No se trata del alcohol bebida, ese que produce delirium tremens como al bueno de Noé que no se le ocurrió nada más que emborracharse y dormir la mona desnudo en su tienda. Dicen que lo primero que hizo al salir del arca fue plantar una viña. En esta ocasión me refiero al alcohol sanitario, que tanto miedo causa entre los niños cuando se han hecho una herida; es un olor agrio, fuerte, de fácil olfato y rápida evaporación, olor ácido y antipático, de recuerdo a desinfectantes, clínicas y Casa de Socorro, junto a la churrería del Tío Santos.
Pero sobre todo es un olor a la placeta del Salvador y a la señora Andrea, que sin ser familia familia, fue la madre de mis casi primos Álvaro, Rosa y Jesús Herráiz Martínez.
Es una imagen grabada a fuego en mi mente calenturienta: Cuenca, primeros años cincuenta ,iglesia del Salvador, mirando hacia la Casa del Curato, calle nevada, mucha nieve, tanta que me quedé aislado ,tiritando de frío como un pajarillo, lloroso, desamparado, con las manos ateridas, soñando con la estufa de la calle de la Moneda, unos metros más abajo. Imposible salir de allí, todo mi cuerpo aletargado por el frío, hasta las corvas tenía congeladas y agrietada la punta de la nariz. .De pronto apareció Andrea, sonriente, como un ángel celestial, como un hada madrina, con la varita mágica en la mano:
-Pero, hijo, Clemente, ¿Qué haces ahí muerto de frío?
No pude contestar, tenía helado hasta el aliento.
En el rincón de la replaceta del Curato, donde ahora la Junta de Cofradías tiene mesa y mantel, estaba su casa. Me pasó dentro y, cogiéndome las manos con mucho cariño, me las frotó una y otra vez con alcohol hasta que entraron en calor y pude volver a la vida.
Tengo gratos recuerdos de aquella casa, en la que Andrea repartía sonrisas como rosquillas. Tanto es así que mi vena poética comenzaba ya a aflorar con este pareado, tipo clásico en consonante perfecta:
Dame la merienda y me voy con Alvarito
tirulirurín, tirulirorito.
Aquellas manos emborrachadas por alcohol sanitario empujaron con frecuencia la puerta del salón parroquial, contiguo a la casa de Andrea, allí los pequeños cachorros del Salvador teníamos la doctrina todos los domingos y de cuando en cuando teatro de Acción Católica. Allí fue precisamente cuando un día prendió en mí la llamada al seminario al escuchar la voz angustiosa de Nielfa pidiendo un sacerdote desde el escenario. Aquella voz cambió el rumbo de mi vida. Álvaro se fue al Instituto y yo me fui a Uclés, él para ingeniero y yo para cura, él llegó y yo me quedé en el camino. Gracias Andrea, mientras viva estarás conmigo en la Plaza del Salvador, hogueras del 2 de Mayo, regueras junto a la Iglesia ,Álvaro y yo jugando a hacer presas con el agua. Casa del Curato. Don Felipe. La Esperanza, la leña de las hogueras, las Benitas y Anselmo de la Cruz Castro cantando : “Como la cierva suspira por las corrientes de agua, así suspira mi alma, oh, mi Dios”
El Salvador y los chiquillos jugando entre los pasos de Semana Santa, cuando la iglesia quedaba vacía, subiendo a la torre a voltear las campanas, preparando la venida de la Virgen de Fátima con banderitas del Vaticano o ensayando cánticos para ir al Congreso Eucarístico de Carboneras, bajo la batuta de D. Camilo Fernandez de Lelis, tío de Federiquín y Miguel Ángel, alias el conde Roferman.
El Salvador, donde un fraile de la Santa Misión frustró mi infructuosa e incipiente carrera musical.
-Pero, chico, ¿Dónde vas? ¡Si tienes un oído como una alpargata!
Quien me iba a decir a mí que ya en mi tierna infancia sufrí acoso musical, yo que soy capaz de interpretar el Sitio de Zaragoza palilleando mis carrillos con los dedos de las dos manos, unas manos ebrias de alcohol, sanitario, por supuesto.
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