artesanía en la que todos los años me reencuentro con artífices de la palabra, como Pedro Cerrillo y mi amigo Ignacio Bermejo, a quien descubrí en un Curso de Literatura Infantil allá en las antiguas Carmelitas, donde ahora Antonio Pérez expone casi todo lo que se encuentra en la calle. Las hojas del aligustre tienen sabor amargo y han sido empleadas en medicina para detener las diarreas debido a sus propiedades astringentes, bien secadas y reducidas a un fino polvo constituyen la alheña, que se utiliza como tinte, de ahí deriva la expresión de Don Quijote “molido como una alheña”, en el sentido de encontrarse doblado por los golpes.

Junto al Vivero, en lo que actualmente es el colegio Santa Ana existía in illo tempore un campo de balonmano, y muy cerca un montecillo, que destacaba por sus laderas repletas de lirios y una puerta siempre cerrada, entrada a un antiguo refugio de la movida civil, allá por el 36.En realidad, las instalaciones del Vivero, como tal, estaban más allá del parque actual, por donde ahora campa el Real de la Feria y el Bosque de Acero. Con amplias regueras en las que se criaban unas ranas gordas y hermosas, que a fin de cuentas iban a parar a la rebotica de D. Emilio López Drake. Todo esto viene a cuento de aligús, gus, gus… y allá donde lo huelo se me sale el Vivero por las cinchas de mi cuerpo serrano, como a D. Quijote, el de la Mancha.
 

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